El invierno de las criptos pone de relieve la calidez del oro

Las divisas alternativas solo tendrían sentido en un mundo totalitario que vigilara todas las operaciones monetarias

Un herrero funde oro usando moldes heredados de sus ancestros, en el mercado de oro de Omdurmam (Sudán).
Un herrero funde oro usando moldes heredados de sus ancestros, en el mercado de oro de Omdurmam (Sudán).

El invierno de las criptos es muy frío. La helada llegó a principios de año con el colapso de Terra, un token digital supuestamente vinculado al dólar. El reciente colapso de FTX ha hecho bajar aún más la temperatura. La capitalización del mercado de criptodivisas ha bajado en más de 2 billones de dólares, un 70% desde el pico, según CoinMarketCap. Mientras los institucionales corren a refugio, los reguladores pisan los talones al sector. La pregunta inevitable: ¿tienen futuro las criptos? La respuesta es: no en nada que se parezca a circunstancias normales.

Los verdaderos creyentes no han perdido la fe. Dicen que las criptos se concibieron para ofrecer una alternativa descentralizada al dinero fiduciario, y que no requería que los usuarios pusieran su confianza en intermediarios como los bancos. Las transacciones se registrarían en un libro de contabilidad distribuido. En realidad, la mayor parte de las operaciones con criptos acabaron en bolsas centralizadas como FTX. La opacidad, el apalancamiento, la falta de liquidez y los negocios turbios de este nuevo mundo financiero se asemejan a lo peor de Wall Street.

Los creyentes sostienen que las criptos deben volver a sus raíces. Es más fácil decirlo que hacerlo. Tener bitcóins u otros tokens en carteras digitales offline está plagado de riesgos. Si el dueño pierde su clave de cifrado o envía monedas a la dirección equivocada, no tiene ningún recurso. Y las criptos son demasiado volátiles para servir de dinero. Por eso los pioneros desarrollaron las stablecoins (monedas estables), que fijan su precio a las viejas monedas fiduciarias. Pero, como demuestra Terra, no han hecho honor a su nombre.

Sam Bankman-Fried parecía ser consciente de los defectos inherentes a las criptos. El fundador de FTX estaba de acuerdo con que los tokens digitales eran imposibles de valorar, ya que no generan flujo de caja. También señaló la poco práctica velocidad de las transacciones en la red Ethereum. En esto, el bitcóin es poco mejor. Hay otro problema. La mayoría de las criptos requieren una prueba de participación en la que los grandes dueños de la moneda en cuestión verifican las transacciones. Es teóricamente posible que estas ballenas, como se las conoce, tomen el control de una moneda, privando al plancton de participar.

El bitcóin tiene un diseño diferente, basado en una prueba de trabajo. Pero este proceso consume mucha energía, algo problemático en una época de altos precios de petróleo y gas. Como dice Hyun Song Shin, del Banco de Pagos Internacionales, las recompensas por verificar las transacciones suben y bajan con el volumen de negocio del mercado. “El sector solo funciona realmente cuando los precios de las monedas suben y hay afluencia de nuevos compradores”. O sea, como un esquema Ponzi.

Y está el contragolpe regulatorio. Las autoridades se quejan de que el único uso práctico de las criptos es el blanqueo de dinero o la exigencia de pagos de rescates. En agosto, el Tesoro de EE UU sancionó a Tornado Cash, una firma cuyo soft­ware daba anonimato a los usuarios de criptos. Esto podría ser más relevante que las posibles regulaciones impulsadas por el colapso de FTX. Dylan Grice, de Calderwood Capital, sugiere que el sueño fundacional de las criptos ha muerto: “Están muy centralizadas y carecen de privacidad”.

Por si fuera poco, los bancos centrales están respondiendo a la amenaza para su monopolio monetario. China está probando un yuan digital. Más de 50 millones de brasileños usan el sistema de pagos de bajo coste Pix, gestionado por el banco central. Pero es posible que las monedas digitales de los bancos centrales (CBDC) resulten la salvación de las criptos. Si el dinero, como dijo Fiódor Dostoievski, es “libertad acuñada”, las CBDC pueden crear un panóptico digital en el que las autoridades centrales vigilen cada transacción. En las manos equivocadas, una CBDC podría usarse para sancionar a individuos obstinados, determinar qué transacciones son permisibles o congelar activos sin el debido proceso. Ningún totalitario ha ejercido nunca un poder tan absoluto.

En ese escenario de pesadilla, el acceso a un dinero digital descentralizado y anónimo podría ser indispensable. Es el mensaje de The Network State, libro del empresario Balaji Srinivasan, que imagina un mundo en el que EE UU estalla en guerra civil y el yuan digital chino se usa para rastrear a las personas en todo el globo. En ese mundo, el bitcóin sirve de bote salvavidas para la civilización, ofreciendo protección tanto contra la anarquía como contra el estado de vigilancia.

Que los lectores juzguen si esta visión distópica es creíble. La pandemia nos enseñó lo rápido que pueden cambiar las normas sociales establecidas desde hace tiempo. En China, las apps de las fintech se adaptaron para facilitar los confinamientos. En Occidente, PayPal congeló hace poco las cuentas de quienes consideraba que habían violado su “política de uso aceptable”. Tras la invasión de Ucrania, Occidente bloqueó el acceso de Vladimir Putin a las reservas de divisas de Rusia y restringieron su acceso al sistema Swift.

En escenarios menos dramáticos, es difícil ver un futuro para las criptos, excepto quizás como tokens para la comunidad de juegos online. En los últimos años, su función principal ha sido dar acceso a un vasto casino online. Los tipos de interés casi nulos y la flexibilización cuantitativa desataron el entusiasmo por las criptos. Los tokens digitales han proporcionado la forma más hiperreal de riqueza, lo que el filósofo Jean Baudrillard denominó simulacro, definido como algo que solo tiene la forma o apariencia de una cosa, sin poseer su sustancia o cualidades propias.

De vuelta a la Tierra, los inversores necesitan un depósito de riqueza que les proteja contra la inflación y la catástrofe económica. Lo mejor es que rechacen el oro digital, como a veces se llama al bitcóin, y se decanten por el auténtico. Al igual que con el bitcóin, producir oro requiere mucha energía y su oferta es limitada. Al igual que el bitcóin, es bastante difícil de valorar. Se dice que una onza de oro debería de comprar unos 15 barriles de petróleo o 350 barras de pan. La relación de precios entre el oro y el petróleo está en línea con su media a largo plazo. Una barra de pan de 650 gramos en el supermercado británico Waitrose cuesta 4,11 libras, o 4,98 dólares. Multiplicado por 350, también se acerca al precio actual del oro en el mercado, que ronda los 1.750 dólares por onza.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías