Ojo con el futuro: ¿'blockchains' son genialidad o utopía?

Ya sea como parte de una evolución propia o sobre sus cenizas, su herencia innovadora promete ser considerable

Un entramado digital ofrece la posibilidad de mejorar la fiabilidad y la eficiencia de todo tipo de transacciones. Se trata, por supuesto, de blockchains (literalmente cadenas de bloques, pero mejor sin traducir). Según sus valedores, su potencial transformador para las transacciones es comparable a la revolución que el Internet ha supuesto sobre los flujos de información. ¿Hay que subirse a ese tren para no perderlo o mejor observar a distancia para ver cómo se decantan sus aplicaciones?

El potencial se deriva de que puede documentar transacciones con cualquier activo: tangible (desde terrenos y otras propiedades inmobiliarias a objetos de arte), intangible (como patentes y otras propiedades intelectuales); o entremedias (como en el caso de imágenes digitales). Y también sirve para seguir la pista a secuencias de transacciones y verificar a qué persona física o jurídica le pertenece el activo en cada momento.

Se trata de un libro contable digital en el cual cada bloque en la cadena verifica de manera indisputable el contenido del anterior. En principio, puede hacer que cualquier transacción se haga muy rápidamente, a bajo coste y quede documentada de forma auditable. Es fácil imaginar cómo blockchains podrían, por ejemplo, transformar catastros y la compraventa de propiedades inmobiliarias.

Y para muchas empresas blockchains privadas (de acceso limitado a miembros de su sistema) también podrían ofrecer una forma nueva de controlar operaciones –desde suministros a módulos productivos e ingresos– y de generar confianza y reducir la vulnerabilidad de sistemas de información tradicionales. Aplicaciones más complejas pueden también incorporar contratos inteligentes que automaticen fiablemente transacciones futuras.

Pero resulta que las aplicaciones, por ahora, más extendidas de blockchains (criptomonedas y non-tangible tokens usados por coleccionistas) se encuentran en nichos fundamentalmente especulativos, con más potencial de burbuja que de mecanismo estable; y que la promesa de bajos costes no parece haberse convertido en realidad en casi ninguna de las aplicaciones, mientras que otras han resultado necesitar un enorme consumo energético.

Las dos aplicaciones más extendidas –sobre todo, en cuanto a volumen de transacciones– como decíamos, son las criptomonedas y los non-fungible tokens (mejor no traducirlo tampoco y quedarse con las siglas: NFT). Ambas están interconectadas y podrían verse como una sola aplicación, pero vale la pena examinarlas en paralelo.

Las razones para interesarse por las criptomonedas van desde la búsqueda (constructiva o anárquica) de una alternativa global a las monedas nacionales, hasta la especulación y la clandestinidad en transferencias financieras. Lanzada en 2009, bitcoin fue la moneda pionera y continúa siendo la de más valor agregado, aunque ha ido perdiendo terreno al expandirse la gama de cripto monedas. El valor total del conjunto de cripto monedas era de 700 billones de dólares a principios del 2018, del que bitcoin representaba un 70%. En la cresta de la valoración de las criptomonedas (2.900 billones de dólares en enero del 2022), bitcoin representaba un 40% y ahora, que el valor agregado ha bajado, sigue representando aproximadamente el mismo porcentaje.

El impacto de bitcoin ha sido grande y ha llevado a muchas empresas e incluso a países (como en el caso del problemático experimento de El Salvador) a integrarlo en sus finanzas. Elon Musk y Tesla pueden servir como barómetro, pasando de ofrecer vender los coches por bitcoin, a no aceptar la criptomoneda, aunque su compañía sigue manteniendo una cantidad importante de bitcoins en sus activos.

La escasez es parte integral de su diseño original y explica, en parte, el que su valor se haya disparado, llegando hasta 65.000 dólares hace seis meses. Pero las incertidumbres alrededor de su utilidad práctica, su desmesurado consumo energético y el marco regulatorio (muchos países están considerando cómo llenar la laguna regulatoria en la que las cripto monedas han estado navegando) hacen que el valor de bitcoin sea vulnerable y propenso a grandes altibajos, actualmente, ronda los 20.000 dólares.

La otra aplicación de blockchains muy extendida es la de NFT: activos digitales con códigos identificativos singulares y con su propiedad autentificada en un libro contable tipo blockchain, que funciona sobre plataformas como ethereum, inspiradas en la experiencia de bitcoin. La compraventa de NFT –generalmente con criptomonedas –experimentó un auge dramático durante el 2021, tanto en cantidad como en valor. La mayor parte de las transacciones han sido sobre imágenes de arte (en el sentido más amplio del término) y ha atraído a coleccionistas que han pujado por algunas imágenes hasta alcanzar niveles que van más allá, incluso, de la noción de burbuja. La colección del Club náutico de los monos aburridos es uno de los ejemplos extremos: con una docena de imágenes, llegó a valer cada una más de un millón de dólares (incrementando 5.000 veces su valor en menos de un año).

Independientemente de cómo evolucione bitcoin –e incluso de su supervivencia– habrá tenido un efecto de innovación tecnofinanciera duradero. Aunque muchos expertos consideran blockchains como una tecnología inepta –o de méritos puramente utópicos– sigue habiendo personas e instituciones que apuestan fuerte por criptomonedas, NFT y demás aplicaciones de lo que consideran una idea genial. Ya sea como parte de la evolución propia, o sobre sus cenizas, la herencia innovadora de blockchains promete ser considerable.

Enrique Rueda es Investigador sénior de EsadeGeo, Centro de Economía Global y Geopolítica de Esade