A fondo

La elección de Occidente: defender sus intereses o asumir su declive

EEUU y los países de la UE tienen recursos más que suficientes para hacer frente a las pretensiones de expansionismo de China o de Rusia

La gestión de la globalización después de la Guerra Fría es muy compleja. La profunda recesión internacional de 2007-2009, la crisis de deuda soberana de la eurozona (2009-2013) y la inducida por Covid-19 han castigado a las clases medias y aumentado la desigualdad. Los organismos internacionales creados al final de la Segunda Guerra Mundial (FMI, Banco Mundial, GATT) y la OMC han otorgado a las grandes potencias emergentes –China, India, Brasil, Indonesia, Turquía, México– el mayor peso derivado del incremento de su participación en el comercio e inversiones mundiales. El G7 acogió a Rusia con la esperanza de que la democratización de los años noventa era irreversible. La OMC admitió a China en 2001 apostando que abandonaría prácticas nocivas que desde 2015 han empeorado: obligatoriedad de transferencia de tecnología de los inversores extranjeros, subvenciones ilegales por valor de 200.000 millones de dólares a sus empresas tecnológicas, tolerancia de la violación de la propiedad intelectual y dumping en sectores como el acero. La hostilidad de las pymes y población de EEUU al gigante asiático es comprensible. El superávit comercial de China con EEUU se disparó de 83.000 millones en 2001 a 396.000 millones en 2021.

La perspectiva de la pertenencia al mayor mercado común del mundo (447 millones de personas) fomentó las reformas económicas, políticas, institucionales y judiciales necesarias para incorporar en la UE entre 2004 y 2013 a once estados que sufrieron el comunismo: Polonia, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Rumanía y Bulgaria en Europa oriental, las tres ex repúblicas soviéticas bálticas y Eslovenia y Croacia de la disuelta Yugoslavia. Pero las negociaciones para adhesiones adicionales de las restantes execonomías comunistas de los Balcanes avanzan lentamente, son imposibles por la falta de progreso institucional o se han paralizado en el caso de Turquía. El Brexit ha absorbido mucha energía de las instituciones europeas. El avance de la automatización, inteligencia artificial y robots han acrecentado la división entre los poseedores de carreras o conocimientos técnicos para adaptarse y los que carecen de ellos y temen por su futuro.

Estas circunstancias las han aprovechado populistas de derechas en Hungría y Polonia. La rebautizada Agrupación Nacional de Marine Le Pen y la Liga en Italia son solamente dos ejemplos de la proliferación de partidos que rechazan la integración europea y prometen un fin de la inmigración que devolverá a los nativos su antiguo nivel de vida. Desde la izquierda radical Podemos y el Movimiento 5 Estrellas han sido o son socios de coaliciones gubernamentales. En Europa, América del Sur y parcialmente en EEUU la izquierda impone una economía sin emisiones de carbono en un horizonte cronológico demasiado cercano.

Los excomunistas se han reciclado y encontrado muchos aliados para su histeria medioambiental, promoción de innumerables tipos de identidad de género e imposición de cuotas en la contratación de minorías supuestamente maltratadas. Radicales de izquierdas siguen ganando elecciones (Gabriel Boric en Chile) y aumentando su representación en las instituciones. Una población desorientada recurre a redes sociales que acentúan su radicalismo y dividen a la sociedad. También se refugian en la difusión de la superficialidad de la globalización mediante Facebook, Instagram, Twitter o Spotify. Una sociedad civil fuerte debería atenuar las consecuencias de dichos fenómenos. Pero la familia, las religiones moderadas, ONGs y asociaciones no pueden competir con los colosos tecnológicos.

China y Rusia se aprovechan de esta situación e invierten en múltiples sectores estratégicos de las democracias occidentales, permitiéndoles un acceso más fácil a la tecnología puntera. Pekín y Moscú se alían para llevar a cabo ciberataques masivos, financiar dictaduras totalitarias cuya población vive en la extrema pobreza (Venezuela, Corea del Norte, Cuba) y fidelizar a países emergentes o pobres con inversiones desprovistas de cualquier protección. Xi Jinping ha encerrado a un millón de uigures en campos de trabajo, eliminado las libertades de Hong Kong y amenaza a Taiwán y los países del sudeste de Asia, que rechazan su apropiación del 90% de las aguas del mar de China meridional. Vladimir Putin consolida su espacio postsoviético aupando a dictadores prorrusos o apoderándose de parte de los territorios de Moldova, Georgia y Ucrania. Occidente advierte que la excluirá del sistema de pagos SWIFT y prohibirá la venta de semiconductores en caso de agresión contra Ucrania. Pero no está en condiciones de plantar cara porque gran parte de Europa depende del gas natural ruso y se vende a los inversores de ambas potencias.

Evitar una mayor decadencia exige pasar al ataque. Hay que lanzar ciberataques contra Rusia y China. Resucitar instituciones como la Trilateral que permitan a los líderes de las democracias pactar medidas sin tener que rendir cuentas constantemente a la opinión pública. Emplear las tácticas de división que practica con tanto acierto Putin. Crear una Liga de Democracias para gestionar la gobernanza internacional. Abandonar instituciones como la Iniciativa de la Franja y la Ruta al servicio de China. Cancelar el gasoducto Nord Stream 2 e impulsar el gas natural y la energía nuclear. Profundizar la cooperación entre EEUU y la UE, que generan el 45% del PIB mundial y el 40% de los intercambios comerciales y de servicios. El PIB de EEUU supera en 7 billones al de China. La suma del PIB de EEUU, UE, Reino Unido, Japón, Canadá, Australia y Corea del Sur asciende a 50 billones, triplicando el de China y Rusia juntos (17 billones). Nunca se ha producido una guerra entre dos democracias. Las occidentales tienen recursos más que suficientes para parar el expansionismo de China y Rusia.

Alexandre Muns es Profesor de EAE Business School