Cuidado con ‘Matrix’, el mercado financiero hiperreal

Aunque existen formas de protegerse parcialmente, la destrucción de riqueza a gran escala parece inevitable

Keanu Reeves como Neo, en la película 'Matrix'.
Keanu Reeves como Neo, en la película 'Matrix'.

Sobre el papel, los estadounidenses nunca han sido más ricos. Sus activos superaron los 130 billones de dólares en diciembre, un 10% más que un año antes. En medio de una pandemia, y tras años de bajo ahorro e inversión, podría parecer paradójico, hasta que se admite que gran parte de la riqueza declarada es virtual o hiperreal. Tarde o temprano, gran parte se desvanecerá.

En un mundo hiperreal, como el del filme Matrix, un abismo insalvable separa la apariencia de la realidad. Desde esta perspectiva, la riqueza virtual consiste en derechos que no están representados por nada de valor en el mundo real. Como el filete que consume el villano de Matrix, Cypher, parece jugoso y está delicioso, pero es una ilusión. Durante el auge de las hipotecas subprime, algunos ejemplos de capital ilusorio fueron las obligaciones de deuda colateralizadas sintéticas (CDO) y las CDO que invertían en otros valores estructurados (CDO al cuadrado). Los clientes de Bernie Madoff descubrieron que sus retornos eran falsos.

Desde la crisis de Lehman Brothers, la matrix financiera se ha hecho más grande y compleja. En la cúspide de la pirámide están las firmas sobrevaloradas y no testadas, a menudo ubicadas entre los rebaños de unicornios de Silicon Valley y las SPAC. Las criptomonedas y los tokens no fungibles son otro tipo de activo hiperreal: carecen de contrapartida real. También merecen incluirse las caras obras de arte contemporáneo, como las de Jeff Koons o el dibujo autodestruido de Banksy.

En un nivel inferior se encuentran cientos de miles de millones de dólares de compromisos de pensiones privadas y públicas sin financiación. La Bolsa de EE UU, que cotiza a más del doble de su coste medio histórico de reposición (medido por la Q de Tobin), es una fuente importante de fortunas efímeras. Los balances de muchas empresas del S&P 500 están llenos de activos “intangibles”. Muchas grandes firmas, como PepsiCo y Lockheed Martin, registran fondos propios negativos. Los beneficios por acción suelen aprovecharse de las recompras de acciones financiadas por deuda. Todos los beneficios generados por la ingeniería financiera, ya sea por las cotizadas o por el private equity, son por naturaleza irreales.

A continuación, hay que tener en cuenta los billones de dólares de títulos corporativos y públicos en circulación, cuyos pasivos en aumento llevan años superando el crecimiento. En teoría, el valor de los bonos públicos se deriva de los futuros superávits fiscales descontados. En realidad, los países muy endeudados, como Japón (235% del PIB) e Italia (172%) nunca producirán los superávits necesarios. Podría decirse que los tenedores de bonos japoneses e italianos están asentados sobre activos virtuales. Más virtual aún es la enorme cantidad de riqueza que se mantiene en forma de derivados (futuros o swaps).

¿Cómo se ha llegado a este Everest hiperreal? En parte, por la tecnología. Los derivados llegaron con el trading electrónico. Las criptomonedas, obviamente, no podrían existir sin los ordenadores. Pero es más complicado. Desde el colapso del marco monetario de Bretton Woods en 1971, el dinero se ha desvinculado del oro o de cualquier otra mercancía. Los banqueros centrales son libres de imprimir, o más bien conjurar digitalmente, todo el dinero fiduciario que deseen. Una vez que se ha convertido en virtual, los tipos de interés ya no reflejan la oferta, o la demanda, de ahorro real.

Al presionar los tipos hasta cero, y a veces más abajo, los banqueros centrales son los responsables últimos de la burbuja. En los últimos años, han creado dinero para adquirir billones en valores. Como escribió Seth Daniels, de JKD Capital, en una carta para sus clientes privados, “cuando un banco central compra un activo, el precio que paga no es un verdadero precio de mercado, sino un precio hiperreal”.

