15 años de fintech: qué ha cambiado y qué permanece

En el proceso de consolidación del sector, los reguladores serán más exigentes y el factor humano, es decir, personas que atienden a personas, aumentará

Prácticamente se cumplen quince años desde la aparición del fenómeno fintech, presente entre nosotros con su configuración actual desde la crisis de 2007-2008, lo que constituye tiempo suficiente para determinar qué permanece y qué ha cambiado desde entonces en este movimiento innovador en el mundo financiero.

Hay que decir, no obstante, que el binomio finanzas-tecnología lleva mucho tiempo entre nosotros. Hizo su aparición desde el mismo inicio del siglo XX, cuando inventos como el telégrafo y el morse se erigieron en los primeros instrumentos de comunicación para la realización de transferencias de fondos. A partir de ese momento, la cadena de innovaciones en el sector financiero no se ha detenido, con hitos tan importantes como la aparición de las tarjetas de crédito a principios de los años cincuenta del pasado siglo, o la creación de Swift, el primer protocolo de comunicación entre instituciones del sector financiero para realizar pagos internacionales, a partir de los años 70. Además, en el último cuarto de siglo del siglo pasado, tuvo lugar el desarrollo de la computación bancaria, y bordeando 2000, asistimos a la digitalización de los procesos internos y externos con clientes y al lanzamiento de los primeros modelos comerciales de banca en internet.

Ahora bien, lo que sucede en la primera década del presente siglo para que podamos hablar de la eclosión del fenómeno fintech es la convergencia de diversas tecnologías de la información y de la comunicación que para entonces han alcanzado su punto de madurez. Hablamos, por ejemplo, de la universalización del internet de alta capacidad y la estandarización del cloud computing como una nueva forma de entender el consumo de tecnología; del desarrollo del big data y la inteligencia artificial como herramientas de análisis y control en entornos digitales, y de la definitiva generalización del uso de la telefonía inteligente en la sociedad. De hecho, el teléfono se ha convertido desde entonces en el primer interfaz para el acceso del público a todo tipo de servicios, incluidos los de naturaleza financiera.

A este estado de madurez tecnológica se sumarán factores ambientales y regulatorios, como la propia crisis económica que sucede a la financiera, que aconseja reducir costes de operación en un entorno además de morosidad y bajos tipos de interés, una pérdida de confianza hacia las instituciones financieras tradicionales, y nuevas legislaciones que liberalizan el acceso de nuevos operadores a nichos de mercado que hasta entonces solo habían estado abiertos a los bancos.

Son estos parámetros los que definen el nuevo marco en el que bancos y fintech van a tener que desenvolverse en adelante. A favor de los primeros jugará una relación muy estrecha con los clientes que acuden a las sucursales bancarias, lo que redundará en un conocimiento muy profundo de sus perfiles, pero tendrán en contra unas pesadas estructuras productivas, constituidas por gigantescas redes comerciales y voluminosas plantillas de personal. Y un factor adverso más: por lo general, son entidades locales (incluso aquellos grupos que cuentan con bancos en varios países) que operan en un mercado muy maduro con una alta presión de la competencia.

Frente a los bancos tradicionales, las fintech, por la propia naturaleza de internet y de las tecnologías asociadas a este canal que soportan sus operaciones, nacieron ya globales y se apoyan sobre unas estructuras muy ligeras. Cuentan además con unas cadenas de decisión muy cortas, propiciadas por organigramas más horizontales, lo que les permite adaptarse con rapidez a los nuevos escenarios, y salvo excepciones, no se proponen ofrecer al mercado servicios financieros generales, sino proporcionar soluciones en unos nichos muy concretos en los que son especialistas.

A pesar de todo, lo que en un primer momento se concibió como como un juego de suma cero entre bancos y fintech en un entorno dominado por recelos y sentimientos de amenaza, se ha convertido quince años después en un deseo de colaboración entre los dos mundos, que se ha materializado en numerosas operaciones de integración. Por tanto, más que en un proceso de confrontación, nos hallamos en uno de evolución, que permite a los clientes aprovecharse de lo mejor de los dos mundos.

A partir de este punto, ¿qué cabe esperar que ocurra en el ecosistema fintech? Pensamos que probablemente caminará hacia su consolidación definitiva. Eso significa que habrá un número de empresas que se quedarán por el camino por falta de viabilidad de sus modelos de negocio o de capacidad para financiar su crecimiento. Otras seguirán creciendo a gran velocidad gracias a su experiencia y masa crítica o a los acuerdos que puedan cerrar con bancos, desarrollando soluciones a necesidades o segmentos específicos del mercado no bien cubiertos hasta ahora.

Hay que decir, además, que en el proceso de consolidación de las fintech jugarán un papel fundamental en adelante los organismos reguladores, que serán mucho más exigentes de lo que lo fueron hace quince años en asuntos de cumplimiento normativo y solvencia financiera.

Además, frente a ese entorno de primacía tecnológica absoluta que algunos han querido ver en la interacción de las fintech con los clientes, creemos que se impone un modelo basado en un fuerte componente humano, en el que habrá personas que atienden a personas. Este es el camino que han tomado algunas de las fintech con más éxito en el mundo, y constituye otro punto de encuentro entre el universo tecnológico y la tradición financiera.

Luis Azofra es Director general de Ebury España