Sector primario

Una vida agrícola que no es capaz de seducir a los jóvenes: por qué ocurre

Desde el bolsillo hasta el modo de vida, para algunos jóvenes la posibilidad de ganarse su sustento dedicándose al sector primario no genera interés, sin embargo, otros sí se lo han planteado, pero pocos son los que dan el paso. El estar familiarizado con ello y percibir que se tiene la oportunidad de desarrollarse, factores clave para atraer a los jóvenes

Edad agricultores en el mundo Pulsar sobre el gráfico para ampliar

Si cada vez es más raro ver a un agricultor, más lo es el hecho de que además sea joven. El campo tiene un problema a nivel global con el relevo generacional y las cifras así lo demuestran. En 1991, según el Banco Mundial, el 43,7% de los humanos trabajaba en el sector primario. En 2019, el porcentaje había caído hasta el 26,7%, un porcentaje aún relativamente elevado gracias a los países en desarrollo, ya que ese mismo año, en los países de renta alta, solo alrededor del 3% de la población se dedicaba a este tipo de actividad. Pero además del descenso de profesionales, los que quedan son más mayores al no llegar nuevos trabajadores jóvenes, lo que a su vez implica una serie de consecuencias que se dejan notar en las características de las explotaciones agrarias (ver gráfico, el tamaño de las explotaciones va más hacia los extremos, ya sea por reparticiones tras herencias o por la previsible concentración de terrenos al irse reduciendo el número de personas dedicadas al sector).

Eva Marín, presidenta de Asaja Joven y agricultora, recopila los motivos que hace que los jóvenes opten por otras salidas. “Es la baja rentabilidad lo que les echa para atrás sobre todo. Nosotros, como en cualquier otro tipo de negocio, hacemos inversiones a medio y a largo plazo y con las crisis que estamos atravesando de coste de insumos, al final la gente joven no quiere arriesgarse”, describe. También en la parte económica, Marín menciona la dificultad para acceder a la propiedad de la tierra, que no siempre está disponible la que se desea o se tienen los recursos para pagarla.

Más allá de lo económico, la experta habla de la dureza del trabajo, de la falta de reconocimiento a nivel social y la necesidad de que guste un estilo de vida muy concreto. “Sobre todo, los que trabajamos en el campo vivimos también muy cerca o en la propia finca, por lo que se asumen una serie de condiciones para vivir que a veces no son las más idóneas”, afirma.

Pero estos son los motivos que hacen que no se opte por ser trabajador agrario. En el lado contrario, Marín observa que la mayoría de jóvenes que siguen llegando al sector (pocos, pero aún llegan), lo hacen por seguir con la tradición familiar y evitar que las tierras se echen a perder o se vendan.

Adrián Navalón, psicólogo y economista, considera que, a priori, el querer convertirse en agricultor debería de resultar atractivo. “Ser agricultor y trabajar en la naturaleza en un contexto menos estresante reúne en principio todos los componentes para un elevado bienestar psicológico. Lo que pasa es que luego la realidad es otra. La realidad choca con una dependencia económica externa. El sector primario no tiene por lo general control sobre el precio del producto, ya que la producción agrícola no se comercializa por los propios agricultores, sino que hay una intermediación. El no tener cierto control sobre el precio del producto te genera una incertidumbre económica importante”, reflexiona.

Navalón opina que hay muchas causas que influyen en el proceso de decidir si uno ha de hacerse agricultor o no. “Sobre todo, más que aspectos psicológicos individuales tiene que ver con aspectos socioeconómicos y educativos. Generalmente, los agricultores, no digo yo que no haya excepciones, suelen ser hijos de agricultores. Es decir, es un oficio que se transmite de generación en generación”, dice Navalón, coincidiendo de esta forma con la percepción de Marín. “Cuando se toman este tipo de decisiones suelen ser decisiones tempranas muy influenciadas por el contexto familiar, económico y social. Esta es una decisión larga y que va madurando y que cualquier suceso vital que nos pueda ocurrir puede tener una trascendencia importante para la decisión. Incluso el hecho de buscar y no encontrar pareja puede ser definitorio para que se opte por no quedarse en el ámbito rural. Tener hijos y no estar seguro de la oferta educativa disponible también puede provocar irse. Es importante este hecho. Ser agricultor se transmite de generación en generación y no todos los padres quieren que sus hijos sean agricultores precisamente por su experiencia, ya que requiere un esfuerzo que otros trabajos no precisan en la misma medida”, prosigue.