De vez en cuando, aparecen fallos en Matrix: crisis repentinas, rabietas ante la reducción de las políticas expansivas, aumentos de la volatilidad, y el colapso por el Covid. Como los centinelas de la película, los bancos centrales están enseñados para defender este mundo de riqueza hiperreal. Desde el Covid, trabajan horas extras. Los mercados han experimentado un “crack-up boom”, que Daniels sugiere que puede ser la fase final del ciclo. Los minoristas de la plataforma Robinhood, que siguen las recomendaciones de “Davey Day Trader”, no se hacen ilusiones. Para ellos, especular es un acto de rebelión contra un sistema corrupto. Davey, cuyo nombre real es David Portnoy, fundador de los medios online Barstool Sports, tuitea: “La buena noticia es que sé que está amañado... el mercado está desconectado de la realidad. Todo es un esquema piramidal. Estamos viviendo en Matrix”.

Imprimir dinero hiperreal en exceso conlleva la amenaza de inflación. Los inversores tienen que ser realistas, dice Daniels. Para preservar la riqueza, deben dedicarse a inversiones escasas, permanentes y útiles. Ello implica centrarse en los negocios que se benefician de la inflación, así como en los recursos naturales: “Es hora de dejar de obsesionarse con los electrones y empezar a concentrarse también en los neutrones y protones”, aconseja. Durante la hiperinflación de la Alemania de Weimar, los inversores se deshicieron del efectivo y los bonos y se lanzaron en estampida hacia los activos reales. Ahora, los inversores se han volcado en las materias primas y el inmobiliario.

A medida que la hiperrealidad se disuelva, las estrategias de inversión pasiva y los traders algorítmicos tendrán dificultades para seguir el ritmo, predice Daniels. Los profesionales de carne y hueso que, como el héroe de Matrix, Neo, pueden leer el código del mercado, tienen más opciones de conservar patrimonio. Pero como el stock de créditos financieros supera con creces la capacidad de la economía real para atenderlos, la destrucción de la riqueza a gran escala parece inevitable, ya sea mediante la desvalorización o el impago o alguna combinación de ambos. Los perdedores deben consolarse con las sabias palabras grabadas en la lápida del crítico de arte victoriano John Ruskin: “No hay más riqueza que la vida”.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de  CincoDías

