Decálogo para la comunidad internacional ante la barbarie talibán

Occidente no puede abandonar a los afganos que luchan para impedir la teocracia islámica más radical de la historia

La caída de Afganistán en manos de los talibanes es una tragedia para su población y un fracaso para la coalición internacional que invadió el país en 2001 y durante dos décadas ha intentado construir un país democrático que mejorara el nivel de vida de sus 37 millones de habitantes.

No se ha desarrollado una clase política e instituciones legítimas a los ojos de la población, especialmente la rural (un 74% del total). Se apostó por líderes corruptos como Hamid Karzai y Ashraf Ghani. La misión original autorizada por la resolución 1386 de la ONU de invadir Afganistán por su negativa a entregar la cúpula de Al Qaeda se convirtió bajo el presidente George W. Bush en una lucha global poco realista contra el terrorismo islámico. A los 150.000 soldados de los 51 países de la ISAF se les encomendó la misión casi imposible de simultáneamente arrinconar a los talibanes, crear y entrenar un Ejército Nacional Afgano (ENA) previamente inexistente y ganarse el apoyo de la población con proyectos de desarrollo.

Afganistán tiene 652.860 km² y está situado en plena cordillera del Hindu Kush. La rivalidad entre pastunes, tayikos y uzbekos es histórica. Pakistán alentó el suministro de armas a los talibanes. Obama se equivocó al retirar parte del contingente de EEUU, aunque en 2010 corrigió el error con el envío de 30.000 tropas. Trump negoció un absurdo acuerdo que obligaba a la retirada el pasado 1 de mayo y solamente exigía a los talibanes no atacar. Se debieron fijar líneas rojas cuya vulneración acarrearía consecuencias.

Biden rechazó el consejo de sus militares de dejar 4500 fuerzas en el país. Anunció en abril a bombo y platillo la retirada total. Permitió así a los talibanes ejecutar su plan labrado durante los 17 meses de negociaciones en Doha. Ofrecieron cargos y dinero a militares y políticos de nivel medio y bajo en provincias dónde tienen poco arraigo. Ante la pérdida del apoyo aéreo y financiación de EEUU, soldados poco motivados regresaron a sus lugares de origen. La inversión militar de 778.000 millones de dólares, los 88.000 millones para entrenar al ENA y los 44.000 millones en proyectos de desarrollo han sido incapaces de generar la voluntad entre los afganos de luchar por los avances conseguidos.

Pero los 2.452 soldados estadounidenses y 3.561 de otros países que perdieron la vida no murieron en vano. La escolarización de más de 9,2 millones (y un 39% de niñas) es diez veces superior a los 900.000 de 2001. Se han asfaltado 17.903 km de carreteras, que contrastan con los 80 km de 2001. Las mujeres se han incorporado a la administración pública y desarrollado carreras profesionales. Una generación de afganos ha gozado de unos niveles de libertad inéditos en su historia. En Occidente no debe arraigar la resignación y autoflagelación. Los talibanes se enfrentan a muchos desafíos logísticos y económicos. Exportan el 80% de opio y heroína mundial, que en 2020 les aportó 1.600 millones. Es perentorio que EEUU, la UE, los miembros de la OTAN y de la OCDE adopten medidas comunes. Entre ellas destaca que al igual que el Ministerio de Finanzas de EEUU, los otros países congelen los activos de los talibanes en bancos, impedir que accedan a las reservas del Banco Central Afgano y que exporten opio y heroína. La OTAN y la OCDE debe coordinar sus acciones con el FMI y el Banco Mundial, que deben condicionar aportación de divisas y reanudación de proyectos de desarrollo al respeto de los derechos humanos.

Los programas LLD/LFT del Banco Mundial y el StAR prohíben que se empleen recursos derivados de actividades ilícitas como la exportación de heroína. En la cumbre del G7 de junio se consensuaron iniciativas para competir con China en su intento de fidelizar a países pobres y emergentes con sus inversiones en infraestructuras mediante la Iniciativa de la Franja y la Ruta. El desarrollo de Afganistán pasa en parte por la explotación de sus reservas de gas natural, litio, oro, cobre y azufre. Pero no hay logística ni maquinaria en Afganistán para crear yacimientos y mucho menos gaseoductos. A Moscú y Pekín no les interesa la presencia de un régimen que atraerá nuevamente a Al Qaeda e ISIS, que a su vez colaborarán con los grupos islámicos violentos del Cáucaso ruso y Xinjiang. Los medios de comunicación, las ONG y la diáspora afgana deben presionar para que se acoja a los afganos que trabajaron para las fuerzas de la ISAF.

Canadá y Alemania celebran elecciones el 20 y 26 de septiembre, respectivamente. Los partidos que concurren a dichos comicios deben fomentar los derechos de las mujeres, las minorías étnicas y religiosas, entre las que figura la cristiana, en Afganistán. Facebook y Twitter deben bloquear las cuentas de los talibanes. Se podría establecer un gobierno afgano provisional en el exilio. Hay que evitar el reconocimiento diplomático del emirato feudal talibán, incluso por parte de los miembros de la Liga Mundial Islámica y la Organización de la Conferencia Islámica.

Además de los países occidentales, aportaron tropas a ISAF Malasia, Emiratos Árabes Unidos, Azerbaiyán y Baréin. Con la guerra del Golfo de 1990, EEUU recuperó la confianza perdida en Vietnam. Ahora los referentes para los soldados jóvenes son Irak y Afganistán. Una presencia militar en Pakistán garantizaría que no se desestabilice el país y gestionar la salida de refugiados. Permitiría además ataques cuando se compruebe el inevitable retorno de terroristas a Afganistán. Ante las primeras víctimas mortales por protestas contra los talibanes, Occidente no puede abandonar a los afganos que luchan para impedir la teocracia islámica más radical de la historia.

Alexandre Muns Rubiol es Profesor de EAE Business School