Biden, al borde del abismo, y EE UU se resiste a seguirle

La desastrosa salida de Afganistán y la gestión de la inmigración ilegal en la frontera con México han erosionado su imagen

Los demócratas están al borde del precipicio”, dijo en la CNN el analista demócrata y exasesor de Barack Obama Van Jones, tras la pérdida de elecciones de su partido en noviembre, en Virginia y en Nueva Jersey. Poco antes, Kamala Harris, vicepresidenta, había advertido: “Lo que suceda en estas elecciones afectará en 2022 y en 2024”. En 2022 hay elecciones legislativas de mitad de mandato y en 2024, las presidenciales. Estas futuras elecciones son el abismo al que se refería Van Jones. Como le sucedió a Obama en las elecciones de 2010, en que el Partido Demócrata cosechó su peor resultado desde 1938. Entonces, Barack, más sabio y humilde que Biden, reconoció que había sufrido un “shellacking” (aplastante derrota).

Obama y Clinton fueron grandes presidentes que han pasado a la historia con derrotas, sí, pero también con logros: Obama rescató la economía de la Gran Recesión de 2008 y Clinton presidió el período de crecimiento económico y creación de empleo más fuertes en un siglo, gracias a la explosión de las tecnológicas, el ordenador conectado a internet y a fuertes aumentos de productividad y competitividad empresariales, como demostró el Nobel de economía Robert Solow.

Biden no es Obama ni Clinton, que cambiaron el rumbo al centro y recuperaron el electorado. Biden no sabe dónde está. Donna Brazile, expresidenta del Partido Demócrata y asesora de los Clinton durante décadas, afirma que “los demócratas no deberían prestar atención al ala más izquierdista del partido”, que representan Ocasio Cortez y Bernie Sanders. “El partido se ha olvidado de las zonas rurales y del sur”, dijo Brazile en la CBS el día 9. Ese es el dilema que Biden no sabe ni puede resolver: la tensión entre la mayoría demócrata, que es centrista, y la minoría de izquierdas, que no ha recorrido América para saber cómo es realmente. Biden escucha al último que le visita en la Casa Blanca y se ha convertido en una veleta que cambia de opinión frecuentemente.

Si Kamala Harris acierta y las recientes elecciones perdidas por los demócratas son antesala de lo que pasará en las elecciones de medio mandato en noviembre de 2022 y en las presidenciales de 2024, todo apuntaría a que los demócratas obtendrán otro shellacking. El índice de aprobación de la gestión de Biden va de mal en peor desde agosto.

La desastrosa salida de Afganistán y la incapacidad para encontrar una solución a la inmigración ilegal en la frontera con México erosionaron la imagen de Biden: se suponía que se le había elegido para resolver los problemas de Trump, pero su indecisión, cambios de criterio y decisiones erróneas le han granjeado en noviembre peores números que los de su predecesor: 42,2% aprueban la gestión de Biden como presidente; 52,4% la desaprueban. El saldo neto, a día 11, es desfavorable para Biden: -10,2%. Estos datos son fruto de una media obtenida de 100 encuestas publicadas en medios de comunicación. Y Biden ha mejorado porque, tras las elecciones de Virginia y Nueva Jersey, su saldo neto negativo llegaba al -16%. Lo peor es la tendencia, persistentemente negativa en agosto, septiembre, octubre y noviembre. No es un mal dato puntual, sino muestra de la desconexión profunda de los líderes demócratas con su electorado.

El candidato demócrata a gobernador de Virginia, Terry McAuliffe (multimillonario procedente de la banca de inversión, que perdió las elecciones) dijo que “los padres no tienen nada que decir sobre la educación de sus hijos. Eso es cuestión de la escuela y el Estado”; confundió Virginia con China, por falta de conocimientos de geografía y, por tanto, mala educación. Y los medios de comunicación de izquierdas (New York Times, Washington Post, CNN, MSNBC, Bloomberg) le pusieron de vuelta y media, porque en la otra punta del país, en California, los demócratas están aplicando esas políticas en educación con consecuencias desastrosas para los alumnos y el consiguiente enfado de los padres, que no quieren llevar a sus hijos al colegio.

Y, con la educación, la inmigración ilegal: el apoyo de los hispanos a los demócratas ha caído 20 puntos, del 60% al 40%. Los latinos establecidos legalmente no quieren fronteras abiertas. Prueba del desgaste de Biden es el estancamiento de su agenda legislativa, aunque tiene magras mayorías en la Cámara de Representantes y el Senado: ha tenido que dividir en dos la ley de infraestructuras y la legislación social y contra el cambio climático, para conseguir aprobar la ley de infraestructuras, de 1,2 billones de dólares (puentes, carreteras, internet de banda ancha en zonas rurales, despliegue del 5G, etc.; ley que vendrá bien a empresas españolas, como Ferrovial, Abertis, ACS, Sacyr, Acciona, Cellnex Telecom, etc., por la licitación de contratos públicos en sus sectores).

La otra ley, que incluye un programa social que va mucho más allá de lo que hizo Roosevelt con el New Deal, tendrá que esperar. A Biden no lo salva la economía, donde le suspenden los americanos, con un 54% que desaprueba su gestión. La inflación, del 6,2% en octubre, no ayuda: es la más alta desde 1990.

¿Es Kamala Harris alternativa a Biden? Hoy, no: un 40,6% aprueba su gestión, frente a un 50,8% que la desaprueba; es un saldo neto negativo del -10,2%. Para rematar la crisis del Partido Demócrata, Andrew Yang, candidato a la presidencia en 2020, acaba de abandonarlo para fundar un tercero alternativo, llamado Forward (Adelante).

Forward, sí, pero, hacia… ¿dónde? Habrá que leer su nuevo libro, para enterarse, porque tiene el mismo título…

Jorge Díaz Cardiel es socio director de Advice Strategic Consultants y autor de El New Deal de Biden-Harris