Por qué los mejores talentos volverán al campo

Lejos del cliché del agricultor clásico, el nuevo profesional combina competencias agronómicas con nuevas tecnologías

Hay dos grandes tendencias que marcan las perspectivas del sector agroalimentario y que están ya desencadenando una gran transformación de toda la cadena de valor: seguridad alimentaria y sostenibilidad. Por un lado está la seguridad alimentaria, entendida como la disponibilidad de alimentos, accesible en suficiente cantidad y de una manera asequible para las necesidades de alimentación de la población mundial. Desde que se estableció el comité de Naciones Unidas en 1974, está identificado como uno de los grandes desafíos a los que se enfrenta la humanidad. Si bien es cierto que a inicios de siglo se consiguió una disminución progresiva del número de personas en situación de mala nutrición, desde hace aproximadamente una década se ha registrado un aumento paulatino de esta cifra. De acuerdo con la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO), la estadística disminuyó entre 2005 y 2014, cuando se pasó de los más de 800 millones de personas a cerca de 570.

En línea con estas perspectivas, la cumbre de desarrollo sostenible de la ONU de 2015 fijó como objetivo la erradicación de todas formas de malnutrición y el hambre mundial con miras a 2030. No obstante, desde entonces se ha producido un aumento considerable del número de personas que atraviesan esta situación hasta volver al punto de partida de los 800 millones. En los últimos meses, la crisis de materias primas provocada por la guerra en Ucrania ha propiciado que la seguridad alimentaria haya vuelto a cobrar especial protagonismo.

Por otro lado, la sostenibilidad está en el centro de las grandes estrategias globales, expresada en la Unión Europea a través del Pacto Verde del que emanan estrategias innovadoras, como De la granja a la mesa o Biodiversidad 2030. Sin embargo, compaginar esta hoja de ruta con la seguridad alimentaria resulta una cuestión compleja, si tenemos en cuenta que la superficie cultivable es la misma y que el número de personas que alimentar sigue en aumento.

Ante estos dos desafíos aparentemente incompatibles, el único punto de convergencia que parece resolver el nudo gordiano es la transformación tecnológica. Un fenómeno en el que ya está sumergido el sector agrícola de nuestro país, y que viene acompañado de un nuevo perfil de talento que ya empieza a aflorar en nuestros campos.

Durante la primera mitad del siglo XX España vivió un fenómeno de éxodo rural de inmensas proporciones. Muchas personas de las provincias interiores encontraron en la expansión de las grandes ciudades industriales y portuarias la oportunidad para dejar atrás las duras condiciones de vida en el campo y los oficios relacionados con la agricultura y la ganadería.

Los trabajos que desempeñarían en sus nuevos destinos, ligados a la construcción y las fábricas, tampoco requerían de una alta cualificación. Sin embargo, para el ciudadano rural este cambio implicaba una mejora de sus perspectivas y calidad de vida. Poder llegar a la gran ciudad era sinónimo de progreso. Setenta años después, algunos jóvenes españoles emprenden el camino opuesto. Abandonan la vida urbana para adentrarse en un campo renovado con nuevas oportunidades laborales.

Así, cuando hablamos de la renovación del campo, encontramos una serie de fenómenos que han tenido lugar en los últimos años y que, según se van amplificando con el tiempo, provocarán la necesidad de incorporar perfiles profesionales disruptores al sector agrícola. Como resultado, el campo se erige como un nuevo nicho laboral de atracción de talento. El primer aspecto a considerar es la importancia estratégica del sector agroalimentario. En España, es responsable de más del 10% de PIB (solo superado por el turismo) y de cerca del 15% de los puestos de trabajo. Solo el sector agrícola y ganadero genera 17.000 millones de euros de exportaciones, con un balance neto de más de 6.000 millones en la balanza comercial. En los últimos tres años el sector ha mostrado un nivel de resistencia y resiliencia ante crisis globales que ha atraído aún más la atención de los grandes grupos de inversión.

El segundo factor, relacionado con los desafíos de competitividad y sostenibilidad mencionados, es la transformación tecnológica y digital. En los últimos años se ha desplegado en el sector agrícola todo el aparato tecnológico propio de las industrias más avanzadas: analítica de datos, inteligencia artificial, deep learning, sensórica, automatización… Son soluciones tecnológicas necesarias para asumir los retos planteados, y que requieren de personal altamente cualificado.

Lejos del cliché del agricultor clásico, el nuevo profesional combina competencias agronómicas con altos conocimientos en nuevas tecnologías. La captación de datos y su interpretación se convierten en la clave para la toma de decisiones, para optimizar costes y para maximizar las producciones. Por último, se produce un efecto de aceleración debido a la reestructuración de las explotaciones. Estamos viviendo una concentración de la gestión a través de grupos de propiedad y empresas de servicios que va a transformar el actual tejido de pequeñas y medianas explotaciones hacia estructuras de mayor tamaño, más profesionalizadas y más competitivas.

En definitiva, y a pesar de la aparente fragilidad de un sector que vive a merced de la meteorología y de los equilibrios globales de oferta y demanda, el sector agroalimentario emerge como uno de los grandes polos de interés de la economía mundial. Sobre esta base económica y ante los desafíos de seguridad alimentaria y sostenibilidad, estamos viviendo una transformación de las estructuras, de la tecnología y de las competencias. Este nuevo escenario reúne todas las condiciones para atraer el mejor talento, combinando entornos naturales de trabajo con el máximo despliegue de tecnologías y competencias.

A diferencia de lo que ocurría a principios del siglo XX, aquellos que buscan un lugar donde realizarse profesionalmente ya no huirán del campo, sino que se mudarán a él. El campo reúne una combinación de contribución a los desafíos globales de la humanidad, de entorno natural de trabajo y de despliegue tecnológico único para las nuevas generaciones.

Eduardo Martínez de Ubago es Director de negocio de John Deere Ibérica