Cuidado con el futuro: mal momento para predicciones económicas

Vale la pena considerar la posibilidad de que nos hallemos frente a un punto de inflexión en la economía y las implicaciones que ello generaría

Estamos en un momento de turbulencia e incertidumbre que hace temblar a todos los modelos que típicamente buscan en el pasado las pistas para predecir el futuro. Confiar en predicciones para tomar decisiones en una situación como esta puede resultar más peligroso que los mismos riesgos que nos rodean; hay que sustituir la cómoda mentalidad predictiva continuista con una más incómoda, exploratoria y escéptica. Una manifestación de esta mentalidad es el uso de escenarios sobre posibles futuros, cuyo valor como trasfondo de la toma de decisiones estratégicas está en otear oportunidades, tanto o más que en prever riesgos.

Cuando el pasado no es una guía fiable, hay que compadecer a las instituciones internacionales y grandes bancos o gestores de activos, que inevitablemente tienen que mojarse públicamente sobre la prospectiva económica (nacional o mundial, según cuadre). Una de las fuentes más citadas de prospectiva económica es el Fondo Monetario Internacional (FMI). Esta institución tiene una rutina de predicciones, así que cada otoño y primavera publican su visión de la economía—a nivel mundial y de los distintos países (con una puesta al día centrada en las economías más grandes en invierno y verano) —. La invasión de Ucrania no entraba en sus cálculos cuando en enero proyectaron que la economía mundial crecería un 4,4% en el 2022 y en las nuevas proyecciones que hicieron en abril estimaron el impacto en casi un punto porcentual de menor crecimiento. Pero, calma, para el 2023 prevén que la situación (incluyendo crecimiento, comercio internacional e inflación) será más o menos la misma que estimaban en enero del 2022.

Igualmente sucede con asesores y gestores bursátiles que han de guiar a sus clientes sobre lo que se avecina. Su recurso habitual consiste en la búsqueda de paralelos en el pasado y ese énfasis los lleva también a sugerir calma, avisando que, aunque haya indicios de gran volatilidad, capear esos temporales sin alterar mucho las carteras de inversión se suele ver recompensado con la vuelta a la normalidad rentista. En medio de las tremendas bajadas de las bolsas mundiales estas semanas nos recuerdan que sentimientos inversores muy negativos históricamente han dado paso a fuertes subidas de valores. Y la recuperación de los mercados tras el batacazo pandémico del primer trimestre del 2020 alimenta esa confianza.

Ambos tipos de análisis reflejan un sesgo importante hacia expectativas de continuidad: las crisis son desviaciones temporales de una supuesta tendencia poderosa que lleva de vuelta a la normalidad que conocemos. Todos deseamos, por supuesto, que ese sea el caso ahora (y siempre)… ¡pero mezclar deseos continuistas y predicciones es muy peligroso!

Llevamos un siglo XXI muy agitado: la crisis del 2008-2009 dejó claro el potencial de contagio financiero que tiene la economía mundial; la pandemia del 2020 (… y sigue) ha desvelado grandes vulnerabilidades sanitarias y económicas frente a un virus contagioso dando lugar a distanciamientos antes impensables; y la invasión de Ucrania está teniendo repercusiones inmediatas en los precios de la energía y de alimentos, a la par que, de manera más indirecta, en otros muchos mercados.

Los efectos acumulados de estas tres fuentes de turbulencia pueden resultar ser mucho más que su simple suma. Especialmente, en un contexto donde los procesos de digitalización y otros avances tecnológicos han creado un terreno fértil para el cambio (innovación, disrupción o ambas cosas). Es muy posible que todo ello resulte en restructuraciones fundamentales del comportamiento de los agentes económicos (incluyendo sus facetas de consumidor, trabajador, inversor y empresario o las de ciudadanía e institucionales)… y que, al desbaratar la relevancia de los precedentes históricos, trastoquen seriamente las premisas de los modelos predictivos al uso.

Una posible interpretación de lo que está pasando es que todo el andamiaje (comercio y cadenas de suministro globales, baja inflación e intereses, libres movimientos de capital, etc.), que ha mantenido la economía mundial en alza durante décadas, se está desmoronando. Vale mucho la pena considerar qué supondría que nos encontráramos frente a un punto (o varios puntos) de inflexión, no a secuencias normales de altibajos y las implicaciones de la reestructuración profunda que se produciría. Las perturbaciones pueden ser específicas (como en el caso de los precios de la energía y de alimentos) o más amplias (bajo crecimiento, tipos de interés altos, grandes ajustes de las tasas de cambio entre las monedas principales…). También pueden ser muy inestables, de forma que no es cuestión de predecir sus nuevos niveles, sino de entender las dinámicas en transformación y estar alerta a las oportunidades y riesgos que conllevan.

Y combinaciones inusuales o inesperadas de factores pueden dar lugar a los cambios más formidables. Por ejemplo, tres décadas de tipos de interés a la baja, seguidas de una década de tipos alrededor de cero, pueden pesar mucho en la interpretación de una inflación alta y tipos de interés a la zaga y persistentemente negativos. En paralelo, si el desempleo no crece las relaciones esperadas entre variables se habrán trastocado. Prepararse para operar entre resultados inesperados (para los modelos matemáticos o mentales) y, por supuesto, improbables, requiere despegarse de sesgos continuistas y adentrarse en terrenos especulativos y ficticios con el uso de escenarios

Enrique Rueda es Investigador sénior de EsadeGeo, Centro de Economía Global y Geopolítica de Esade