¿Puede haber energía asequible para 9.100 millones de habitantes?

Los subsidios públicos son insostenibles y trasladar la carga a las empresas bajo el lema de los ‘beneficios extraordinarios’ es empujarlas a las pérdidas

El coste de la energía es hoy como una piedra en el zapato que urge extraer, pero puede convertirse en una cojera crónica en función de las decisiones que se adopten ahora. Acontecimientos que parecen nuevos son consecuencia y réplica de procesos producidos en el pasado. El hecho de que se extiendan en el tiempo y la preocupación por la vida cotidiana y lo inmediato, hacen olvidar que forman parte de ciclos generales.

Es lo que ocurre en todos los mercados, por ejemplo, en la deuda a largo plazo cuyo ciclo suele durar entre 50 y 75 años. Hoy está en su fase tardía, que empieza en 1944 con los acuerdos de Breton Woods y se desarrolla a partir de esa fecha cuando se configura un nuevo orden mundial dominado por el dólar y Estados Unidos. Este tipo de ciclos termina cuando las deudas son altas, los tipos de interés no pueden reducirse de forma adecuada y la creación de dinero y crédito aumenta los precios de los activos financieros al ritmo que crece la actividad económica real. Si el mercado llega entonces a la conclusión de que el dinero y los activos de deuda ya no son un buen depósito de riqueza, el ciclo de la deuda a largo plazo acaba y se produce una restructuración que afecta a todo el sistema monetario.

Los ciudadanos suelen obviar este tipo de riesgos sencillamente porque dada su extensión en el tiempo, cerca de 75 años, no suelen afectar a alguien más de una vez en la vida. Para los gobiernos, sin embargo, anticiparse a esa tendencia, que en este caso ya va camino de complicarse más por la crisis energética y las distorsiones de ese mercado, debería resultar prioritario, porque lo que se decida estos meses en la encrucijada actual va a condicionar las próximas décadas.

Hoy somos 7.900 millones de habitantes en el planeta y, si la energía es un grave problema que ha agudizado Rusia al invadir Ucrania ¿qué ocurrirá en el año 2050 con una población en la Tierra estimada de 9.100 millones de personas? ¿El crecimiento continuo y exponencial de la población y una crisis grave de recursos podrá ser compensada con el progreso de la tecnología?

La extensión de la esperanza de vida en occidente es un éxito, el mundo entero ha descubierto la fórmula del cambio reproductivo: cada generación llega con una proporción mayor de efectivos supervivientes hasta las edades adultas, por lo que una tasa de fecundidad baja ya no es un problema. Como sostiene el demógrafo Julio Pérez, el reemplazo depende del balance entre nacimientos y años de vida, de hecho, la reproducción fue más precaria en España cuando se tenía un promedio de 4,5 hijos que hoy, con una tasa de 1,19 hijos por mujer. Pero conlleva una alta responsabilidad porque ha creado sociedades envejecidas demandantes de una alta atención que conviven con cohortes juveniles menguantes. Mientras, los países con ingresos bajos han logrado aumentar la supervivencia infantil y proporcionar alimentación y asistencia sanitaria básicas, lo que ha producido una floreciente población juvenil. Ambos éxitos han creado un grave desequilibrio con tendencia a empeorar entre regiones ricas y pobres, de manera que es un hecho que las ricas se enfrentan hoy a un futuro sin suficientes trabajadores que puedan sostener el Estado del Bienestar, y las pobres a un futuro sin suficientes trabajos para su nivel de cualificación.

En España el panorama a veinte y treinta años es sencillo de describir: menos jóvenes, menos adultos, más personas mayores y más octogenarios. La población española va a seguir creciendo hasta el año 2050, aunque desde 2040 más lentamente, para reducirse después paulatinamente hasta 2060. Los mayores de 65 años, que representaban un 17% del total en 2008, supondrán un 21% en 2025 y un 30% en 2060. Y esta evolución de la estructura por edades tendrá hondas repercusiones en la configuración de nuestra economía y nuestra sociedad. En términos de pirámide laboral, disponer de menos jóvenes en un país reduce su base; y el número de adultos también será menor y la masa laboral estará sometida igualmente a un proceso de envejecimiento. Si no hay jóvenes que trabajen, paguen impuestos, innoven, ahorren y se conviertan en los consumidores dinámicos del futuro, el crecimiento de la economía es muy difícil.

El crecimiento y envejecimiento de la población, considerado como un asunto de las economías desarrolladas de Europa y América del Norte, es un fenómeno global que está llegando a América Latina y que tiene como única excepción notable la región del África subsahariana, que mantiene una relativa juventud en términos demográficos.

Asia, que creció gracias a su cohorte juvenil a finales del siglo XX, ve ahora cómo esa etapa concluye. China, que afronta un nuevo modelo económico en un marco de profundas desigualdades, ya no está sola: la fecundidad se ha derrumbado en casi toda Asia, donde Japón se presenta como el país más envejecido del mundo. India superará a China y se convertirá en el país más poblado en 2025 pero, como dicen los demógrafos, sin haber realizado una planificación adecuada para impedir que el dividendo demográfico acabe transformándose en una maldición. Por otro lado, la franja de población comprendida entre los 15 y 24 años permanecerá estable en Estados Unidos hasta 2050, mientras que en la Unión Europea descenderá.

La población es el sujeto al que los estados deben servir, no el objeto para servir a los estados, y en este contexto demográfico y con los niveles de deuda en el mundo tan elevados, y a las puertas de un crecimiento económico que generará menos ingresos para afrontarla, los subsidios de los gobiernos al consumo de energía resultan insostenibles, y que los gobiernos trasladen la carga a las empresas, sea cual sea el sector, bajo el inventado lema de los beneficios extraordinarios es empujarlas hacia las pérdidas. El único beneficio extraordinario que verdaderamente existe es el aumento de la población, que obviamente tampoco es “un beneficio caído del cielo”, como falsamente se predica de las empresas, es más terrenal. Ni siquiera un problema, como a veces se deduce de algunas afirmaciones de algunos economistas. Es la base sobre la que adoptar las decisiones, por eso quizá sea más práctico tener antes claro qué no hacer, para que sea más sencillo después saber qué hacer.

Carlos Balado es Profesor de OBS Business School y director de Eurocofín