El incentivo del ahorro previsional

Hay que poner la educación financiera al alcance de todos, aprovechando las posibilidades de la digitalización

La nueva reforma del sistema de pensiones ha puesto de manifiesto la imperiosa necesidad de concienciar a la sociedad sobre aquellas fórmulas que permitan gozar a los ciudadanos de una jubilación con mayor calidad de vida.

Los últimos datos de instituciones como la OCDE, el Banco de España y el Instituto de Actuarios Españoles indican que, para garantizar la viabilidad del sistema, la tasa de sustitución entre la primera pensión respecto del último salario debería acercarse al 100% y estar compuesta en un 50% por aportaciones del sistema público, un 30% por los planes privados de empleo y un 20% por el ahorro previsional individual. Aunque ya hay diversas líneas de trabajo para conseguir esta situación, a día de hoy todavía está lejos de convertirse en algo tangible.

En lo que respecta a los planes de empleo, espero que el incentivo fiscal (desplazado de los planes individuales) sirva a cada vez más empresas para integrar estas dinámicas entre las contraprestaciones que reciben sus trabajadores. Por otra parte, la promoción del plan de pensiones de empleo público, enfocado a las pymes y autónomos, es una iniciativa ya instaurada en otros países y que muestra resultados prometedores a largo plazo.

No obstante, y a pesar de estas iniciativas, el ahorro previsional sigue siendo una parte fundamental para garantizar una vejez digna –y la única que ha demostrado su eficacia hasta el momento–. Recientemente conocíamos a través de un informe de Inverco que el 40% de las familias españolas ya cuenta con un plan de pensiones privado, un 16% si se mira de forma individual. Estas cifras demuestran la fragilidad de nuestro sistema actual –porque un 60% siguen siendo muchas familias– y sirve como radiografía, como aviso al sector para acelerar su planteamiento.

Además, al contrario que en otras economías, la nuestra tiene una forma particular de afrontar el ahorro. En los períodos de expansión económica tendemos al gasto y los niveles de ahorro caen en picado. Sin embargo, en las recesiones como la que estamos viviendo, podemos ver que los niveles de ahorro aumentan. Para ser exactos, en 2020, el ahorro medio anual de los hogares sobre su renta disponible aumentó del 8% a cerca del 20%, según datos del Banco de España. Esta dinámica no solo resulta contraproducente, sino que entraña un profundo riesgo para el bienestar de nuestra sociedad.

En este punto, la labor de las entidades aseguradoras y financieras es fundamental: debemos trabajar para conseguir que el ahorro previsional se convierta en algo accesible y atractivo. El ámbito asegurador y del ahorro está preparado, ya que cuenta con el conocimiento, herramientas y productos de calidad. Pero ¿cómo podemos incentivar el ahorro?

Uno de los principales escollos que enfrentan las entidades es la escasa educación financiera de una gran parte de la población. Nadie sabe interpretar una nómina, pagar sus impuestos o lo que es el interés compuesto cuando termina su educación obligatoria. Este tipo de conocimientos, indispensables para cualquier ciudadano, se aprenden en mayor o menor forma mediante la experiencia laboral y personal, lo que propicia que la edad de comprensión de muchas cuestiones sobre el ahorro o el bienestar financiero se produzcan en etapas más avanzadas.

Por otra parte, el entorno digital se ha convertido en una parte más de nuestras vidas. Nos relacionamos online, compramos a domicilio, trabajamos en remoto y usamos servicios en streaming para formarnos. La digitalización favorece la creación de comunidades que comparten experiencias, debaten y trascienden la naturaleza misma de las compañías, pero, sobre todo, democratiza el acceso a la información y a la educación.

La realidad es que los modelos y los canales que han funcionado desde hace décadas han perdido su capacidad de impacto y, en su lugar, nos encontramos ante una sociedad hiperdigitalizada, más aún tras la aceleración a marchas forzadas que han supuesto las medidas sanitarias derivadas de la pandemia. Precisamente, de esos contratiempos podemos –y debemos– extraer importantes lecciones en virtud del fomento de una planificación financiera correcta para los jóvenes –o no tan jóvenes–.

En este contexto, las instituciones financieras y de ahorro tenemos la oportunidad de liderar el cambio hacia una sociedad más formada, poniendo a disposición de cualquier usuario que lo precise herramientas y conocimientos que le permitan cuidar su salud financiera y realizar una planificación de su futuro.

La creación de este tipo de dinámicas alrededor de nuestros productos es posible y sin duda un gran incentivo para el ahorro. Si bien la puesta en marcha puede resultar difícil, apostar por este tipo de estrategias no es ya una alternativa, sino una realidad, con dos claros beneficios para las entidades de ahorro: aumentar la confianza de los usuarios, haciéndoles sentir parte de una comunidad y aumentar el atractivo de los productos que ofrecen.

Por su parte, el consumidor tiene la posibilidad de profundizar en distintas fórmulas que se adecúen a sus necesidades, obteniendo información que circula de forma bidireccional y formación que no solo le servirá para planificar su futuro, sino también su día a día.

En definitiva, debemos hacer nuestra la tarea de ofrecer formación e información clara, accesible y gratuita, adaptada a los formatos actuales y al vertiginoso ritmo al que se consume información, y que cuente la historia y el porqué de nuestras instituciones. Solo de este modo, cuando una persona tenga que tomar la decisión sobre en qué destinar sus recursos mensuales, sabrá que reservar parte de ese dinero en un producto financiero o de ahorro es la opción más consecuente.

Enrique Sanz Fernández-Lomana es presidente de Mutualidad de la Abogacía