Recuperar la complicidad de las empresas en vez de demonizarlas

Es más eficaz volver a la colaboración público-privada de la pandemia que seguir con la estrategia de inventar enemigos en busca de rédito electoral

Han pasado dos meses del debate sobre el Estado de la Nación (12-14 de julio), se ha esfumado la euforia veraniega y vuelven a quedar al descubierto los mismos males, la inflación, y las mismas miserias políticas.

La inflación ha entrado como la carcoma en toda la cadena de valor de la producción, con lo que va a requerir tratamientos más agresivos que restregar la madera con Carcomin. Se van a necesitar medidas quirúrgicas que lleguen rápido al corazón del mal y eso va a causar dolor, como bien advirtió Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos. El BCE cuenta con que la inflación esté por encima del 3% hasta bien entrado 2023. Para llegar hasta ahí, y suponiendo que acierte en sus previsiones, tendrá que seguir subiendo los tipos de interés, lo que va a hacer más daño a las cuentas de familias, empresas y Estado, que debe casi 1,5 billones.

Con este panorama, los sindicatos tienen difícil contener la presión de sus bases, que reclaman una subida salarial que neutralice la pérdida de capacidad adquisitiva que están soportando. Hay 17 millones de trabajadores en el sector privado deseando saber qué pasa ya con sus nóminas y otros 3,5 millones de empleados públicos y 10 millones de pensionistas pendientes de los próximos presupuestos del Estado. La Confederación Sindical Independiente y de Funcionarios, la organización más votada en la Administración General del Estado, ya ha convocado una manifestación para el día 24 de este mes en Madrid. Esto no ha hecho más que empezar.

El temor al manido otoño caliente se entrevera con una primavera electoral en 2023 y produce un ambiente político tóxico y poco edificante. Esto ya se pudo apreciar en el mencionado debate veraniego, pero fue aún más palpable en el cara a cara del Senado entre el presidente del Gobierno y el líder del PP. Las casas de encuestas no paran de producir expectativas electorales y los partidos políticos corren como pollo sin cabeza a producir artificios para mejorar esos datos. No van a parar en barras, harán lo inconfesable si creen que les da votos, sin reparar en los daños colaterales. Malos tiempos para políticas de altura.

La urgencia demoscópica es el origen de la intensa actividad de los partidos de izquierdas que forman parte del Gobierno, a los que las encuestas sitúan unánimemente en el ala opositora en la próxima legislatura. El noble intento de recuperar el aprecio del elector está detrás de la proposición de ley de PSOE y Podemos para establecer nuevos impuestos a los grandes bancos y empresas energéticas. Es la misma intención del roadshow por los supermercados de la vicepresidenta Yolanda Díaz (Sumar). Y otro tanto sucede con la proposición de ley de Podemos para limitar el tipo de interés de las hipotecas de las personas en situación vulnerable.

Al PP, que es el único, único partido que navega con la corriente a favor, tampoco le vale lo que le dicen las encuestas, puesto que le dejan en manos de Vox. Alberto Núñez Feijóo, que siempre ha gobernado Galicia con mayoría absoluta, necesita acelerar los tiempos. En esa estrategia se enmarcan el debate que provocó con Pedro Sánchez, que perdieron los dos, y el discurso de Isabel Díaz Ayuso en el debate sobre el Estado de la Región de Madrid, en el que, en vez de hablar de su gestión, lanzó un programa electoral para embestir a Pedro Sánchez, no a su oposición regional.

Mientras, el ciudadano se va desconectando poco a poco de sus líderes. El largo episodio de Sánchez y Feijóo en el Senado discutiendo sobre quién insulta más al otro, llegando incluso a leer y releer los epítetos, es de los más patéticos en décadas; puro gas. Por eso, no debería sorprenderles que el pueblo, la clase media trabajadora, la España que madruga, como quieran llamarla, esté en otra pantalla.

El debate entre Sánchez y Feijóo fue retransmitido por el Canal 24 horas de RTVE y lo siguieron una media de 267.000 espectadores, lo que equivale al 3% de la audiencia. La entrevista al presidente del Gobierno en La 1 fue seguida por 787.000 espectadores, lo que supone una cuota del 5,9%. Son cifras ridículas. Qué habrá pensado el presidente del Gobierno cuando le hayan contado que, en estas circunstancias críticas, los españoles prefieren seguir a Pablo Motos y su Hormiguero (15% de audiencia) o a El Gran Wyoming en El Intermedio (6,7%).

Empieza a ser realmente urgente que los partidos políticos, muy especialmente los que forman la coalición de Gobierno, dejen las trincheras para Ucrania y se esfuercen en construir puentes entre ellos y, sobre todo, con la sociedad.

El Gobierno quiere que se alcance un “pacto de rentas” y que las empresas “arrimen el hombro”. Son expresiones que resuenan a compromiso, acuerdo y voluntariedad. Sin embargo, lleva haciendo lo contrario desde julio, desde el siniestro electoral de Andalucía. Primero, estigmatiza al empresariado diciendo que se están forrando con la crisis, algo que aplica literalmente a determinadas compañías energéticas, justo a las que apunta Bruselas con toda la razón en su nuevo impuesto; luego las amenaza con el BOE y, finalmente, las sitúa de promotoras del ascenso de Núñez Feijóo. ¿Y con este clima hasta mayo, hasta las elecciones municipales y autonómicas?

Es seguro que las empresas están dispuestas a arrimar el hombro, porque a nadie interesa el sufrimiento de una recesión. Gobierno, empresas, sindicatos y quien haga falta se tienen que sentar con datos y desde ellos, no desde la demagogia, construir un pacto de rentas o cómo se le quiera llamar. Cuanto antes se recupere el espíritu constructivo que hubo durante la pandemia, mejor.

Conviene tener presente que la desconexión entre políticos y ciudadanos está en el origen de la fuerza que está recobrando la extrema derecha. Pasó en junio en Francia, acaba de suceder en Suecia, donde ha sido el segundo partido más votado, y todo apunta a que estarán en el gobierno, y puede pasar en una semana en Italia, donde las encuestas colocan en primer lugar a la ultraconservadora Georgia Meloni. Luego, no llores por mí, Argentina.

Aurelio Medel es Doctor en Ciencias de la Información. Profesor de la Universidad Complutense