La inflación ya es un temporal

Todo apunta a que la situación va a empeorar, bien porque Alemania corte el gas ruso y el crecimiento europeo se resienta o porque la guerra se alargue

La inflación se vive de forma diferente en la escala social: unos la perciben como una fuente constante de ansiedad y otros como un motivo de preocupación, pero de escasa gravedad. En el primer grupo se encuentran las personas que en la tienda de comestibles suman el precio de los artículos a medida que llenan su cesta para así evitarse la sorpresa de no tener suficiente dinero para pagar; y también quienes llenan el depósito de combustible siempre con una cantidad fija de dinero independientemente de los litros que suponga. En el segundo grupo están aquellos que llenan el carrito de la compra sin preocuparse de cuánto suma lo elegido o quienes llenan sus depósitos sea cual sea su precio. Los hogares con menores ingresos, en las economías emergentes y en desarrollo, gastan aproximadamente el 50% de sus ingresos en alimentos. En los que tienen mayores ingresos esta cantidad es solo del 20%.

Los presidentes de los gobiernos saben que la inflación, ya sea temporal o estructural, es perjudicial para la política, como ha recordado a raíz de una encuesta la Brookings Institution de Estados Unidos sobre Jimmy Carter, que dejó el gobierno con una inflación de 13,5% anual. En dicha encuesta, el 54% de los estadounidenses consideraba el ritmo de aumento de los precios como la mejor medida para saber cómo está la economía; y solo el 19% consideraba la tasa de desempleo como la medida de referencia.

Aunque el aumento de la inflación es anterior a la invasión de Ucrania y tenía un componente coyuntural de consecuencias peligrosas para la economía mundial, el escenario tras la invasión arroja señales de permanencia. La clave reside en Alemania y en la determinación de Europa de mantener el pulso a Putin quien, salvo un golpe de Estado desde sus allegados, puede alargar la guerra hasta que Rusia colapse, y ni lo uno ni lo otro será inmediato.

Rusia recibe a diario en torno a los 1.000 millones de dólares, 700 millones por petróleo y 400 millones por gas, una situación igual a la anterior a la invasión, pero con precios en niveles muy altos. Por tanto, tiene ingresos asegurados.

Por su parte, el crecimiento de Alemania se ralentizará drásticamente en 2022 como consecuencia de la guerra, hasta el 2,7%, pero se podría quedar en el 1,9% si las autoridades alemanas deciden suspender las importaciones de gas ruso, lo que haría entrar al país en recesión en 2023. Según afirman los cinco institutos económicos alemanes, DIW de Berlín, Ifo de Múnich, IfW de Kiel, IWH de Halle y RWI de Essen en sus previsiones de primavera, la inflación en el país será del 6,1%, la mayor en 40 años, pero con la suspensión de las entregas de gas ruso podría dispararse hasta el 7,3%, un valor jamás alcanzado por la República Federal.

La Academia Nacional de Ciencias Alemana afirma que un embargo implicaría costes, aunque el país tendría capacidad para asumirlos: a corto plazo el PIB alemán caería entre un 0,5% y un 3% (hay que recordar que en 2020 cayó un 4,5% a causa de la pandemia) y supondría un impacto de entre 80 y 120 euros anuales por cada ciudadano siempre que el gas ruso se pueda sustituir por el de otras procedencias; en caso contrario esa cantidad se elevaría hasta los 1.000 euros.

Existen además dificultades desde una perspectiva técnica, ya que la Red Europea de Operadores de Sistemas de Transporte de Gas (Entsog) no tiene en cuenta en su modelo anual de seguridad de suministro qué pasaría en caso de una parada completa en la compra de gas ruso. Por tanto, sería necesario revisar regulaciones, procedimientos y operaciones habituales, es decir tomar decisiones difíciles con información incompleta. Como decía Bill Clinton: “Cuando hay un problema, la gente no necesariamente espera que lo resuelvas de la noche a la mañana, pero tienen que atraparte intentándolo”.

Esta es una guerra que tendrá consecuencias estratégicas, políticas y humanitarias de gran alcance y los mensajes políticos, como los que se refieren a la inflación, han de tener menos dosis de gratificación instantánea, como ocurre con los difundidos en las redes sociales, en las que los mensajes son elaborados para captar la breve atención de los electores, y más estructurados al modo de Churchill, instando a la perseverancia y sin prometer una victoria rápida.

Decía el filósofo austriaco Karl Popper que “solo es posible derivar profecías a largo plazo de predicciones científicas condicionales si se aplican a sistemas que pueden ser descritos como aislados, estacionarios y recurrentes. Estos sistemas son muy raros en la naturaleza, y la sociedad moderna, sin duda, no es uno de ellos”. A pesar de la recomendación y con mucho atrevimiento, se puede decir que es un hecho conocido que la situación económica va a empeorar, bien porque Alemania corte la importación del suministro de gas y vea su crecimiento amenazado y por extensión también el de la UE, o porque mantenga la importación, Rusia vea asegurados sus ingresos diarios, se alargue esta situación de altos costes y se dispare la inflación más aún y sin armas eficaces para reducirla.

Carlos Balado es Profesor de OBS Business School y director de Eurocofín