Esa cosa del hidrógeno de la que todo el mundo habla

El camino hacia una ‘economía del hidrógeno’ no va a ser fácil ni corto. Pero puede hacer de España un exportador significativo de energía al continente

E n estas mismas páginas, día sí y día también, aparecen variadas noticias acerca de las incertidumbres del mercado energético en España y, por extensión, en Europa; desde la subida incontrolada del precio de los combustibles fósiles, la acuciante dependencia energética de los países europeos agravada por conflictos diplomáticos y bélicos que todos conocemos, hasta las tribulaciones políticas que desestabilizan un sistema energético que debería ser equilibrado, seguro y asequible para los ciudadanos.

Podríamos hablar de una emergencia energética, sin intención de ser alarmistas, conectada intrínsecamente con otras emergencias del tipo medioambiental o económico. No hay manera de separar un aspecto de otro. Como sabemos, la elección de un enfoque energético –hoja de ruta la llaman– para estimular la economía de un país influirá definitivamente en lo medioambiental, por poner un ejemplo.Así que, por el momento, todas las miradas están puestas en las alternativas para salir del atolladero.

Y, aparentemente, todas las opciones están abiertas, aunque dependiendo del Estado Miembro y sus circunstancias hay algunas que gozan de mejor prensa que otras. Volver a la nuclear, mirar hacia otro lado y seguir quemando carbón para producir electricidad, pedir a los productores de petróleo que incrementen sus bombeos y, de paso, que reduzcan el precio de la gasolina, o apostar decididamente por las renovables, son solo algunas de las ideas que caen desde los despachos.

Las políticas europeas, más allá de los acuerdos de París y otros, que hasta ahora situaban los objetivos de descarbonización básicamente en reducir las emisiones de CO2 para combatir el cambio climático, apuestan ahora por la autonomía energética de los Estados Miembros respecto a sus proveedores convencionales. El programa RePowerEU fija su atención, y sus inversiones, en la necesidad de encontrar fuentes energéticas que combatan no solo el cambio climático, sino la amenaza de la dependencia, la subida de precios de los combustibles fósiles y, en consecuencia, la inflación. Con sus programas, la Europa institucional quiere fomentar que los Estados Miembros adopten medidas rápidas y contundentes que aseguren un sistema más seguro y equilibrado en lo energético. Pero, ¿a qué hace referencia este objetivo?

Tomemos la analogía de un edificio que goza de un equilibrio energético perfecto, que es capaz de producir y, en su caso, almacenar la energía que consume de forma constante y competitiva y sin emisiones de CO2 a la atmósfera, empleando para ello medios de producción de electricidad como paneles solares colocados en la azotea. En ese utópico edificio, sus moradores pueden disfrutar de luz, frío y calor durante todo el año sin depender de otros medios más que los propios. Pero para que esto sea posible los vecinos deben ponerse de acuerdo en la elección de la tecnología de producción, en cuánto y de qué modo almacenarán la energía, en cómo distribuirla por cada planta e, incluso, si cederán el excedente a otros edificios vecinos. Como la inversión será importante deberán contar con las ayudas de su municipio para hacer realidad sus planes, por lo que solicitarán algún tipo de subvención, animados por las campañas de promoción de las instituciones que proclaman la llegada de la libertad energética para sus ciudadanos.

Si trasladamos la analogía del equilibrio energético perfecto a un territorio, España, por ejemplo, los pasos a seguir no serían muy diferentes. Todo pasa por el convencimiento político, pero también a nivel del ciudadano, de que es posible lograr la autonomía energética con una apuesta por la implantación decidida de tecnologías eficientes de producción de energía limpia, con la propuesta de proyectos ambiciosos que negociar con Europa para la obtención de ayudas. Y no habrá proyecto más ambicioso que el despliegue de infraestructuras de exportación de excedentes a países vecinos y sacar de la manga, en la baraja de las energías, el as que permita recorrer el camino más rápidamente.

Y aquí es donde entra en juego el hidrógeno.

La palabra de moda en estos últimos meses es hidrógeno, acompañado de diferentes apellidos cromáticos, entre los que destaca el verde, eufemismo de hidrógeno producido a partir de fuentes renovables. Los políticos parecen haber encontrado la piedra filosofal para resolver el problema de las emisiones y, de paso, el referido a la dependencia energética. Pero el camino para implantar la llamada economía del hidrógeno no será fácil ni corto. Pese a que puede entenderse que el hidrógeno verde es la solución a todos los problemas y aplicable a todo tipo de usos, es más que probable que el proceso de implantación lleve diferentes velocidades, dependiendo de a qué se destine.

Por ejemplo, el hidrógeno empleado para el consumo directo de electricidad, para generar calor o para la movilidad ligera de pasajeros probablemente sea menos ventajoso frente a otras fuentes, como la electricidad procedente del sol o del viento. Pero, como vector energético que es, el hidrógeno puede ser almacenado en grandes cantidades para un uso posterior o transformado en amoníaco o en otros combustibles sintéticos que sustituyan a los contaminantes combustibles empleados en medios de transporte de larga distancia, ya sean aéreos, marítimos o ferroviarios.

Pero, sobre todo, será la sustitución del hidrógeno sucio –que actualmente consumen las grandes industrias del acero, las refinerías o las fábricas de fertilizantes, por mencionar algunos ejemplos– por hidrógeno verde el que liderará la mencionada economía del hidrógeno. Este uso inmediato puede realizarse o bien construyendo instalaciones de producción masiva de hidrógeno o conduciendo desde lugares más alejados de la industria, con capacidad de producción renovable, a través de canalizaciones, expresamente construidas a tal efecto; o, mejor aún, adaptando y empleando las actuales redes de gas natural, con una inversión menor y aprovechando la capilaridad de la red que llega prácticamente a cualquier lado.

Incluso, a través de este medio, España podrá convertirse, por primera vez en su historia, en un exportador significativo de energía al continente. Lo que no es poca cosa.

Alejandro García es Director de Hidrógeno en VINCI Energies Spain