Hay que poner a raya a las ‘big tech’ y su capitalismo de la vigilancia

Hemos cedido nuestro derecho a la privacidad a Google o Facebook de forma demasiado barata

A lo largo de su breve historia, Facebook (ahora Meta) ha superado muchos sinsabores. Sin embargo, cada escándalo socava la frágil confianza y el consentimiento del que dependen las tecnológicas, especialmente ella. Los argumentos para reformar este tipo de capitalismo de la vigilancia son abrumadores.

Facebook tiene problemas para estar a la altura de su imagen pública. Afirma que trata a todos sus usuarios por igual, pero documentos internos hechos públicos mostraron que los de alto perfil recibieron privilegios que les permitieron evadir los algoritmos censores. Mark Zuckerberg ha hablado de cómo puede satisfacer su red las “necesidades personales, emocionales y espirituales”. Pero una investigación interna reveló que sabían que Instagram podría ser perjudicial para los más jóvenes. En 2018, Facebook anunció que estaba cambiando su feed de noticias para mejorar el vínculo entre los usuarios. Pero los empleados observaron que el cambio, en realidad, había exacerbado el antagonismo social.

Nada de esto es muy sorprendente. Un estudio de hace 10 años descubrió que las personas de las redes sociales expuestas a “usuarios guapos” desarrollaban una imagen de sí mismas más negativa. Un trabajo de investigación de 2017 determinó que Facebook “no promueve el bienestar... los usuarios individuales harían bien en reducir su uso de las redes”. No se necesita un doctorado para llegar a esta conclusión. El documental de Netflix The Social Dilemma describe cómo las redes animan a las personas a encerrarse en sus propias “burbujas”, donde interactúan con usuarios afines y pierden su capacidad de distinguir la verdad de la falsedad.

Pasar demasiado tiempo en las redes puede no ser bueno para la salud mental, pero es maravilloso para los beneficios. Como observaba un memorando interno de Facebook publicado hace unos años por BuzzFeed, “la desagradable verdad es que... cualquier cosa que nos permita conectar a más gente es buena de facto”. La red ha sobrevivido a grandes escándalos en el pasado, sobre todo el de Cambridge Analytica. Zuckerberg y sus colegas tienen motivos para esperar que, cuando se calme el revuelo, el negocio siga como siempre.

Pero la tolerancia del público hacia las firmas que comercializan datos personales puede quebrarse. Esa es la ferviente esperanza de Shoshana Zuboff, autora del rompedor libro La era del capitalismo de la vigilancia. La profesora de Harvard Business School sostiene que las tecnológicas han creado un nuevo orden económico basado en el “raspado” de datos personales. La experiencia humana les da materia prima, que traducen en datos de comportamiento y venden con fines de marketing.

El modelo tradicional de capitalismo es el de la competencia perfecta, en el que múltiples firmas compiten para ofrecer productos y servicios que satisfagan las necesidades de sus clientes. El “capitalismo de la vigilancia”, en cambio, está dominado por monopolios inexpugnables que disfrutan de economías de escala y alcance. A diferencia de las firmas industriales, los titanes tecnológicos crean relativamente pocos empleos. General Motors tenía más trabajadores en las profundidades de la Gran Depresión que los que emplean Facebook y Google juntas en el punto álgido de su prosperidad. En cuanto al gobierno corporativo, Silicon Valley mantiene a raya a los accionistas ruidosos con estructuras duales de acciones.

Y más importante, los capitalistas de la vigilancia y quienes utilizan sus servicios no están unidos por contratos tradicionales que imponen derechos y deberes recíprocos. En su lugar, los usuarios están vinculados por perniciosos acuerdos de términos de servicio –“contratos de adhesión” o “click wrap”– interminablemente largos y que, como señala Zuboff, pueden cambiarse unilateralmente, a menudo sin consentimiento o conocimiento del usuario.

Las tecnológicas afirman que están enriqueciendo la “experiencia” de sus usuarios: Google tiene sus servicios de búsqueda, mapas, email y demás, mientras que las redes de Meta conectan a miles de millones. Pero Zuboff sostiene que la naturaleza del intercambio es fundamentalmente desigual. Se extraen enormes cantidades de datos a un coste relativamente bajo. Nuestro derecho a la privacidad se ha cedido de forma demasiado barata.

Ello explica por qué los gigantes son tan obscenamente rentables: el retorno de fondos propios y el de márgenes operativos de Facebook superan el 30% y el 40%, respectivamente. Desde el punto de vista económico, sus beneficios se pueden considerar “rentas”, es decir, el exceso de ingresos que se obtienen por tener una posición privilegiada en la sociedad.

Tras saquear el mundo online en busca de datos, se adentran en el espacio físico. Los móviles identifican nuestra ubicación. Los televisores y dispositivos personales inteligentes escuchan nuestras conversaciones. Las ciudades inteligentes del futuro seguirán todos nuestros movimientos. El internet de las cosas conectará y vigilará casi todo lo imaginable: aspiradoras, sistemas de alarma, termostatos, coches eléctricos e incluso juguetes para niños. En este mundo feliz, puede que ya no sea posible hablar de propiedad privada.

Eso no es todo, dice Zuboff. Los capitalistas de la vigilancia quieren hacer más predecible el comportamiento humano. Eso elevaría aún más sus beneficios, pero en el proceso se erosiona la autonomía personal y se corrompe la naturaleza humana. Hace años, Jack Ma, de Alibaba, declaró: “El big data hará posible planificar y predecir las fuerzas del mercado para permitirnos alcanzar finalmente una economía planificada”. Xi Jinping ha decidido que esta economía planificada estará firmemente bajo el control del Partido Comunista. Pero su estado de la vigilancia es contrario a la tradición occidental de individualismo y libertad, de la que dependen tanto el capitalismo como la democracia.

Silicon Valley argumenta que los cambios provocados por las TIC son inevitables. Zuboff dice que podemos elegir. Su cruzada puede no ser en vano. Joe Biden ha elegido a una dura crítica de las big tech, Lina Khan, para dirigir la Comisión Federal de Comercio. El nuevo jefe antimonopolio del Departamento de Justicia, Jonathan Kanter, piensa parecido. Biden ha anunciado que “el capitalismo sin competencia no es capitalismo. Es explotación”. Adam Smith estaría de acuerdo. Las revelaciones de hace unos meses en torno a Facebook pueden dar el impulso para una verdadera reforma.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías