Kiev, la última línea de Moscú

Ninguna sanción detendrá un conflicto que tendrá consecuencias económicas y comerciales para todos, no solo para Rusia

Dos preguntas surgen inevitablemente ante los acontecimientos vividos en las últimas horas, ¿hasta dónde está dispuesto a llegar Vladimir Putin? ¿hasta dónde estarán dispuestas a llegar las democracias occidentales y sobre todo aquellos países que hoy por hoy podrían dar una respuesta militar controlada? Ante el primer interrogante, la respuesta es clara, a todo. El zar ruso, enrocado en sus tesis nacionalistas rusas y en el desprecio más absoluto a las normas de respeto, tolerancia, libertad y legalidad internacional, ha atacado militarmente a un país soberano, pero al que todavía de un modo obstinado considera satélite o estado tapón frente a las democracias occidentales. La diatriba dialéctica intencionadamente errónea de justificar en la desnazificación, así es como califica a Ucrania e indirectamente a su Gobierno y la negación del derecho de autodeterminación a pueblos y comunidades que viven en Ucrania, algo que sin embargo sí se hace intramuros de Rusia, constituye una aberración jurídica, política, sociológica y sobre todo, histórica.

El viejo cascarón soviético, sobre todo en la época de Stalin y recordemos que conviene que solo dos de los siete miembros del Politburó de Lenin, este y aquel, fueron asesinados, no se cansó en mover a millones de ciudadanos de unas regiones a otras para cohesionar un país artificial bajo el férreo y sanguinario control de un partido totalitario. El viejo león ruso ruge con hambre de fuego y sangre. Viejos pasos marciales de aquella bota soviética aplastadora de libertades y derechos. Europa vuelve a estar en llamas desde la guerra de los Balcanes. No ha tenido prisa Moscú, ha ido tejiendo la telaraña.

El zarpazo inicial de 2014 se completa ahora. La apuesta ha sido muy arriesgada. Durante semanas, para escarnio de una inoperante Europa o Unión Europea que no está cohesionada ni hilvanada monolíticamente, ha desplegado operaciones y simulacros de entrenamiento con fuego real y muestreo de todo tipo de armamento sin reparo ni escrúpulo alguno. Ahora llega una guerra ilegítima, ilegal –aunque lo bélico no entiende de esto–, y sin atisbo alguno de justificación. Es la vieja Europa la que nunca ha necesitado en la mentalidad megalómana de distintos líderes que la llevaron al desastre argumento ni justificación. La vieja cantinela ya nos la conocemos. Demasiados espacios vitales, viejas provincias, poblaciones separatistas, raza, idioma, ideologías frustradas y sangrientas. Desprecio a la libertad, a los valores, a los derechos. Desprecio contumaz. Cinismo y locura.

Ante los ojos del mundo, atónitos pero no sorprendidos, Ucrania es invadida. Un país soberano es atacado por otro. Decenas de ciudades han sido atacadas desde la madrugada del día 24 de febrero. Les llaman armas de alta precisión. Pero el reguero de sangre ya se ha iniciado. La deriva política y el autoritarismo y desprecio hacia otras regiones, poblaciones y países es absoluto.

Esta guerra no la detendrá ninguna sanción económica que Europa o Estados Unidos impongan. Pero si deparará consecuencias económicas y comerciales para todos, no solo para Rusia. ¿Por qué es estratégica económica y posicionalmente Ucrania? Amén de lo económico, el paso del gas y la energía es clave. Ucrania, necesita el gas ruso, pero tiene una base industrial vieja, las privatizaciones de lo público acabaron en oligarcas, como en el resto de países postsoviético, no hay una competencia real en lo económico, salarios pobres, dependencia de la exportación de cereal. Pero es cierta tecnología militar y aeroespacial en la que Ucrania es clave para Moscú. Financieramente Kiev está al borde de la quiebra. Y un hundimiento del país puede producir una oleada de inmigrantes hacia el oeste. Ese estado tapón o frontera interesa a unos y a otros. Pero también en la jerga de una trasnochada guerra fría resucitada ahora donde los dos antagónicos bloques diriman el presente.

Un precio que Europa paga también en propia persona. Ni la ONU podrá condenar porque el Consejo de Seguridad es lo que han querido que sea desde 1945, la jaula de vetos y juego de intereses particulares. Tampoco importa que al otro lado de la frontera oeste de Ucrania haya o no miles de soldados de la OTAN o norteamericanos. No actuarán de momento. Cada paso será milimétricamente medido. La onda expansiva, de hacerlo, podría ser catastrófica y esta vez no solo en criterios económicos. De nada han servido las advertencias de Washington. La credibilidad de Biden también está y entra en juego. Ya no es un farol. Las vidas humanas esta vez parece que sí van a importar. Kiev es Europa.

Ahora ya no se trata de anexionar Crimea ni las viejas retóricas del postestalinismo. Rusia ha atacado militarmente a un país soberano sin que haya provocación. Ha violado todas las reglas de un juego que solo sobre el papel de una vieja diplomacia están escritas. Es una decisión gravísima. Treinta años después del colapso y absoluto fracaso de la URSS, y la independencia de sus viejas repúblicas soviéticas en aquella artificiosa creación de inicios de los años veinte del siglo pasado, Moscú, imbuida en el halo espiritual de la madre patria, vuelve una vez más a desafiar a sus antiguas regiones, como en Georgia, en Osetia, en Nagorno-Karabak y tantos y tantos lugares. Gobiernos títeres que vitorean y callan a Moscú frente a gobiernos más democráticos y próximos a la vieja Europa continental y central a los que no se les permite vivir su propia vida independiente y libre.

Réquiem por la libertad. También por la verdad, la otra víctima perfecta.

Abel Veiga es Profesor y decano de la Facultad de Derecho de Comillas Icade