Dúchense con agua fría, que queremos seguir gastando su dinero

La dependencia energética del exterior y la impresión masiva de dinero del BCE han debilitado el euro y la economía del continente en general

Estos últimos días asistimos con sorpresa a las declaraciones del alto representante de la Comisión Europea, Josep Borrell, en las que nos instaba a los ciudadanos europeos a despertar de nuestro sueño de bienestar y a cortar el gas en nuestra casa. Casi al mismo tiempo, vimos cómo el presidente del Gobierno acudía al Congreso y defendía que la culpa de la subida de los precios que está viviendo la economía española se debe enteramente a la invasión rusa de Ucrania.

Los niveles de inflación que estamos viviendo y que peligrosamente miran ya hacia los dos dígitos (7,6% en febrero) está siendo apuntillada por la invasión rusa de Ucrania sin ninguna duda, pero, por supuesto, no es cierta la afirmación del presidente de que el origen de la subida de precios se encuentre en esta invasión.

Hay dos razones fundamentales que están en el origen de las elevadas tasas de inflación actuales: la alta dependencia energética de nuestras economías respecto al exterior, y la impresión de moneda masiva que ha realizado el Banco Central Europeo (BCE) en los últimos años y que ha debilitado nuestra moneda.

Respecto a la primera razón, la alta dependencia energética del exterior y la falta de soberanía energética, es a todas luces consecuencia de una política energética desacertada basada en un ecologismo mal entendido. La definición de ecológico venía dictaminada por determinados grupos de presión y hasta hoy energías como la nuclear no se consideraban ecológicas (desde hace unas semanas sí lo es, con su inclusión en la taxonomía verde por parte de la Comisión Europea). Esta falta de visión de futuro aderezada con una tendencia al pensamiento único nos ha llevado a depender energéticamente de países terceros, que no siempre resultan tan amigables como desearíamos.

La segunda razón es quizá la más importante, aunque también la más olvidada. El BCE lleva los últimos años imprimiendo moneda prácticamente sin control: su balance se ha duplicado en los dos últimos años. Si echamos la vista un poco más atrás, se ha cuadriplicado en los últimos siete años (por lo que tampoco podemos echarle toda la culpa al coronavirus). Esta impresión de moneda ya no se realiza en forma de impresión de billetes, sino mediante la creación digital de dinero y su introducción en el mercado mediante la compra de deuda pública, esto es, facilitando a los Gobiernos endeudarse. Y claro, los Gobiernos se endeudan.

España arrastra déficits crónicos (gasta más de lo que ingresa recurrentemente) desde el inicio de la democracia (con la salvedad de tres únicos años ¡de 46!) y esto es posible pagarlo a través de un mayor endeudamiento. No es problema, el BCE es un comprador voraz y mediante su compra de deuda mantiene los tipos de interés que pagan los Gobiernos en tasas reducidas, por lo que a estos les sale muy rentable endeudarse.

Pero aquí sí viene un problema, la combinación de déficits con tipos de interés bajos nos lleva inevitablemente a una moneda débil y una moneda débil encarece las importaciones, ¿adivinan de qué? Sí, efectivamente, de muchos productos, pero sobre todo de gas y petróleo. Y aquí viene el segundo problema: existen países en la UE, como España o Italia, totalmente enganchados a esta deuda barata, lo que provoca que el BCE no pueda dejar de comprar deuda o subir tipos, ya que haría insostenible el pago de la deuda de estas economías.

Es por esa razón que el BCE duda tanto de cortar su compra de deuda: sabe que hay economías que lo pasarán mal y no quiere provocar otra crisis de deuda soberana, pero claro, esa indecisión provoca la existencia de un euro débil, y de unas importaciones caras. En mitad de esa indecisión, España sigue gastando lo que no tiene y alcanzando récords en las cifras de déficit y de deuda pública.

Esta situación, sin embargo, empieza a revertirse a pesar del riesgo existente. Christine Lagarde, gobernadora del BCE, anunció el pasado jueves el inicio del tan temido tapering (la reducción paulatina de compra de deuda), dejando abierta la puerta a una subida de tipos de interés incluso este año. Son medidas de último recurso: han aguantado todo lo que han podido, pero la institución europea no puede, ni debe, seguir tolerando tasas de inflación como las actuales. Esto, claro, tiene un riesgo. Desde el pasado jueves, en escasos cinco días, el tipo de interés del bono español a 10 años ha escalado del 1,13 % al 1,33 % (a cierre de este artículo, aunque sigue subiendo): esto es, 20 puntos básicos que van a notar, y mucho, las arcas públicas españolas.

Por poner negro sobre blanco en algunas cifras, si los tipos repuntasen un 1% y digamos que España se sigue endeudando al mismo ritmo que el año pasado (unos 75.000 millones de euros netos), podemos inferir un gasto adicional de 750 millones de euros este año. En términos per cápita no sería demasiado, 16 euros por español… solo por la subida del 1%, que se sumarían a los 30.000 que ya debemos cada uno de nosotros y de los que muchas veces no tomamos conciencia.

Está claro que el BCE tiene que actuar. Recordemos que la inflación es el impuesto más implacable y la responsabilidad del BCE (artículo 127, Tratado de la UE) es mantener la estabilidad de precios y el poder adquisitivo del euro, hecho que viene incumpliendo sistemáticamente los últimos años.

La pelota está ahora en el tejado de los Gobiernos nacionales, el BCE por fin actúa, y ellos deben ajustar sus presupuestos y sanear sus cuentas. Se habla mucho estos días de si la inflación es culpa del Gobierno o no, de si es solo culpa de la guerra en Ucrania o no, pero esa discusión solo provoca que nos desviemos del origen real del problema: unos políticos que no han sabido prever la necesidad de una soberanía energética “en un mundo lleno de matones” (cita de L. V. Mises) y que siguen gastando lo que no tienen, provocando una debilidad crónica del euro.

Por ello, cuando el otro día oí al señor Borrell decir que cerrásemos el gas para rebajar la dependencia de Rusia e intentar paliar la subida de precios, entendí perfectamente lo que nos quería decir, pero que su puesto de alto representante no le permitía exponer con claridad: “Dúchense con agua fría, que queremos seguir gastándonos su dinero”.

Jon Frías es doctor y profesor titular de Economía de la Universidad Europea de Canarias