Crisis de la cadena de suministros: mejor cerca de casa

Algunos sectores, como el automotriz y el farmacéutico, han iniciado su propio camino al apostar por acercar la producción de nuevo a sus mercados

La crisis de la cadena de suministros es un vivo ejemplo de la ingeniosa y muy citada frase de Warren Buffet: “Cuando baje la marea, ya veremos quién lleva bañador”.

A lo largo de los años, Europa y Estados Unidos han trasladado una gran parte de sus industrias manufactureras a China, India y otros lugares para aprovechar su coste de mano de obra mucho más bajo y regímenes regulatorios laxos. En las industrias que se quedaron en el área de la OCDE, la automatización sustituyó a mucha mano de obra manufacturera tradicional, que en su mayoría se trasladó a las industrias de servicios que fueron creciendo en esos años en auge. A aquellos a quienes se consideró, sin más, no aptos para volver a capacitarse se les ofreció la jubilación anticipada con unas favorables condiciones en las pensiones, en un contexto de aumento de la esperanza de vida y mejoras en la salud de las personas. Y como consecuencia de este proceso hemos tenido en los últimos cuarenta años, justo en la época de la generación baby boom, una inflación baja, mayor participación en el ingreso nacional del capital en lugar del trabajo, el low cost y su presión a la baja en los salarios, escasa inversión en educación y en atención a los jóvenes, reducción de las emisiones de carbono y la aparición de los partidos extremistas.

En el caso de los países emergentes, el efecto fue la gran transferencia de tecnología y el alto crecimiento per cápita, salarios al alza, altas emisiones de carbono y una posición geoestratégica muy relevante y creciente, así como la pervivencia de regímenes autoritarios u opuestos a los que en política se entiende por democracia.

Pero eso es el pasado. En el presente, la consecuencia de vivir con interrupciones en la cadena de suministros es un alza veloz e inesperada de la inflación ante la que los responsables de la política económica actual, en particular la monetaria, no saben exactamente qué hacer. Mantener la postura política en un escenario en el que la inflación se estabilice durante 12-18 meses muy por encima de la meta provocará una respuesta más dura y tardía en el futuro que será costoso para el PIB y el empleo, en opinión de los partidarios de retirar estímulos y subir los tipos de interés para el año próximo. Sin embargo, según los argumentos de los defensores de la temporalidad de la inflación, en el caso de que se adoptara ahora una política más dura, en un escenario en el que los efectos temporales se agotan en 6-12 meses y la inflación subyacente se dirige de nuevo a (o por debajo) de la meta se provocará una desaceleración innecesaria en el crecimiento 2022-23.

Mientras los políticos encuentran salida a esa disyuntiva, el sector privado ya ha emprendido su propio camino. La exigencia económica y social de que las empresas operen con cadenas de valor responsables con el clima y los derechos humanos son motivos que hacen que les resulte ahora más barato y seguro acercar sus cadenas de suministro a casa. Y ya se están produciendo cambios en este sentido, por ejemplo, en los sectores automotriz y farmacéutico.

En el primer caso, se puede ver en la producción de celdas de batería, una industria que según los datos de Unicredit asciende a 60.000 millones de dólares al año en las cadenas de valor globales, y en la que China suministra aproximadamente el 30%, Corea del Sur el 13% y Japón el 8%. Europa por su lado, recibe el 40%, Asia el 35% y América del Norte el 20%.

La UE ha creado una alianza de baterías que hasta ahora ha atraído a 440 participantes y alrededor de 100.000 millones de euros en compromisos de inversión. Se han anunciado 24 gigafábricas de baterías en Europa con más de 600GWh de capacidad de producción anual, suficiente para equipar a unos 9 millones de vehículos eléctricos al año. Y el coste de la capacidad de producción estimado es de un máximo de 90.000 millones de euros en necesidades de inversión.

En cuanto a la cadena de suministro del mercado farmacéutico, sector con un tamaño total de aproximadamente 1,3 billones de dólares estadounidenses, implica dos etapas principales: la producción de ingredientes farmacéuticos activos API (componentes intensivos en productos químicos que se pueden convertir en un medicamento) y el proceso físico de combinar estos ingredientes en formas consumibles como tabletas, líquidos o cápsulas. China e India, combinadas, son la fuente del 75%-80% de las API importadas por Europa y los Estados Unidos; y la India, por sí misma, es el tercer productor mundial de productos farmacéuticos por volumen, con el mayor número de plantas aprobadas por la FDA fuera de los Estados Unidos y una cuota de mercado estimada del 40% de genéricos. A pesar de que las cadenas de suministro de productos farmacéuticos funcionaron adecuadamente durante la crisis, incluida la época del confinamiento, el objetivo político es lograr la máxima seguridad de la salud pública y esto debería conllevar la promoción de la investigación y las capacidades de producción farmacéutica nacionales; de hecho, ya existe en la UE una propuesta para una nueva estrategia farmacéutica para Europa. Los costes de producción subirán, pero seguramente serán menores que los generados por los cortes de suministro.

En esa dinámica de acortar la distancia entre los lugares donde se produce y el mercado de destino de los productos, cabe pensar que se producirán mejoras en la productividad y esto desemboque en aumentos mayores de los salarios que de los precios y que, en el ingreso nacional, tanto en Estados Unidos como en Europa, cobre mayor peso el trabajo en relación con el capital. Esto ayudaría a revertir los desequilibrios sociales creados y evitaría la parte demagógica que utilizan algunos partidos en sus argumentos para atraer votantes.

Carlos Balado es Profesor de OBS Business School y Director de Eurocofín