China: el dilema entre seguridad y economía aterra al mercado

El discurso de Xi Jinping reafirma los temores de quienes creen que el riesgo de entrar en el país supera los beneficios

El último congreso del Partido Comunista en China ha decidido mantener a Xi Jinping como máximo responsable por otro periodo de cinco años más, algo que no ha gustado nada a los mercados financieros a tenor de las reacciones de la Bolsa y el tipo de cambio de su divisa. Tan pronto se conocieron los detalles y líneas centrales que pretende implementar Xi Jinping durante este nuevo mandato, los inversores extranjeros vendieron agresivamente la Bolsa china, que registró una de las peores sesiones de las últimas décadas, y que, desde sus máximos históricos de 2007, ya acumula un desplome del 75%. Del mismo modo, el yuan aceleró su depreciación contra el dólar hasta cotas que no se veían desde finales de 2007. Para ver un deterioro tan grande de la Bolsa china en comparación con la bolsa estadounidense hay que remontarse a 2001-2002.

Detrás de esta reacción, hay algunos motivos novedosos, pero muchos otros son los sospechosos habituales que nos acompañan desde hace años: la forma atípica con la que China se enfrenta a la pandemia a través de la estrategia Covid cero, la represión del regulador contra las grandes multinacionales tecnológicas chinas en un intento por imponer un sistema de redistribución de la riqueza más equitativo, el control en el tipo de cambio de su moneda, las tensiones derivadas del modelo “un país, dos sistemas” con el que el Gobierno chino intenta gestionar las ansias de independencia de Hong Kong y Taiwán, las presiones internacionales por no condenar la invasión de Ucrania por parte de Rusia, son tan solo algunas de las más evidentes.

Las líneas maestras que ha dibujado Xi Jinping para este nuevo mandato traen algunas novedades expresas y otras tácitas. Es la primera vez en 25 años que no habrá ninguna mujer en el Politburó, compuesto de 24 miembros, pese a que el régimen proclama estar comprometido con la igualdad entre hombres y mujeres y la protección de los derechos e intereses legítimos de las mujeres. Además, Xi se ha rodeado de sus más fieles defensores y ha realizado una purga entre aquellos que le cuestionan. En el bloque económico han caído la mayoría de los pesos pesados: sustitución del zar de economía, Liu He; del gobernador del banco central, Yi Gang; y del regulador bancario.

Pese a que en su oratoria el presidente dijo explícitamente que la máxima prioridad es el desarrollo económico, muchos analistas resaltaron el hecho de que se hiciese mención a la seguridad en 91 ocasiones durante el discurso, mientras que solo se mencionase economía en 60 ocasiones, algo que no ocurría desde el año 1949. En un entorno donde la tensión geopolítica está en todo lo alto, muchos interpretan que Xi ha cambiado de prioridad, aunque no lo quiera reconocer públicamente. En el plano económico, el discurso se centró en reducir la dependencia tecnológica del exterior, en mejorar la distribución más equitativa de la riqueza, en encontrar un equilibrio entre un crecimiento robusto, la seguridad y la sostenibilidad, donde el capital humano sea un recurso primordial. Para muchos inversores, China sigue siendo un lugar donde los riesgos de entrar son mayores que los potenciales beneficios. La incertidumbre sobre la regulación y la opacidad en términos de datos económicos fiables levantan muros demasiado altos para algunos.

A esto hay que añadir la crisis en el mercado de la vivienda, que se hizo patente tras la quiebra del gigante inmobiliario Evergrande, que arrastró a todo el sector en su conjunto y cuyos efectos siguen lastrando las perspectivas de crecimiento económico de la segunda potencia del mundo hoy, alimentando a su vez el riesgo de una crisis de crédito que podría tornarse en un nuevo cisne negro a nivel global. Tampoco ayudan los rumores de un posible cambio de estrategia para regular la riqueza que pueda implicar la imposición de nuevos impuestos sobre la propiedad y la herencia en favor de la “prosperidad común”.

Por último, no podemos olvidar que, aunque la economía china está presente en el libre mercado, el país tiene unas políticas internas que lo hacen muy distinto al resto, como el control directo e indirecto del sector financiero tanto a nivel central como local, el superávit por cuenta corriente que lo protege, al menos en parte, de las perturbaciones externas, sus grandes reservas de divisa y sus controles de capitales, etc. Pero, pese a ello, no lo hace inmune al riesgo de padecer severas crisis, tal y como demuestra la historia reciente: en 2013 la crisis del mercado interbancario, en 2007 y 2015 los desplomes y quiebras en el mercado de valores, en 2015 y 2016 las salidas masivas de capitales, y actualmente crisis del sector inmobiliario.

A largo plazo, China se enfrenta a otro problema mayor, el envejecimiento demográfico y, con ello, a la reducción de la base de población activa. Y aunque este tipo de problemas futuros se tienden a olvidar hasta que ya son evidentes, es justo ahora, cuando todavía no asfixian a los mandatarios, cuando hay que enfrentarlos, para tener un modelo económico sostenible en el futuro.

Pablo Gil es Analista jefe de XTB