Qué dicen los jóvenes

De un pequeño grupo de nueve consultados directamente, ocho de ellos en una universidad madrileña y el otro restante vía telefónica, siete no se han planteado el campo como una forma de vida. Dos de ellos lo han hecho en algún momento.

De entre las siete personas que no se ven trabajando en el área rural, tres han participado en alguna tarea relacionada con el sector primario gracias a que sus familiares forman parte de él. En uno de estos tres casos, el entrevistado prefería otras opciones laborales que le gustaran más. En otro, aunque confesó sentir el deseo de dejar la ciudad en pos de una vida más tranquila en un ambiente rural, no ve viable económicamente dedicarse al campo y lo considera muy sacrificado. En el tercero, tras probar labores de agricultura y ganadería, también lo ve demasiado sacrificado, piensa que se gana poco dinero y se siente cómoda con la vida en la ciudad.

De las cuatro personas restantes que dijeron no habérselo planteado, dos mencionaron que podría ser una opción en caso de no tener nada más o de estar muy bien remunerado. Solo dos se opusieron por completo a la idea ya que les gusta mucho más el estilo de vida de la ciudad y no se ven en un área rural por un periodo prolongado de tiempo.

Los que dijeron que sí se lo han planteado en algún momento, tienen motivaciones distintas. “Si lo llegase a hacer sería porque he montado una empresa mía, con muchos campos de diferentes cultivos. Yo más que nada lo he pensado porque soy de Rumanía, y mis padres en Rumanía tienen muchos campos. Entonces sería montar una empresa más grande con todos los terrenos que tienen allí e ir desarrollándola, pero se trata de una opción para un largo plazo. Lo he probado y no me disgustó el trabajo en el campo, creo que si pones un alojamiento en la ciudad y facilitas el desplazamiento de la gente a lo que es el campo, muchos no dirían que no a trabajar allí”, asevera la entrevistada favorable a trabajar en el sector primario.

El último entrevistado, también favorable a trabajar en el campo, es mecánico de autobuses en Madrid y su familia tiene olivares que explotan ellos y otros terrenos que arrendan en Castilla-La Mancha. “Alguna vez me he planteado ganarme la vida en el campo. Sí que lo he llegado a pensar y el motivo sería el de salir de la selva de cemento que significa la ciudad. Las aglomeraciones de gente, las zonas urbanitas y todo lo que acarrea de estrés, de tráfico, de horarios. Al final esto te genera infelicidad en el día a día, eres una hormiga más, tienes que estar pendiente de un reloj. La alimentación tampoco es todo lo adecuada que debería ser. En definitiva, lo he pensado por buscar una vida más tranquila, más como ha sido siempre”, dice al respecto.

No obstante, duda de que ese deseo se haga realidad. “Tras haber tenido experiencias en el olivar, no me entran ganas de ganarme la vida con ello porque lo mío es un minifundio en el que empleamos técnicas de trabajo casi de la época romana y el trabajo es muy monótono. Para irme al campo, el punto uno es tener unos ingresos decentes. El punto dos sería diversificar, no centrarme solo en un tipo de cultivo. El tercero, modernizar nuestros métodos de trabajo”, concluye.