Sobre el papel, los estadounidenses nunca han sido más ricos. Los activos de sus hogares superaron los 130 billones de dólares en diciembre, un 10% más en un año. Estos niveles en medio de una pandemia y de los confinamientos, y tras años de bajo ahorro e inversión, podrían parecer paradójicos, hasta que se admite que gran parte de la riqueza declarada es virtual o hiperreal. Tarde o temprano, llegará el día en que gran parte de estas riquezas aparentes se desvanezcan.En un mundo hiperreal, como el descrito en la película Matrix, un abismo insalvable separa la apariencia de la realidad. Desde esta perspectiva, la riqueza virtual consiste en derechos que no están representados por nada de valor en el mundo real. Como el filete que consume el villano de Matrix, Cypher, parece jugoso y sabe delicioso, pero es una ilusión. Durante el auge de las hipotecas subprime, algunos ejemplos de capital ilusorio fueron las obligaciones de deuda colateralizadas sintéticas (CDO) y las CDO que invertían en otros valores estructurados (conocidas como CDO-al cuadrado). Los clientes de Bernie Madoff descubrieron que sus retornos eran falsos.Desde la crisis de Lehman Brothers, la matrix financiera se ha hecho más grande y compleja. En la cúspide de la pirámide están las empresas sobrevaloradas y no testadas, a menudo ubicadas entre los rebaños de unicornios de Silicon Valley y las SPAC. Las criptomonedas y los tokens no fungibles son otro tipo de activo hiperreal, ya que carecen de contrapartida real. También merecen incluirse las caras obras de arte contemporáneo, como las de Jeff Koons o el dibujo autodestruido de Banksy.En un nivel inferior se encuentran cientos de miles de millones de dólares de compromisos de pensiones privadas y públicas sin financiación. La Bolsa de EE UU, que cotiza a más del doble de su coste medio histórico de reposición (medido por la Q de Tobin), es una fuente importante de fortunas efímeras. Los balances de muchas empresas del S&P 500 están llenos de activos catalogados como “intangibles”. Muchas grandes firmas, como PepsiCo y Lockheed Martin, registran fondos propios negativos. Los beneficios por acción a menudo se aprovechan de las recompras de acciones financiadas por deuda. Todos los beneficios generados por la ingeniería financiera, ya sea por las cotizadas o por el private equity, son por naturaleza irreales.A continuación, hay que tener en cuenta los billones de dólares de títulos corporativos y públicos en circulación, cuyos pasivos crecientes llevan años superando el crecimiento. En teoría, los bonos públicos obtienen su valor de los futuros superávits fiscales descontados. En realidad, los países muy endeudados, como Japón (235% del PIB), e Italia, con un 172%, nunca producirán los superávits necesarios. Por tanto, podría decirse que los tenedores de bonos japoneses e italianos están asentados sobre activos virtuales. Más virtual aún es la enorme cantidad de riqueza que se mantiene en forma de derivados (futuros, o swaps).¿Cómo se ha llegado a este Everest hiperreal? En parte, por la tecnología. Los derivados llegaron con el trading electrónico. Las criptomonedas, obviamente, no podrían existir sin los ordenadores. Pero es más complicado. Desde el colapso del marco monetario de Bretton Woods en 1971, el dinero se ha desvinculado del oro o de cualquier otra mercancía. Los banqueros centrales son libres de imprimir, o más bien conjurar digitalmente, todo el dinero fiduciario que deseen. Una vez que se ha convertido en virtual, los tipos de interés ya no reflejan la oferta, o la demanda, de ahorro real.Al empujar los tipos a cero, y a veces más abajo, los banqueros centrales son los responsables últimos de la burbuja. En los últimos años, han creado dinero para adquirir billones en valores. Como escribió Seth Daniels, de JKD Capital, en una carta para los clientes privados, “cuando un banco central compra un activo, el precio que paga no es un verdadero precio de mercado, sino un precio hiperreal”.De vez en cuando, aparecen fallos en Matrix: crisis repentinas, rabietas ante la reducción de las políticas expansivas, aumentos de la volatilidad, y el colapso por el Covid. Como los centinelas de la película, los bancos centrales están preparados para defender este mundo de riqueza hiperreal. Desde el Covid, están trabajando horas extras. Los mercados han experimentado un “crack-up boom”, que Daniels sugiere que puede ser la fase final del ciclo. Los minoristas de la plataforma Robinhood, que siguen las recomendaciones de “Davey Day Trader”, no se hacen ilusiones. Para ellos, especular es un acto de rebelión contra un sistema corrupto. Davey, cuyo nombre real es David Portnoy, y es el fundador de los medios online Barstool Sports, tuitea: “La buena noticia es que sé que está amañado... el mercado está desconectado de la realidad. Todo es un esquema piramidal. Estamos viviendo en Matrix”.Imprimir dinero hiperreal en exceso conlleva la amenaza de inflación. Los inversores tienen que ser realistas, dice Daniels. Para preservar la riqueza, deben dedicarse a inversiones escasas, permanentes y útiles. Ello implica centrarse en los negocios que se benefician de la inflación, así como en los recursos naturales: “Es hora de dejar de obsesionarse con los electrones y empezar a concentrarse también en los neutrones y protones”, aconseja. Durante la hiperinflación de la Alemania de Weimar, los inversores se deshicieron del efectivo y los bonos y se lanzaron en estampida hacia los activos reales. Ahora, los inversores se han volcado en las materias primas y el inmobiliario.A medida que la hiperrealidad se disuelve, las estrategias de inversión pasiva y los traders algorítmicos tendrán dificultades para seguir el ritmo, predice Daniels. Los profesionales de carne y hueso que, como el héroe de Matrix, Neo, pueden leer el código del mercado, tienen más posibilidades. Pero como el stock de créditos financieros supera con creces la capacidad de la economía real para atenderlos, la destrucción de la riqueza a gran escala parece inevitable, ya sea mediante la degradación o el impago o alguna combinación de ambos. Los perdedores deben consolarse con las sabias palabras grabadas en la lápida del crítico de arte victoriano John Ruskin: “No hay más riqueza que la vida”.