Los planes de choque contra el paro juvenil no funcionan solos

El Gobierno debería recordar que la primera fuente de empleo, también en los jóvenes, es la recuperación de la actividad económica ayudada por una legislación laboral flexible

Con un dramático panorama de desempleo que afecta a cuatro de cada diez jóvenes menores de 25 años, España ostenta el lastimoso récord de ser la primera economía europea en tasa de paro juvenil, hasta el punto de duplicar la media de la UE. La respuesta del Gobierno frente a la magnitud creciente del problema –que desde hace años arrastra rasgos casi endémicos, pero que se ha agravado por la crisis derivada de la pandemia– ha sido anunciar un plan de choque dotado con 4.375 millones de euros. Un total de 600 millones se adjudicarán a las comunidades autónomas para financiar contratos formativos dirigidos a menores de 30 años, otros 775 se invertirán en programas de empleo joven “novedosos”, y en torno a 3.000 millones se destinarán a la Garantía Juvenil Plus, un plan alimentado con recursos del Fondo Social Europeo. En total, según explicó ayer Pedro Sánchez, “habrá formación y contratación para más de un millón de jóvenes en los próximos tres años”.

El anuncio de Sánchez suena bien, pero sobre todo suena a conocido. El presidente ya anunció en 2018, tras completar sus primeros 100 días de Gobierno, un plan de choque contra el desempleo juvenil para 2019-2021 con el objetivo de reducir el paro de los jóvenes en diez puntos, y cuyos pobres resultados se vieron definitivamente truncados con el estallido de la pandemia. En el caso de la Garantía Juvenil Plus, hay un precedente en el programa Garantía Juvenil puesto en marcha en 2013 con fondos europeos, y que en España, tal y como la propia Bruselas constató al evaluar los resultados, resultó un estrepitoso fracaso, hasta el punto de que casi el 90% de sus potenciales destinatarios no llegaron a registrarse o a enterarse de su existencia.

Un país en el que un 40% de los jóvenes menores de 25 años no tiene empleo afronta un serio riesgo no solo para la viabilidad de su modelo económico, sino para el normal funcionamiento de su convivencia civil. La experiencia de España con los programas de ayuda y los planes de choque contra el desempleo juvenil, que más de una vez han sido utilizados como señuelo populista, no permite recibir con excesivo optimismo la grandilocuente ofensiva anunciada por Sánchez. Aunque las ayudas son siempre bienvenidas, es la ejecución sobre el terreno lo que marca la diferencia entre el éxito y el fracaso en este tipo de iniciativas. Más allá de ese extremo, el Gobierno debería recordar que la primera fuente de empleo –también del juvenil– es la recuperación de la actividad económica, impulsada por una legislación laboral flexible que permita a las empresas mover y animar el mercado laboral.