Vuelta de tuerca en Jackson Hole para preparar el otoño

No han dejado los banqueros centrales mucho margen para la ambigüedad en la reunión anual de Jackson Hole, Wyoming. El encuentro sirve, tradicionalmente, para marcar las líneas de actuación de las principales autoridades monetarias, en particular en los momentos de incertidumbre. El actual es uno de los más complicados para los bancos centrales en décadas, y no se puede acusar a los responsables de BCE y Fed de no haber aclarado su panorama de cara al otoño.

Powell y Schnabel han sido diáfanos. Si hace unos meses se debatía hasta qué punto convenía subir tipos para contener la inflación sin meter a las economías en recesión, ahora la prudencia ha cambiado de lado, y pasa por anclar las expectativas de inflación a pesar de que la eventual recesión. Isabel Schnabel lo explicó con cierta crudeza: los bancos centrales tendrán que cambiar su umbral de sacrificio (sacrificio en términos de PIB y de empleo), pues el carácter global de la tensión inflacionista hará que no baste con controlar los precios en casa. En otras palabras, los bancos centrales van a pasarse de frenada voluntariamente.

El mensaje no es agradable, pero sí está coordinado. Algo que, desde la caótica caída de Lehman Brothers en 2008, ha sido clave para capear las tormentas financieras. Bajando más al detalle, el BCE trata de mostrar a los mercados, a los empresarios o a los sindicatos que no cuenten con que la inflación se va a mantener altísima demasiado tiempo. El equilibrio de riesgos ha girado 180 grados este verano y ahora el peligro es que con una inflación aún más desmandada (escenario posible teniendo en cuenta la situación energética) las acciones del BCE pierdan credibilidad y, por tanto, eficacia, si llegan demasiado tarde.

Pocas personas podrían pensar hace 12 meses que la mayor parte de las economías rondarían una inflación del 10%. Pero el mundo parece haberse conjurado para poner a los bancos centrales, y en particular al BCE, en situaciones nunca vistas. Pero hasta el momento el riesgo era o bien la implosión del euro o bien una crisis financiera a gran escala. En todas estas situaciones el mercado ha premiado la determinación y ha castigado las medias tintas. Ahora el contexto es inverso, y el BCE usa esa misma palabra, determinación, para explicar su cambio de tercio. En una vuelta de verano donde no hay prácticamente ni una sola certeza, el BCE quiere aportar una: su compromiso contra la inflación ante una crisis energética que, como la guerra, puede durar mucho más de lo previsto.