Cómo revertirlo

Marín opina que para que el campo sea más atractivo, una de las cosas que se tienen que hacer es seguir avanzando en la perspectiva fiscal. “Pagar menos IBI, facilitar que los jóvenes paguen menos impuestos que tengan que ver con esta actividad”, especifica. “Sobre todo, también falta darle un valor a este oficio que todavía no tiene. Durante muchos años dedicarse al campo ha tenido una connotación negativa y, sin embargo, es un oficio muy bonito. Aunque nos quejemos mucho y pensemos en dejarlo casi a diario, al final, seguimos trabajando, pero si no se consigue el relevo generacional suficiente, la profesión tenderá a desaparecer. Suena inverosímil, pero puede llegar el día en el que comamos todo importado. Se ven muchas tierras abandonadas y esto sucede porque casi nadie quiere seguir con la profesión”, advierte.

Por su parte, Navalón reivindica lo que tiene que aportar la psicología económica a esta cuestión. “No solamente se trata de incidir en dar subvenciones a la agricultura. Para hacer atractivo que una persona joven se mantenga en el pueblo, además de tener la propiedad de la tierra, que sería una condición necesaria, no basta con eso. Para que sea suficiente tiene que tener un entorno favorable que tiene que ver con la familia, con el ocio, con la sanidad, con la educación, y se necesita un cierto protagonismo, que la identidad de ser agricultor no te haga sentir ni mucho menos inferior a ningún otro colectivo, sino todo lo contrario. El agricultor hace un esfuerzo con el que se beneficia económicamente, pero además, favorece que el resto de la sociedad acceda a sus necesidades básicas”, recuerda.

Atendiendo a los comentarios de los jóvenes consultados, echan en falta cosas y detectan elementos que les echan para atrás a la hora de elegir el sector primario. El motivo más repetido es la baja rentabilidad de trabajar en él. En el lado de obstáculos relativamente salvables, mencionan el esfuerzo físico (que puede ser aliviado en ciertas circunstancias con una mayor mecanización), factores externos catastróficos como lluvias torrenciales (subsanable con seguros) o la falta de formación específica. En el lado más difícil de solventar, el que a alguien no le guste vivir en el campo o que, simplemente, ya haya elegido otro oficio preferido.

Los oficios del sector primario siempre tendrán a su favor el presentarse como una alternativa a una estresante vida urbana, zonas estas últimas en las que además, todo resulta más caro, incluido la vivienda. No obstante, por muy atractiva que pueda ser la idea de vivir más cerca de la naturaleza, o de tener la posibilidad de vivir mejor con menos, si estos trabajos no se presentan como una alternativa real para ser una fuente de ingresos suficiente, los oficios del sector primario irán quedando cada vez más desiertos. Que el campo resulte atractivo o no para los jóvenes depende de muchos factores, pero el principal para no serlo, a juzgar por los comentarios de los propios jóvenes, es esa percepción de falta de rentabilidad.

"Estamos acostumbrados a esta vida y nos gusta, pero hay una serie de limitaciones que en Madrid no tienes, ya que allí bajas a la calle en cualquier momento y tienes todo a tu alcance. Creo que lo que más pesa es la parte económica, porque al final, el trabajo es lo que hace que tu vivas en ese sitio", sostiene Marín.

Subsidios inteligentes

Los subsidios juegan un papel muy importante a la hora de sostener al sector primario. Según datos recogidos por el Instituto de Recursos Mundiales (WRI por sus siglas en inglés), cada año, los Gobiernos mundiales destinan un total de 700.000 millones de dólares a esta partida. “Aunque bien intencionados, estos subsidios a veces van en contra de su objetivo principal: aumentar el rendimiento de los cultivos y los ingresos de los agricultores y desarrollar las economías rurales”, indica el WRI en un estudio.

Por ello, la organización sugiere que se implementen subsidios más inteligentes. Bajo su punto de vista, En esta definición entrarían subsidios que no den dinero para fertilizantes y plaguicidas de bajo rendimiento, que creen incentivos para restaurar tierras y que prioricen sobre todo a los pequeños agricultores.

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