La necesidad y los riesgos de endurecer la política monetaria

La decisión de la Fed de subir los tipos de interés en medio punto, en lo que supone el alza más intensa desde el año 2000, época en la que Alan Greenspan presidía el organismo, reafirma de forma contundente el cambio de ciclo de la política monetaria estadounidense con el claro objetivo de hacer frente a la inflación. El anuncio de la Fed coincidió ayer con el de Islandia –cuyo banco central anunció una subida de 100 puntos básicos– y de la India, que los incrementó 40, a la espera de un alza en el de Brasil. También en Europa se han sucedido subidas de tipos en los últimos tiempos, es el caso de Noruega, Inglaterra o Suecia, así como de Polonia, Hungría, Rumanía y la República Checa, al igual que en un buen número de economías emergentes, mientras el BCE se prepara para hacer lo mismo, probablemente en el mes de julio o en todo caso antes de fin de año.

La firmeza del cambio de tercio de la Fed desde que inició las subidas del precio del dinero el pasado mes de marzo resulta especialmente contundente tras el mal dato de actividad que ha registrado la economía estadounidense en el primer trimestre del año, con una caída del PIB del 1,4%, lo que da la medida de hasta qué punto el control de la inflación se ha convertido en una prioridad para la Reserva Federal. La ola de alzas de tipos, que comienza a extenderse sobre buena parte de los bancos centrales en todo el mundo, contrasta con la lentitud de un BCE que tardó en reconocer que la inflación era más que un problema pasajero y que está ahora tomándose con calma la decisión de adoptar la medicina.

Es cierto que Fráncfort debe proceder con una cautela propia de cirujano con su política monetaria ante el riesgo de que la subida de tipos produzca una fragmentación financiera en la zona euro que resucite la Europa dividida entre unos países aplicados y más solventes y otros endeudados y más vulnerables. Desde el BCE se ha reconocido que la evolución de las primas de riesgo de las economías más frágiles puede llegar a convertirse en una línea roja que desaconseje el endurecimiento de la política monetaria, pero la evolución de los precios, agravada por la crisis energética y el conflicto en torno a Ucrania, hace necesario actuar en una economía europea cuya recuperación puede frenarse en seco por la inflación. No en vano, buena parte del problema y de la solución de la fragmentación financiera está en manos de los propios Estados miembros, que deben adoptar una política fiscal capaz de enviar a los mercados el mensaje de que la sostenibilidad de las cuentas públicas sigue siendo fundamental.