Invertir no es cuestión del momento, sino del tiempo

La clave no es buscar un instante puntual, sino mantener la inversión para maximizar las probabilidades de obtener un rendimiento positivo

Cree que la inflación será transitoria o permanente? ¿Cuándo se resolverán los cuellos de botella en semiconductores? ¿Son sostenibles los precios actuales de las materias primas? ¿Cuándo se prevé la normalización en los fletes del comercio marítimo global? ¿Cómo afectará la subida súbita de los precios energéticos? ¿Habrá olas de nuevas variantes de Coronavirus? ¿La gente se vacunará? ¿Guerra comercial sinoestadounidense? ¿Se está produciendo una ralentización del crecimiento de la economía global? ¿Qué hago con mis ahorros si se invierte la pendiente de la curva soberana? Si hay cambios en la política monetaria, ¿cómo afectarán? ¿Qué suponen los resultados de las elecciones presidenciales de Japón o Alemania? ¿Se aprobará un nuevo techo de deuda o un nuevo plan de infraestructuras en EE.UU.? ¿NextGenerationEU? ¿Es Evergrande el próximo Lehman? ¿Políticas de prosperidad común del gobierno chino? ¿Y si China invade Taiwan?...

Si usted es inversor, con total seguridad en los últimos 12 meses se haya planteado alguna de las anteriores preguntas. La mayoría de ellas, al cabo de un tiempo, terminan siendo no más que ruido de corto plazo, generador de volatilidad de forma puntual. Lo más probable es que nadie se preocupará el año que viene por estas fechas de esas cuestiones, y que, en su lugar, habrá aparecido otra larga lista de nuevas preocupaciones. Pero son cuestiones que en el momento presente adquieren un especial protagonismo y legitimidad por una común razón: la obsesión de querer predecir lo que va a pasar. Y es comprensible, pues los participantes del mercado quieren comprar bajo y vender alto. ¿Es el momento de vender? ¿O quizás de comprar? Estas dos últimas preguntas resumen todas las anteriores.

Acertar comprando en el valle y vendiendo en el pico, sería sin lugar a duda, la estrategia más rentable (fiscalidad y comisiones aparte). Sin embargo, alejándonos de utopías y poniendo los pies en el suelo, es fácil darse cuenta de que en la práctica atinar con el momento de venta o de compra repetidas veces no sólo es algo muy pero que muy difícil e improbable, sino que además puede resultar muy costoso.

Es muy difícil porque significaría poder adivinar qué va a ocurrir mañana. Instintivamente, el ser humano desde siempre ha estado obsesionado con predecir el futuro. Pero la realidad es que falla más veces de las que acierta. ¿Con qué fiabilidad se puede predecir un shock exógeno como resultó ser el estallido de una pandemia a comienzos de 2020? ¿Cero? Aun así, vemos numerosos gurús que intentan acertar con el próximo cisne negro, pero lo cierto es que solo unos pocos conseguirán colgarse esa medalla. Y no solo habrá sido cuestión de suerte, sino que antes de volver a acertar, se equivocarán 1.000 veces más. Si en vez de deberse a un shock, las correcciones se producen por una lenta y progresiva acumulación de riesgos endógenos al sistema, quizás sea más fácil identificar la existencia de un problema. No obstante, aun así, será muy difícil acertar con el cuándo el mercado se dará cuenta de que existe dicho problema y consecuentemente si se producirá un pánico bursátil y qué alcance este tendrá.

Por otro lado, intentar predecir los mejores momentos para comprar o vender es costoso porque suele hacer que nos perdamos los mejores días de mercado. Para ilustrar cómo de decisivos son dichas jornadas, podemos tomar como ejemplo el periodo de 15 años que va desde comienzos de 2006 a cierre de 2020, durante el cual el índice S&P 500 ofreció una rentabilidad total anualizada de 9,88%. Pues bien, si nos hubiésemos perdido los 10 mejores días de mercado, la rentabilidad total caería a 4,31% al año. En el caso de perdernos los 20 mejores días de mercado, estaríamos hablando de un raquítico 0,88%.

Además, hay que tener en mente que la Bolsa es un juego probabilístico de esperanza positiva. Esto quiere decir que la proporción de días en los que la bolsa sube (y la dimensión de esas subidas) es superior al número de días en los que la bolsa baja (y la dimensión de dichas bajadas). La razón es sencilla: la economía crece durante más tiempo que del que decrece, y así sucede con los beneficios empresariales. Además, la inflación típicamente se sitúa por encima del umbral de 0, en vez de por debajo, y las compañías suelen adoptar medidas de subidas de precios finales o reducción de costes para proteger sus márgenes. Desde 1950 hasta ahora, la bolsa americana ha tenido en torno al 54% de sus jornadas en verde frente al 46% en rojo. Aun siendo mayoría los positivos, existen inversores intentando acertar ese 46% de las veces en que las acciones van a caer. ¿No tendría más sentido invertir, y sencillamente sentarse a esperar que el tiempo juegue a nuestro favor?

Si utilizamos los retornos históricos del S&P 500 para otro experimento, podemos observar que independientemente del momento que se haya entrado en el mercado en el pasado, si hubiésemos permanecido invertidos durante todo un año, la probabilidad de que hubiésemos obtenido retornos positivos es del 74%. Para un periodo de 5 años, el dato sube al 87%. Si hubiésemos permanecido 10 años, al 94%. Y si hubiésemos permanecido invertido 20 años o más tiempo, a pesar de haber entrado en el día previo al mayor desplome bursátil, hubiésemos terminado obteniendo retornos positivos.

En definitiva, invertir en Bolsa no es una cuestión de acertar con el momento, sino más bien de permanecer invertido el tiempo suficiente para aumentar al máximo las probabilidades de obtener un rendimiento positivo. Este es el verdadero significado de invertir a largo plazo. Por esa razón, es importante tener claro el horizonte temporal de inversión de cada uno, el cual debe coincidir con los objetivos financieros que se estén tratando de alcanzar, ya sea dinero para su jubilación o para la educación universitaria de sus hijos. Y entonces, solo es cuestión de ceñirse a él, no dejando que las emociones ni el ruido de corto plazo descarrilen nuestros planes.

Lucas Maruri es CFA y Gestor de Renta Variable en Gesconsult