¿Con ganas ya de cerrar el año?

El verano ha sido bueno y el ejercicio lo está siendo también. Hay que permanecer razonablemente invertidos y evitar decisiones emocionales

Cerrábamos nuestro último comité de inversiones, hace un par de semanas, con tres reflexiones que me gustaría trasladarles. La primera: puede haber buenas noticias o buenos precios, pero no las dos cosas al mismo tiempo. Hace año y medio –en lo peor de la pandemia– teníamos muy malas noticias, pero buenos precios, con caídas de las Bolsas superiores al 30%. Estas han prácticamente doblado desde entonces al calor de las buenas noticias.

La segunda: los mercados hacen lo que más daño produce. Esto es más evidente en los puntos extremos. Cuando cunde el desánimo, suben (los inversores han arrojado la toalla y queda poco impulso vendedor) y cuando se desata la euforia, caen (ya está todo el mundo metido en el barco y queda poco impulso comprador).

Estas dos primeras reflexiones nos recuerdan que no estamos especialmente bien equipados para tomar decisiones en momentos de alta emocionalidad. Con un agravante en el caso del mundo de las inversiones. El grado de insatisfacción que nos produce una pérdida es más del doble que el grado de satisfacción que nos produce una ganancia equivalente.

La tercera reflexión es una especie de antídoto frente a los dos puntos anteriores: hay que permanecer razonablemente invertidos. Estamos sujetos a la emocionalidad, a la aleatoriedad y a la incertidumbre que nos depara el futuro. Soluciones del tipo blanco o negro, todo o nada, son más apropiadas para el campo de las ciencias exactas, donde somos meros espectadores de los fenómenos. En su libro Thinking in bets, Annie Duke comenta: “Se nos insta a evitar decir ‘no lo sé’ o ‘no estoy seguro’. Consideramos que tales expresiones son vagas, poco útiles e incluso evasivas. Sin embargo, sentirnos cómodos con la frase ‘no estoy seguro’ es dar un paso vital en el camino a ser una persona que toma mejores decisiones. Tenemos que hacer las paces con no saber”. Supongo que, aunque a Sócrates le podría parecer una buena reflexión, a un asesor de un político le parecería un sinsentido. Aquí tendríamos que hablar de los incentivos o de los conflictos de interés, pero eso da para otra tribuna.

Hemos llegado al final del verano, y a la vuelta al cole, con buenas sensaciones en los mercados financieros. No recuerdo un verano tan tranquilo en los últimos años. Los veranos bursátiles no tienen muy buena fama en general, aunque no son, mirando a los datos históricos, un periodo negativo para los inversores. Si nos fijamos en la evolución de la Bolsa de Estados Unidos desde el año 2000, medida por el S&P 500, la rentabilidad media del acumulado de julio y agosto ha sido un +1,4%.

El verano ha sido bueno y el año está siendo muy bueno. La Bolsa mundial lleva siete meses seguidos subiendo y acumula ganancias próximas al 20%. La sensación actual que apreciamos en nuestro sector –de la que no somos inmunes– es la de querer cerrar el año ya, esto es, amarrar el resultado.

Se me ocurren distintos motivos. Una rentabilidad del 20% en Bolsa es una rentabilidad por encima de la media. El año natural tiene mucho de estándar de medición: mucho efecto en cómo nos miden los clientes y, posiblemente, en cómo se remunera a los gestores. Un inversor a medio o largo plazo debería prestar menos atención a los últimos 12 meses, pero eso es algo en lo que debemos seguir trabajando. Además, subir siete meses de manera consecutiva es como lanzar una moneda y que te salgan siete veces cara, una racha muy buena que podría romperse en cualquier momento; mejor no seguir tentando a la suerte.

Por último, venimos de una buena remontada (no hace tanto sufrimos una caída de las Bolsas del 35%) y queremos que el árbitro pite el final del partido: quedarnos con las buenas sensaciones y cancelar la ansiedad pasada. Parte de la percepción que tenemos sobre los resultados tiene que ver con el camino recorrido hasta alcanzarlo. Ante un mismo resultado, te sientes mejor en el que ha ido de menos a más que en el que ha ido de más a menos.

La pura realidad, si es que eso existe, es que no sabemos lo que va a pasar. Con el añadido, en estos tiempos que corren, de que vender o reducir renta variable supone destinar dichos recursos a activos que van a generar poca, nula o negativa rentabilidad.

Seguimos constructivos con la renta variable. Nos mantenemos ligeramente sobreponderados, con sesgo a empresas de calidad y con algo de coberturas (seguro) en nuestras carteras mixtas por si se produjera un accidente, ¡quién sabe!

Ángel Olea es socio y director de inversiones de Abante