Los bajistas sobrevivirán al asalto de las acciones meme

La etapa final de toda burbuja se caracteriza por la capitulación de los ‘bears’, como pasó con las puntocom

Tienda de GameStop en Pasadena (California, EE UU).
Tienda de GameStop en Pasadena (California, EE UU). REUTERS

Los autodenominados “autistas” de WallStreetBets han vuelto. Después de su épico short squeeze (antibajismo) sobre el minorista de videojuegos GameStop en febrero, el foro de Reddit ha impulsado a una variedad de acciones “meme”, desde el operador de cines AMC hasta la cadena de comida rápida Wendy’s. Una vez más, los que apuestan contra esos valores están en la cuerda floja. Incluso se ha planteado si el advenimiento de los acaparamientos de mercado generados por estos enjambres llevará a la extinción de los bears (osos, o bajistas, en inglés) de Wall Street.

Este siempre ha sido un negocio complicado. Los bears deben nadar contra la marea inexorable de un mercado en alza. Los retornos son asimétricos: sus ganancias están limitadas, pero las pérdidas son potencialmente infinitas, como descubrieron los detractores de GameStop. Además, deben cubrirse o reajustarse cuando sus apuestas se les ponen en contra. No es de extrañar que pocos elijan esta línea.

Los bears viven con el temor de que se hable de uno de sus cortos en WSB y se abalancen sobre él. Es lo que ha pasado con Wendy’s, cuyo precio ha subido hace poco un 27% en un día. Ni siquiera era una acción meme típica: su negocio no estaba en entredicho de forma evidente, ni era objeto de grandes apuestas. Se insinúa que los seguidores de WSB la escogieron porque vende “tiras” de pollo, que compran para celebrar sus éxitos en el trading. Naturalmente, los cortos corrieron a cubrirse.

Los squeezes de acciones meme han devastado los retornos de la venta en corto. En 12 meses, hasta finales de mayo, el índice de Goldman Sachs de acciones muy vendidas en corto subió más del 140%. El Citigroup U.S. Short Interest cuenta una historia similar. Entre su nacimiento, en junio de 2015, y el final de 2019 este índice corto cubierto subió un respetable 35%. Pero durante el mercado alcista pandémico, la mayoría de esas ganancias se han evaporado.

Un nuevo artículo de Edmund Bellord, estratega de inversiones de la gestora Harding Loevner (y excolega mío), sugiere que el aumento de los “short squeezes descentralizados y autoorganizados que se materializan espontáneamente” plantea una amenaza existencial para los bajistas. Bellord anticipa que, a medida que sus filas adelgacen, y su papel en la fijación de precios y la provisión de liquidez se reduzca, los mercados podrían desestabilizarse.

Pero parece prematuro pronosticar la muerte del bear. Existen al menos desde el siglo II a.C., cuando el dramaturgo Plauto describió dos facciones que operaban con acciones en el foro romano: los “meros hinchadores” y los que describió como “tipos impúdicos, habladores y malévolos, que audazmente, sin razón, se calumnian unos a otros”, a los que consideramos bears. Desde que la República Holandesa prohibió esta práctica a principios del XVII, ha habido muchos intentos de ilegalizarla, pero siempre resultaron letra muerta.

La amenaza de las acciones meme también tiene precedentes. Los bears se enfrentaron a peligros mucho mayores en la Edad Dorada (finales del XIX), cuando se produjo una serie de acaparamientos de acciones de trenes. En general los organizaban los grandes barones ladrones que controlaban el sector. Sus mayores víctimas fueron los bajistas profesionales, como Jacob Little, conocido como el Great Bear y el Napoleón de Wall Street; y Daniel Drew, a veces apodado Osa Mayor y la Esfinge de Wall Street. Drew es famoso por su coplilla sobre las obligaciones legales del bear: “El que vende lo que no es suyo, debe recomprarlo o ir a la cárcel”. Murió en bancarrota.

Los trucos de los operadores de grupo eran más sofisticados que los de hoy: simulaban la debilidad de una acción para atraer a la gente a ponerse en corto (el “truco de la perdiz”), prestaban acciones, fijaban precios falsos con “ventas de lavado” y empleaban “pistas” para difundir falsos rumores. Cuando se vendían más acciones en corto que las disponibles para cubrirlas, el operador de grupo “sangraba” sin piedad a los bears. La diferencia clave es que hoy se dice que los estrangulamientos se forman espontáneamente. Pero, dado que en los foros se publica de forma anónima, es posible que alguien esté dirigiendo a la multitud en secreto. Eso es lo que creen algunos bajistas, aunque no hay pruebas.

El fenómeno no es nuevo. En su historia del crac de 1929, J.K. Galbraith describió cómo los boletines de los brókeres informaban diariamente de que operadores de grupo no identificados estaban a punto de “encargarse” de GM y Radio Corporation of America –los valores meme de la época–. Mientras los minoristas se apresuraban a comprar, los gestores de grupo vendían discretamente. La gente, escribía, no sabía que estaba siendo esquilmada. La gente de Robinhood está igualmente a oscuras.

En el otoño de 1929, los bears eran una especie en extinción. Aunque luego se les culpó de la gravedad de la caída, un estudio de la Bolsa de Nueva York reveló que menos de una centésima del 1% de las acciones se habían vendido en corto en el momento del crac. Según la tradición, la etapa final de toda burbuja se caracteriza por la capitulación de los bears. En 1999, Julian Robertson deshizo su Tiger Fund tras sufrir grandes pérdidas por vender en corto valores de internet. Según Goldman Sachs, la mediana del interés en corto del S&P 500 (como porcentaje del valor de mercado) ha caído al 1,5%, nivel que se vio por última vez en el pico de las puntocom.

La historia sugiere que los vendedores a corto plazo sobrevivirán. De hecho, con el aumento de la inversión pasiva, son más necesarios que nunca. Como dijo el inversor Bernard Baruch, “para disfrutar de un mercado libre, debe haber tanto compradores como vendedores, toros (bulls) y osos. Un mercado sin osos sería como una nación sin prensa libre. No habría nadie para criticar y frenar el falso optimismo que siempre conduce al desastre”.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías