El milagro económico chino está llegando a su fin

Xi no tiene una forma fácil de superar los problemas que ya afectaron a sus vecinos asiáticos hace décadas

Xi Jinping conoce mejor que la mayoría de los inversores los retos de China. Ha advertido de los peligros de la burbuja inmobiliaria, la deuda, la corrupción y la desigualdad. No son exclusivos de su país. Todos los países que adoptaron el llamado modelo de desarrollo asiático afrontaron problemas similares. El dilema de Xi es que no hay una forma fácil de superarlos para China.

El modelo de desarrollo asiático tiene varias características comunes: los bancos controlados por el Estado dan préstamos baratos a las industrias favorecidas; la moneda se mantiene infravalorada para impulsar las exportaciones; se suprime el consumo interno para crear ahorro para la inversión; y se consigue una rápida modernización adoptando tecnologías extranjeras. Desde la Segunda Guerra Mundial, esta combinación ha tenido un éxito notable en la reducción de las diferencias entre Asia y Occidente.

Pero el crecimiento en Asia es intrínsecamente inestable. Los tipos artificialmente bajos alimentan las burbujas inmobiliarias, como las que experimentaron Japón y Tailandia. El dinero fácil también conduce a la acumulación de deudas excesivas, como ocurrió en todo el sudeste asiático a principios de los noventa. El capital barato fomenta el despilfarro de inversiones que socavan el crecimiento de la productividad. Suprimir el consumo interno crea desequilibrios. Y las oportunidades de corrupción abundan cuando el crédito lo distribuyen bancos estatales, como pasó en Indonesia con Suharto.

El largo periodo de expansión de Japón terminó cuando el Banco de Japón decidió, en 1989, pinchar la burbuja inmobiliaria. Los “tigres” asiáticos –las economías de rápido crecimiento– se despeñaron años después. Como demostró Paul Krugman, el “milagro” económico solo podía sostenerse con aportaciones cada vez mayores de capital y trabajo. Cuando los acreedores extranjeros empezaron a retirar su capital a mediados de los noventa, la región sufrió una crisis financiera.

Veamos China. Desde que el Partido Comunista abrazó la reforma económica a finales de los setenta, ha seguido lo que Michael Pettis, de la Universidad de Pekín, denomina el “modelo de desarrollo asiático con esteroides”. El ahorro y la inversión subieron y el consumo cayó más que cualquier otra economía asiática. China se ha atiborrado de deuda, que ha subido unos 100 puntos (respecto al PIB) desde la crisis financiera mundial. El valor de los inmuebles solo lo iguala Japón en 1989. Si los terrenos del palacio del emperador en Tokio valían más que todos los inmuebles de Canadá, se dice que China tiene suficientes propiedades vacías para albergar a toda la población canadiense (38 millones), y más.

No es de extrañar que Xi se queje de que la propiedad es para vivir en ella y no para especular, y que el “desarrollo desequilibrado e inadecuado” no haya mejorado la calidad de vida de muchos. Aboga por una “prosperidad común”. Al tiempo, quiere recortar el exceso de capacidad, reducir el apalancamiento y hacer más asequible la vivienda, al tiempo que se “promueve un crecimiento suave” y se evita un “cisne negro”, o crisis financiera.

Para apreciar ess retos, veamos lo que les pasó a sus vecinos. Después de que el inmobiliario nipón se desplomara en 1990, las viviendas bajaron de precio. Pero hubo dos crisis bancarias y una deflación persistente durante décadas. Es cierto que se impulsó la cuota de consumo en esos años, pero en un momento en el que el propio crecimiento se había estancado. Pekín entiende lo suficientemente bien esa década perdida como para no querer repetirla.

Cuando los tigres tuvieron problemas a mediados de los noventa, se vieron obligados a seguir un camino distinto. En Tailandia, los acreedores extranjeros se apresuraron a salir. El contagio se extendió a Taiwán o Corea del Sur, que contaban con superávits por cuenta corriente y montones de reservas de divisas. No fue un periodo de “crecimiento suave”, sino de colapso de las divisas, quiebras generalizadas, rescates del FMI y, en el caso de Indonesia, discordia civil que hizo caer a Suharto. Malasia introdujo controles de capital para atrapar a los especuladores extranjeros.

Hubo, al menos, un aspecto positivo. Los países que sufrieron fuertes devaluaciones monetarias se volvieron mucho más competitivos. En 1999, Corea creció más del 10%. El estratega de inversión Russell Napier, que presenció esos acontecimientos de primera mano y los describe en The Asian Financial Crisis, cree que China seguirá a los tigres. Por ahora, el yuan está ligeramente vinculado al dólar, lo que da a la Fed una influencia desmesurada sobre la política monetaria china. Es un problema, ya que la Fed está dispuesta a subir tipos en 2022, mientras que China, con su burbuja desinflada, necesita flexibilidad. Deshacerse de la vinculación, dice Napier, devolvería la independencia monetaria a Pekín.

Si China devalúa el yuan, es de esperar que su economía disfrute de una explosión impulsada por las exportaciones. Que se tolere es otra cuestión. Ya es el primer exportador del mundo. Napier describe la aquiescencia de Occidente a la manipulación de las divisas asiáticas, que impulsó las exportaciones pos-1997 a costa de millones de empleos manufactureros en EE UU y Europa, como “uno de los mayores errores políticos de la historia”. Ese error no se repetirá. Si Xi apuesta por la devaluación, se enfrentará a EE UU y sus aliados.

Nunca hay que subestimar la capacidad de Pekín para encontrar políticas que mantengan la economía en movimiento. Pero con la deuda de hogares y empresas en niveles más altos que en EE UU en vísperas de la crisis subprime, y la mayor burbuja inmobiliaria de la historia a punto de estallar, Xi parece tener pocas opciones. Después de cuatro décadas gloriosas, el milagro económico parece estar llegando a su fin.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías