Las monedas digitales oficiales no son ninguna ‘stablecoin’

Al principio provocarán inflación y otros problemas, y el pueblo clamará por un dinero realmente de valor

Cajero de bitcóin en Manhattan (Nueva York).
Cajero de bitcóin en Manhattan (Nueva York). REUTERS

Las monedas digitales emitidas por los bancos centrales podrían ser la innovación financiera más importante desde el papel moneda. Los emisores afirman que expulsarán al bitcóin y demás. Pero mirando los inicios del papel moneda, una moneda digital al principio no será una stablecoin, y es más probable que impulse la inflación y otros problemas.

Los chinos descubrieron el papel moneda, o “dinero volador”, como lo llamaban, en el siglo XI. Los europeos tardaron 600 años. Siguió un patrón común. Al principio, era convertible en metales preciosos. Pero los Gobiernos no pudieron resistir la tentación de usar ese dinero fácil de fabricar para financiar sus gastos, especialmente en tiempos de crisis. A medida que la emisión despegaba, los derechos de conversión se suspendían invariablemente.

Al principio, los beneficios de imprimir dinero se perciben claramente. Pero el “periodo dorado de fuerte alza económica, sin inflación” solo dura un año, según el historiador Peter Bernholz. Cuando los precios empiezan a subir, el papel moneda se vuelve una patata caliente. El aumento de la circulación de dinero no hace sino elevar las presiones inflacionistas. La gente cambia su papel por depósitos de valor más seguros o intenta sacar sus ahorros del país.

Los Gobiernos suelen responder vetando las alternativas. En 1394, el emperador de la dinastía Ming impuso multas y cárcel a quien usara o atesorara monedas de cobre. Poco después de introducir el papel moneda en Francia en 1719, el economista escocés John Law prohibió poseer y exportar oro. Estas medidas fracasan invariablemente. Al final, el papel moneda se desacredita tanto que nadie lo acepta. La ley de Gresham funciona a la inversa en tiempos de alta inflación: el dinero bueno expulsa al malo. La gente recurre a otros tipos de dinero o al trueque. Hacia el final de la hiperinflación de Weimar, muchas transacciones se realizaban en moneda extranjera.

Cuando un número suficiente de personas ha estado expuesto a los horrores de la inflación –ya sean trabajadores cuyos salarios han quedado rezagados o pensionistas cuyos ahorros se han esfumado– se forma un consenso para la reforma. Pero como el Gobierno ha perdido la confianza de la gente, la moneda sustitutiva debe ir acompañada de una “constitución” monetaria que impida al banco central financiar el déficit. Así es como el Rentenmark, lanzado en 1923, acabó con la pesadilla de la hiperinflación en Alemania.

Una moneda digital de banco central, o MDBC, podría traer aún más trastornos. Con una criptodivisa, ninguna imprenta o banquero comercial puede impedir el flujo de dinero recién creado. Tras la quiebra de Lehman Brothers, los bancos centrales crearon un montón de dólares, euros y libras, pero eso no provocó mucha inflación, ya que los bancos depositaron la mayor parte directamente de vuelta en los bancos centrales. Una moneda digital recién emitida iría directamente a los ciudadanos.

Ese es gran parte de su atractivo. Las autoridades dicen que las medidas por el Covid podrían haberse aplicado más rápido si los pagos se hubieran distribuido con una moneda digital. Este nuevo dinero parece perfectamente diseñado para la Teoría Monetaria Moderna, cuyos exponentes sostienen que los Gobiernos deben imprimir más dinero para reconstruir infraestructuras, revertir el cambio climático y lograr la justicia social. Una moneda digital podría hacer realidad la fantasía de Milton Friedman del “dinero helicóptero”, con todas sus implicaciones inflacionistas.

Además, las MDBC están llamadas a llegar en un periodo de extremas perturbaciones monetarias. En el último año, los bancos centrales han contribuido a financiar enormes déficits. Bernholz sugiere que los brotes de hiperinflación suelen producirse cuando más de un quinto del gasto público se financia con dinero recién impreso. Tanto EE UU como Reino Unido acaban de superar ese umbral. Y el Congreso de EE UU prevé que el déficit de este año sea del 14% del PIB, gran parte del cual se pagará con las compras de la Fed.

Hasta ahora hemos vivido otro de esos “periodos dorados” en los que el rápido crecimiento del dinero apoya la actividad, pero tiene un impacto limitado en los precios. Según el Institute of International Monetary Research, el dinero de EE UU creció un 22% en los 12 meses previos a abril, pero el IPC subió el 2%. Sin embargo, las materias primas están disparadas.

Una emisión ilimitada de monedas digitales echaría más leña al fuego. Dado que es más fácil darles salida, podrían circular más rápido en momentos de subida de precios, impulsando las presiones inflacionistas. En tales circunstancias, las criptomonedas y los metales preciosos podrían resultar populares como almacenes de valor alternativos. Podría haber más empresas que aceptaran pagos en bitcóin. La historia se repite: las autoridades intentan tomar medidas drásticas contra cualquier sustituto del dinero, pero con poco resultado.

Se llegaría a un punto en el que los rentistas habrían sido eutanasiados, Wall Street estaría cerrado a los negocios, la mano de obra, ociosa y las empresas, en el caos. El pueblo clamaría, como siempre en esos casos, por un dinero que fuera un verdadero depósito de valor, más allá del alcance de los Gobiernos y sus cómplices de los bancos centrales. Sería el momento para relanzar una moneda digital cuya emisión anual pudiera limitarse al crecimiento tendencial de la economía, como sugiere el economista Thomas Mayer. Sería una verdadera stablecoin, haciendo superfluos el bitcóin y otras criptomonedas. Puede que llegue, pero no antes de que pase esta edad de oro.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías