Lecciones de Redondo que los sindicatos olvidaron hace tiempo

Las centrales han concedido una moratoria reivindicativa, se han convertido en socios pasivos de los Gobiernos y cada vez menos gente los considera útiles

La desaparición la semana pasada de Nicolás Redondo ha generado abundante literatura sobre la trascendencia que tuvo su figura en la vida política y sindical española en los últimos 25 años del siglo pasado, en los que se cimentaron la Transición democrática y las relaciones industriales modernas. Pero lo más relevante no es lo que aportó, que fue mucho, sino el vacío que generó tras su marcha y que el movimiento sindical no ha sabido ocupar con la misma eficacia.

Redondo condujo al sindicalismo de clase hacia la profesionalización y despolitización en un viaje arriesgado, y en sus últimos años lamentaba que las grandes centrales hubiesen concedido una alarmante y prolongada moratoria sindical, con el autosecuestro del espíritu combativo y reivindicativo cuando más firmeza necesita una sociedad laboral uberizada, individualista y desmovilizada. Las lecciones del combativo socialista vasco parecían haber echado raíces, pero fueron olvidadas pronto por unos sucesores que disponían de limitada relevancia, y que como recordaba Redondo hace unos años, han permitido que el papel sindical en la Transición desaparezca del relato.

Cedió, con un reconocimiento honesto de sus aptitudes políticas y de las ajenas, el liderazgo del PSOE a Felipe González, y el político sevillano correspondió asumiendo las demandas sindicales en una bien entendida simbiosis de las dos herramientas del socialismo democrático, PSOE y UGT, que engordaban protagonismo público tras la reforma política de Adolfo Suárez, y tras un franquismo en el que la oposición interna había estado sostenida por el PCE y Comisiones Obreras.

En diciembre de 2018, 30 años después del huelgón general del 14 de diciembre, tuve la oportunidad de repasar con Redondo, ya con noventa y dos cumplidos, pero con extraordinaria lucidez, la relación entre partido y sindicato. En un humilde despacho de la Escuela Julián Besteiro, con su mano derecha Antón Saracíbar de testigo, el viejo sindicalista de La Naval sacó un pequeño folletito ajado y amarillento de cubierta verde y que aseguró no soltar ni muerto. Vísperas del cambio: una detallada síntesis del debate interno de PSOE y UGT de julio de 1981, un año antes de la victoria del PSOE en 1982.

El texto relataba cómo González comulgaba con las tesis del sindicato, desde una exigencia sindical superior a un Ejecutivo socialista que a uno de la derecha, hasta la esterilización política de los ministros cuando abandonasen su cargo, rechazando toda tentación de puertas giratorias, a lo que Redondo, en nuestra conversación, subrayaba con un entusiasta “¡vamos bien!, ¡qué bien!”. “Qué pasó después: que fueron víctimas de la embriaguez de los 202 escaños y los diez millones de votos, con la derecha achicada y los comunistas desaparecidos, y aplicaron el programa de Boyer”.

Redondo admitía que ofreció a González el tiempo que necesitara, pero siempre que cumpliese lo comprometido; tuvieron el primer rifirrafe en la ley de 40 horas semanales, y González, que nunca pisó terrenos sectarios y siempre fue consciente de que gobernaba para todos los españoles, fue alejando sus decisiones de lo escrito en vísperas del cambio.

Ahí se abrió una brecha que no dejó de ensancharse y de sangrar hasta la ruptura de 1988, que para Redondo fue inevitable porque, decía, “el Gobierno y Felipe González hablaban de que no tenía sentido un empleo para toda la vida, de que el puesto fijo había muerto, de que era mejor un precario que un parado, y unas barbaridades y unas cosas tremendas que la gente aplaudía a rabiar; era el social-liberalismo, pero no la socialdemocracia; eran políticas de derechas hechas por políticos de izquierdas, y la derecha, cuando llegó, se encontró el trabajo hecho”.

En el divorcio fue decisiva la política económica del PSOE; pero en la deriva rupturista tuvo mucho que ver la incorporación a la dirección de UGT de José María Zufiaur, exlíder de la Unión Sindical Obrera, que defendía un sindicalismo autónomo de siglas políticas, profesional y de base más ancha que los límites de la militancia y el votante socialista; un ideario al que se aferró Redondo frente al “desviacionismo liberal” del PSOE. Tales tesis encontraron réplica en unas CC OO lideradas por Antonio Gutiérrez, que también quería que la central hegemónica del tardofranquismo soltase la etiqueta comunista, y culminó con una unidad de intereses en la movilización, único de los activos sindicales que aún perdura.

Amortizado Redondo tras el fiasco financiero de la cooperativa de viviendas de la UGT, la central socialista, debilitada financiera, política y reputacionalmente, cayó en una sima de pérdida de afiliados y de mansedumbre sindical con poca presencia en la toma de decisiones. La autonomía ganada en los ochenta reivindicando, presionando y pactando, que tal es el abecé del sindicalismo, se diluyó y, junto con su socio CC OO, inició una etapa de protagonismo menguante y de pasividad, en la que comparten responsabilidad con una sociedad cada vez más individualista en una economía intensiva en servicios. Cada movilización sindical tras la cumbre de diciembre de 1988 fue una exhibición declinante de fuerza y razones, hasta el punto de que cada vez menos gente, y ahora menos que nunca, cree que los sindicatos le proporcionen las herramientas que precisa para defenderse de las zancadillas del mercado de trabajo y de las decisiones económicas de los Gobiernos.

La central UGT, que volvió a ser socialista y recuperó el sosiego financiero con la entrega de bienes de patrimonio sindical de la mano de Jesús Caldera en Trabajo, y CC OO, ambos con liderazgos menores, son ahora los mejores socios de un Gobierno en el que manejan los asuntos laborales ministros sindicalistas de extracción comunista, y no levantan la voz salvo contra los empresarios, aunque los resultados económicos para los que ellos llaman clase trabajadora son manifiestamente mejorables y, desde luego, más formales que de sustancia.

No son, ni más ni menos, que un soporte gratuito a las políticas sociolaborales de intenso sesgo izquierdista de un Gobierno de conveniencia y que preside un señor que declara sin recato que gobierna para una parte de los españoles; vaya, como González. Se han dejado incluso abducir por las corrientes nacionalistas/independentistas de sus uniones catalana y vasca, sea por incapacidad para neutralizarlas o por arropar consensos políticos del Gobierno de coalición en el que está Podemos. Redondo esto lo tenía clarito: “Yo no concibo un partido de izquierda radical y que al mismo tiempo tenga un profundo sentido separatista; no lo entiendo”.

José Antonio Vega es periodista