La Superliga saca a la luz los vicios del futbol

Los equipos asumen costes excesivos y dinámicas de gestión que recuerdan a las cajas de ahorros, que murieron sin saber quién era el dueño

El prematuro fallecimiento de la Superliga revela la desconexión entre capos y aficionados del fútbol, distanciamiento especialmente llamativo en el caso del constructor Florentino Pérez, presidente del Real Madrid y de la European Super League Company SL. Para el líder blanco, la Superliga viene para rescatar a los clubs de la ruina en la que han caído con la pandemia, para lo que es imprescindible “sacar más dinero”, dijo con su fino lenguaje en El Larguero de la Ser.

Es difícil asumir que el futbol está en quiebra cuando sus protagonistas son los trabajadores mejor pagados del mundo. En junio de este año termina el contrato de Lionel Messi con el Barcelona por el que habrá cobrado 555 millones de euros en cuatro años. No es extraño que Karl-Heinz Rummenigge, presidente del Bayern de Múnich, haya dicho que el problema del fútbol es de costes, no de ingresos, que dice Pérez.

Cualquiera comprende la perversión de esta Superliga, una competición de 20 clubs, en la que 15 son socios con derecho de pernada y cinco tienen que luchar para ganarse el puesto entre una pléyade de un centenar de clubs de toda Europa. La sentencia la pronunció Pep Guardiola: “no es deporte cuando el éxito está garantizado de antemano y cuando no importa si pierdes”. Por eso el principal equipo de Alemania, dirigido por el ex futbolista Rummenigge, no ha querido participar en este simulacro.

A estas alturas, hay consenso en que la Superliga está muy mal concebida, y que las malas prácticas de la UEFA o la FIFA no son razones suficientes para convencer a la afición de que una competición adulterada es la mejor receta para redimir al futbol. Por eso, son muchos los que se preguntan qué ha podido pasar a Florentino Pérez para cometer un error de semejante magnitud. Quizás la respuesta esté en el enorme éxito del fútbol, que hace tiempo que mutó de deporte profesional a negocio. Ahora la Superliga parece proponer que se imite a la Lucha Libre americana, una performance de actores hipermusculados.

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? La respuesta quizá esté en que el éxito del fútbol como contenido de televisión le ha llevado a un crecimiento demasiado rápido y desordenado, que le ha provocado ciertas atrofias, como el personalismo y la debilidad de gestión, especialmente preocupantes en los grandes clubes.

La transformación del fútbol vino con las millonarias audiencias de las retransmisiones por televisión. Hasta entonces, los clubs se financiaban con las cuotas de los socios y la taquilla. Con la televisión se multiplicaron los ingresos por publicidad y derechos de televisión, que ahora pueden volver a dispararse con internet y las redes sociales.

Los consumidores dedican una media de 3 horas y 40 minutos a pasearse por el teléfono móvil. Para rellenar ese tiempo se está desarrollado toda una industria de contenidos y publicidad y el fútbol es uno de los mejores ingredientes. Para hacerse una idea, basta señalar los casi 92 millones de seguidores que tiene Cristiano Ronaldo en Twitter o los 37 millones del Real Madrid.

La retransmisión de los partidos de fútbol fue el gran argumento comercial de la televisión de pago. Tuvieron tanto éxito que buena parte de esas cadenas fueron adquiridas por las empresas de telefonía (Movistar compró Sogecable), ya que el abono al fútbol se convirtió en el mejor gancho de las compañías de móviles. Ahora son las grandes plataformas de internet (Facebook, Amazon, Google) y las televisiones globales en streaming (Netflix, HBO, Prime TV, etc) las que se están lanzando a por las retransmisiones. Amazon Prime TV ya se ha hecho con parte de los derechos de la Premier League inglesa.

Eso es lo que está detrás de la Superliga, la reventa de los derechos a las grandes plataformas de internet. El problema es que comercialmente sólo funcionan los grandes clubs, el resto tiene los mismos costes de retransmisión y no captan ni la décima parte de publicidad. Por eso los equipos asociados en la Superliga quieren una competición más pequeña que la Champions y sólo para ellos, para que les quede más dinero. Olvidan que el circo es un todo, que son importantes los acróbatas y los payasos.

De los 20 equipos que hay en la primera división de la liga española, aún hay cuatro, Real Madrid, Barcelona, Athletic de Bilbao y Osasuna que son propiedad de los socios, una especie de cooperativas de un hombre un voto. Este esquema de propiedad tenía sentido cuando eran clubs amateurs, ahora resultan artefactos explosivos que manejan presupuestos y responsabilidades de cientos de millones de euros. Por eso, aunque Joan Laporta ha ganado las elecciones del Barcelona, el mando en la sombra lo ejercen la Fundación La Caixa y una empresa de renovables.

Este esquema de propiedad puede llevar a los clubs al mismo problema que vivieron las cajas de ahorros en la crisis financiera pasada y ojo a las mutuas. La dilución de la propiedad entre decenas de miles de socios facilita que los gestores se adueñen de la compañía. Por eso no sorprende que Florentino Pérez diga que él no tenía que consultar a los socios el lanzamiento de la Superliga. Es un contrasentido que sea una competición tan importante como para salvar el fútbol y tan irrelevante como para no requerir el voto del socio.

Lleva razón Florentino Pérez cuando reclama más transparencia para el mundo del fútbol. Claridad en la propiedad, rendición de cuentas, auditorías y retorno al deporte como concepto convienen a todos. Si algún equipo de fútbol de los grandes quiebra no lo van a capitalizar los socios por cuestación popular, habrá que rescatarlo como las cajas de ahorros y si no al tiempo.

Aurelio Medel es Doctor en Ciencias de la Información. Profesor de la Universidad Complutense