Alta inflación y recesión para ganar a Rusia

Unos ponen parches al aumento de los precios y otros disparan cañonazos a la crisis y, mientras tanto, Moscú sigue haciendo caja

Ahora que la inflación ha vuelto al escenario económico y se ha convertido en el protagonista peligroso de la obra, los tipos de interés regresan con el papel de antagonista. Durante más de diez años el precio del dinero estuvo en el 0%, y en 2014 el BCE los situó en negativo. Los acontecimientos de entonces propiciaron aquella decisión, pero enviaron una señal confusa: el dinero era gratis y, por lo tanto, su precio no era importante a efectos de estimaciones de costes de los productos y servicios de las empresas y particulares. Quienes no se dejaron confundir entonces, en un escenario plagado de actores corales y mientras la inflación descansaba en el patio de butacas, se verán beneficiados por la subida de precios hoy; pero los que malinterpretaron el libreto lo pasarán peor.

Es oportuno recordar que un precio es simplemente la ratio al que dos bienes han sido intercambiados en una determinada transacción. Esto aplica a los bienes, a los servicios y también al dinero. Cuando sube el precio de un bien, se benefician quienes lo poseen y los que tienen los medios para producirlo, ya sea en forma de trabajo o de activos; sin embargo, los que no lo poseen y pensaban comprarlo y aquellos que son propietarios de los medios de producción para su elaboración, se ven perjudicados. Como dice el profesor Fernando Herrera- González: “Los precios constituyen un indicador sintético de la escasez de un bien con relación a sus posibles usos, y los reguladores no deberían preocuparse de si suben o bajan: en ambos casos hay ganadores y perdedores y no se puede establecer el balance para la sociedad”. La subida de precios transmite a las empresas la señal de que deberían dedicar más recursos a la producción del bien en cuestión, puesto que es lo que la sociedad demanda; la caída será un indicador de que este bien está perdiendo valor para la sociedad.

La demagogia política lleva a pensar que intervenir para frenar la subida de los precios favorece a los consumidores, pero se olvida de que ese mismo consumidor puede ser un trabajador de las empresas cuyos precios se intervienen o un proveedor, o puede tener acciones de la empresa o poseer un plan de pensiones que las tenga.

La inflación actual señala los serios desequilibrios acumulados que requieren algo más que window dressing (perdón por el anglicismo), es decir, un buen escaparatista, con todo el respeto para estos profesionales. Exige recursos para producir bienes que la sociedad demanda ahora, porque esto es lo que está pasando: por una parte, Estados Unidos ha sobrecalentado tanto su economía que se puede permitir provocar una recesión subiendo los tipos de interés; y Europa tiene que ir a otro ritmo para que el PIB siga creciendo y beneficiarse de la inflación, siempre positiva para quienes tienen deudas y favorable para la recaudación fiscal, pero perjudicial para los ahorradores. Dado que los Estados tienen unos niveles muy altos de deuda sobre el PIB, la situación inflacionista alivia las finanzas públicas.

Por otra parte, Ucrania es un suministrador de cereales clave y en 2022 solo ha sembrado el 35% de sus campos, según cifras oficiales. La cosecha, por lo tanto, será muy pequeña y los problemas para atender la demanda, muy relevantes. Somalia y Benín dependen en un 100% del trigo proveniente de Ucrania y Rusia. Laos, Egipto, Sudán, RD del Congo, Senegal y Tanzania, entre un 80% y un 60%. Y Líbano, Egipto, Túnez, Jordania y Marruecos tienen como principales suministradores de trigo o maíz a estos dos países. En el caso de España, el 30% del maíz que compramos viene de Ucrania, así como el 60% del aceite de girasol, el 17% del trigo, el 31% de las tortas de aceites vegetales y el 15,4% de leguminosas en grano. Hace un año la tonelada de este cereal costaba 200 euros y ahora supera los 400 euros. Esto implica que en España los costes de alimentación, agricultura y ganadería seguirán elevados en 2023 tras subir más de un 40% en los primeros cuatro meses de 2022.

Por último, la Unión Europea ha alcanzado un acuerdo para prohibir la exportación de petróleo ruso a sus miembros. Esto afecta de inmediato a más de dos tercios de las importaciones de petróleo de Rusia y alcanzará un 90% en diciembre. La UE importó 2,2 millones de barriles al día de petróleo de Rusia en 2021. Aunque parte de ese crudo se desvíe a Asia, es muy difícil que Rusia pueda vender toda la producción fuera del país y por tanto esta caerá un 17% en 2022, según Reuters. El embargo de la UE endurecerá los mercados petroleros mundiales elevando los precios y aumentando los flujos de ingresos a Rusia durante varios meses de este y el próximo año (el embargo afectará al crudo a los seis meses y a los derivados del petróleo a los ocho meses).

Además, los tradicionales productores de petróleo agrupados en torno a la OPEP ya están produciendo por debajo de sus cuotas oficiales debido a problemas logísticos relacionados con años de inversión insuficiente. La OPEP ha elevado su objetivo de producción general para julio de este año a 43,2 millones barriles por día (desde los 42,5 millones); pero para alcanzar el objetivo se supone que países como Argelia, Angola, Congo, Nigeria, Azerbaiyán y algunos otros deberán producir por encima de su capacidad sostenible, producción que puede activarse en 90 días. Esto es, se espera que bombeen 900.000 barriles por día más de lo que permiten sus campos. En caso contrario y restando la producción rusa afectada por las sanciones, es probable que el mercado tenga 3,5 millones menos de barriles diarios en julio en comparación con lo que prometió la OPEP.

El estratega americano Edward Luttwak decía: “La forma de medir el progreso de una guerra es político y no es cuantificable: es el impacto en la disposición del enemigo a continuar peleando”. Rusia no parece dispuesta a ceder, sino a ejercer esa máxima de la estrategia que “consiste en hacer la cosa menos eficiente para sacar la delantera al enemigo confundiéndolo”. Y así ocurre, unos ponen parches a la inflación y otros cañonazos a la recesión y, mientras tanto, Rusia hace caja.

La inflación y la recesión son las armas para ganar a Rusia, aunque no se diga.

Carlos Balado es Profesor de OBS Business School y director de Eurocofín