La España vacía se quema y no es casualidad

La despoblación crea espacios naturales salvajes, sin mantenimiento, donde el hombre es la especie en extinción

Incendios forestales pulsa en la foto

La segunda quincena de junio ha sorprendido con una ola de calor y de incendios impropios de estas fechas, que han arrasado bosques, especialmente en la mitad norte. Estos fuegos tienen en común que se han cebado con zonas afectadas por la despoblación, como es el caso de la Sierra de la Culebra (Zamora) y la Comarca de Jiloca (Teruel), donde se han quemado 30.000 y 2.000 hectáreas, respectivamente. Estas provincias son la zona cero de la España vacía: La Raya con Portugal y la Serranía Celtibérica, con menos de ocho habitantes por kilómetro cuadrado.

En estas áreas, seguramente siempre ha habido incendios, por la sencilla razón de que hay más bosques. La novedad son estos grandes fuegos de 30.000 hectáreas, que abarcan el territorio de muchos pueblos. De hecho, el fuego de Sierra de la Culebra es el mayor que se ha producido en Castilla y León desde que hay registros y supera a toda la superficie quemada en España en 2018 (26.563 hectáreas, repartidas en 7.065 fuegos diferentes), según datos del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico. Donde más incendios hay es en Galicia, pero donde más superficie forestal y arbolada arde es en las comunidades del interior.

A corto plazo, poco se puede hacer contra las olas de calor, consecuencia del cambio climático. Sin embargo, hay mucho recorrido contra los incendios. De hecho, las estadísticas señalan que el 55% de los de la primera década de este siglo en España fueron provocados, un 23% negligencias y un 15% por causas desconocidas. Por tanto, a la madre naturaleza se le puede achacar solo el 7%.

“Esas serían las causas que encienden la chispa; hay que profundizar más en el tema para saber, por ejemplo, por qué evoluciona un incendio en cierto lugar, o por qué su propagación lo hace imposible de extinguir”, señalan Xavier Úbeda y Marcos Francos, miembros del Grup de Recerca Ambiental Medierrània de la Universidad de Barcelona, en un artículo de la publicación científica Biblio 3W: Revista Bibliográfica de Geografía y Ciencias Sociales. Esa es la pregunta pertinente para analizar los incendios de este mes.

Úbeda y Francos dan una respuesta amplia y muy interesante: “Seguramente las causas de este tipo de incendios devastadores empezaron muchos años atrás. En países desarrollados: con el cambio de uso del suelo, el abandono rural, el aumento de masa forestal y su consecuente estrés hídrico, el cambio de especies, las redes eléctricas o la masificación del bosque por parte de población muchas veces desconocedora del monte. Y a esto debemos sumar momentos críticos de sequía y olas de calor, más o menos directamente relacionadas con un cambio climático.”

Es muy fácil identificar y encajar lo que ha pasado en la Sierra de la Culebra con lo que relatan los profesores, que además tienen el valor de ofrecer propuestas para afrontar los grandes incendios forestales. “Posiblemente, la mejor de las soluciones es la prevención, pero ya no la erradicación del fenómeno fuego, que ya sabemos que no es posible: incendios siempre habrá, tenemos que convivir con ellos; pero sí que podemos prevenir que estos no sean Grandes Incendios Forestales, que su poder de devastación no sea tan importante. Eso se consigue con investigación, gestión, ordenación territorial, planificación rural y urbana.”

Por tanto, se conoce casi todo de los grandes incendios, y se sabe que prevención es la palabra clave. De hecho, se dice que los incendios se apagan en invierno, expresión que quiere señalar que para cuando llega el calor y el mayor riesgo de tormentas, como la que hizo caer los rayos en Sierra Culebra, se tiene que haber preparado el monte para que no sea un polvorín. Ese mantenimiento requiere una “ordenación territorial y una planificación rural”, tareas que corresponden a las comunidades autónomas y al Gobierno central. Por tanto, hace falta voluntad política.

Los incendios de este mes han levantado a los habitantes de los pueblos de Zamora contra su gobierno regional, algo que no ha pasado en Navarra, Aragón, Cataluña o Andalucía. Es cierto que los incendios de estas regiones han sido más pequeños, pero la protesta de los zamoranos no es casual.

Castilla y León es una de las comunidades más afectadas por la despoblación, y sigue sin normativa propia para afrontar su mayor problema. Es culpa de su presidente, Alfonso Fernández Mañueco (PP), y de su anterior vicepresidente, Francisco Igea (Ciudadanos), sobre el que recaía esta competencia, y que encargó, en julio del año pasado, a las cuatro universidades públicas de la región la elaboración de la estrategia frente al reto demográfico en esta comunidad. Poco después, Mañueco convocó elecciones, hoy Igea está fuera y no se conoce propuesta alguna.

La Junta de Castilla y León cuenta con una enorme Red de Espacios Naturales, pero en situación claramente mejorable. Cuando se publica en el boletín oficial la concesión de la vitola de espacio protegido, la Junta asume unos compromisos de conservación del medio natural y de fomento de la actividad socioeconómica que luego quedan en nada. El Parque Natural Lagunas Glaciares de Neila (Burgos), es un ejemplo, donde el viejo Instituto de Conservación de la Naturaleza invirtió y generó más empleo que el parque creado en 2007.

Este parque está en la Comarca de Pinares de Burgos-Soria, un territorio cuatro veces mayor que el que se ha quemado en Zamora y que corre enormes riesgos. Esta comarca ha estado históricamente protegida por el valor de su madera. Desde el siglo XIII, con Fernando III El Santo, esta zona ha contado con privilegios por el valor estratégico de estos pinares, con los que se construía la Real Armada, por ejemplo.

Hoy quizás el mayor valor sea paisajístico y medioambiental, que es compatible con una explotación controlada de la madera y el mantenimiento del ganado. Pero la Junta tiene que crear brigadas permanentes que limpian y protegen el monte. La propia explotación del pinar las puede financiar, y de paso se sostiene población e infraestructura pública. Lo que no vale es crear parques salvajes, donde el humano es la especie protegida. Si no hay personas, el bosque arde con la primera chispa.

Aurelio Medel es doctor en Ciencias de la Información y profesor de la Universidad Complutense