Lo que nos dice el euro más barato que el dólar no es agradable

Si los operadores apuestan así no es tanto por el diferencial de tipos actual como por el desacople en las perspectivas económicas

La última vez que el euro y el dólar cotizaron a la par se hundía el Prestige en las costas de Galicia. Fue en el año 2002, hace un mundo. No faltaba quien bromeaba con la conveniencia de dejar ahí, de forma permanente, el tipo de cambio entre las dos principales divisas del globo. Para bendición de los operadores de divisas e incomodidad del resto, el cruce no ha dejado de oscilar en este tiempo, para volver este verano a la casilla de salida. En condiciones normales, el debilitamiento de la divisa europea sería una preocupación de segundo orden, en la medida en que una divisa barata tiene, al menos en los libros de texto, un componente de estímulo económico.

Esta vez no es así. De entrada, los contratos internacionales de energía están, en la inmensa mayoría de los casos, denominados en dólares. El Brent ha pasado de 78 a 95 dólares este año, un 22% más caro. Pero en euros ha pasado de 68 a 95, una subida del 39%. Más desequilibrio comercial y, sobre todo, más inflación. Malas noticias, en particular cuando en el corto y medio plazo no se espera un alivio de la situación energética, sino que se teme un agravamiento.

Pero más negativas que las consecuencias de la paridad del euro son las causas. Si los operadores apuestan en contra del euro y a favor del dólar (o del franco suizo), no es tanto por el diferencial de tipos de interés actual como por el desacople en las perspectivas económicas. Los economistas temen el impacto de los precios de la energía no solo en la inflación, sino en la actividad, vía consumidores que recortan gastos por la factura energética o empresas que paran producción o recortan inversiones.

El miedo ha empezado a cristalizar estas semanas veraniegas, cuando los precios de la luz y el gas se han disparado en Centroeuropa. Las expectativas de los inversores alemanes (índice ZEW) son las peores desde la crisis de deuda de hace 10 años, y las empresariales (Ifo), las peores en dos. Décadas de monocultivo energético con un socio de dudosas convicciones tienen consecuencias.

Ahora Europa tiene ante sí una tormenta y un dilema: sin techo de inflación a la vista, las malas perspectivas económicas van a condicionar al BCE a la hora de subir tipos. No en estos momentos (el mercado ve medio punto en septiembre, y así lo recoge el euríbor), pero sí en próximos trimestres, cuando la corrosión de la crisis energética arrecie. Estados Unidos, con la economía menos dañada por la guerra, ha podido subir tipos para contener el pico inflacionista lo antes posible y puede, en un futuro, reducir el ritmo de alzas si quiere. Lagarde no va a tener un camino tan fácil como Powell.