Lex Greensill personifica las finanzas post-2008

Su banco en la sombra fue uno de los primeros en hundirse, pero, con los tipos al alza, es poco probable que sea el último

Lex Greensill, en 2019, recogiendo el premio al exalumno del año de la Universidad de Tecnología de Queensland, en Brisbane (Australia).
Lex Greensill, en 2019, recogiendo el premio al exalumno del año de la Universidad de Tecnología de Queensland, en Brisbane (Australia).

Hace aproximadamente un decenio, Daniel Tarullo pronunció un discurso en el que advertía de los peligros que planteaba la banca en la sombra. El profesor de Derecho y miembro del consejo de gobierno de la Fed contrastó los amplios esfuerzos para reformar los grandes bancos, muchos de los cuales estuvieron a punto de colapsar en la crisis de 2008, con la limitada supervisión de los gestores de activos, brókeres y otros intermediarios de los mercados. “A medida que se refuerza la supervisión de las instituciones reguladas”, señaló, “pueden aumentar las oportunidades de arbitraje en el sistema bancario en la sombra”.

Probablemente, Tarullo nunca había oído hablar de Lex Greensill cuando redactó su discurso. Sin embargo, el año anterior, al otro lado del Atlántico, este ambicioso australiano había fundado una empresa para aprovechar los desequilibrios sobre los que advertía Tarullo. A lo largo del decenio siguiente, la empresa epónima de Greensill surfeó las olas de capital barato que inundaban el mundo, engañando a grandes bancos, inversores de alto nivel y expolíticos, hasta que finalmente se hundió. En el proceso se convirtió en una parábola de los excesos de las finanzas mundiales tras la crisis.

The Pyramid of Lies: Lex Greensill and the Billion-Dollar Scandal (La pirámide de las mentiras: Lex Greensill y el escándalo de los mil millones de dólares), de Duncan Mavin, deja a los lectores con pocas dudas sobre la culpabilidad de su villano central. Mavin, un periodista financiero que pasó años desenterrando la escuálida verdad que se escondía tras las extravagantes afirmaciones de Greensill, combina explicaciones claras de las intrincadas estructuras financieras con un agudo ojo para el colorido y a veces absurdo drama humano.

Greensill es aún más extraordinario, porque operaba en un rincón supuestamente monótono de las finanzas conocido como crédito de la cadena de suministro. Durante siglos, las pequeñas empresas han conseguido dinero vendiendo facturas impagadas a prestamistas con un descuento sobre la cantidad que se les debe. Más recientemente, los bancos y otras entidades invirtieron el proceso ofreciendo créditos a las grandes empresas y pagando después las facturas de sus pequeños proveedores antes que antes, a cambio de una comisión.

Este sistema se basa en un juego de manos contable que permite a las empresas declarar los préstamos de la cadena de suministro como capital circulante, reduciendo así su deuda declarada. Fue un factor en colapsos corporativos como el de la firma británica de subcontratación Carillion, que entró en liquidación en 2018. Sin embargo, es un negocio con un margen relativamente bajo que solo es rentable para los prestamistas que pueden hacerlo a gran escala.

Greensill no tenía el balance ni los clientes de primer orden para competir con los grandes bancos. En vez de utilizar los depósitos para la financiación, empaquetó los préstamos y los vendió a gestores de activos. Y aunque compró un pequeño prestamista alemán, la matriz de Greensill no estaba regulada como un banco normal. Lo que le faltaba en tamaño lo compensaba en bravuconería, incluyendo afirmaciones extravagantes de que era una rompedora empresa tecnológica.

Desde el principio, parece que careció de controles básicos. Etiquetó los préstamos a largo plazo como financiación de la cadena de suministro; prorrogó algunos créditos a medida que vencían, un proceso conocido como evergreening, y movió préstamos entre diferentes entidades. Lo mejor de todo es que ofrecía a algunos clientes créditos garantizados por contratos que aún no había ganado, una categoría que denominaba “cuentas por cobrar futuras”.

Las finanzas siempre han atraído a granujas que rompen las reglas. Lo notable de Greensill es lo lejos que llegó. El apoyo de los grandes institucionales le elevó de las filas más mundanas de los estafadores financieros. Greensill consiguió inyecciones de capital de la firma de inversión General Atlantic y de SoftBank, el gigante inversor en tecnología. Los gestores de activos GAM y Credit Suisse reempaquetaron sus préstamos y los distribuyeron a clientes ávidos de rendimiento. Las grandes aseguradoras proporcionaron protección contra impagos. Mientras, políticos como el ex primer ministro británico David Cameron ayudaron a Greensill a abrir puertas, y pidieron ayuda a Gobiernos y bancos centrales cuando la pandemia aceleró la desaparición de la empresa.

Otro hecho sorprendente es que en los 10 años durante los que Greensill recorrió el mundo en su jet privado, casi no tuvo interacción con los custodios tradicionales de las finanzas. Los reguladores financieros que aplicaban las nuevas y estrictas normas bancarias están casi totalmente ausentes del libro de Mavin, con la notable excepción de BaFin, el desventurado organismo de control alemán que debía supervisar la filial bancaria de Greensill en el país. Las cuentas de la empresa eran auditadas por oscuras firmas de Londres y Sídney. Las agencias de rating apenas aparecieron.

Algunos responsables políticos podrían argüir que esto respalda la arquitectura financiera pos-crisis. El colapso de Greensill no arrastró a las grandes economías occidentales, como habían amenazado con hacer los bancos 13 años antes. Sus principales víctimas fueron instituciones como Credit Suisse, que pagaron un alto precio por no hacer sus deberes. Múltiples investigaciones en varios países establecerán si Greensill y sus secuaces infringieron la ley.

Pero esta interpretación es demasiado complaciente. Por un lado, Greensill y su mayor cliente, el magnate del acero Sanjeev Gupta, se beneficiaron de las garantías de los Gobiernos durante la pandemia. Más en general, cuando la Fed y otros bancos centrales intervinieron para evitar que los mercados colapsaran en marzo de 2020, reconocieron la dependencia de la economía mundial de las finanzas en la sombra.

Por último, es demasiado pronto para pasar la factura de un decenio de excesos. Ahora que los tipos están subiendo en todo el mundo, la marea de capital barato que impulsó a los bancos en la sombra está retrocediendo. Lex Greensill fue uno de los primeros en hundirse. Es poco probable que sea el último.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías