El bitcóin es por ahora el impulso de la fe

Parece más una cuestión de gente que quiere unirse a la fiesta que de apreciar la viabilidad a la larga de algo que abre nuevos caminos

Las criptomonedas son objeto constante de conversaciones y exageraciones. El bitcóin, la estrella de la función, parece saltar todos los días cada vez más alto y a pasos agigantados. Por eso, quiero ofrecer a continuación algunas reflexiones a tener en cuenta.

Lo primero de todo, permítanme comenzar advirtiendo que intentar valorar un activo como este es un verdadero desafío. Realmente no estoy seguro de por dónde habría que empezar. Las criptos como el bitcóin se mueven por el impulso de la fe de los inversores y por nada más. Este punto de partida pone en evidencia las dificultades a las que se enfrentan estos activos. Por supuesto, hay otros activos que también dependen de la fe. Pero las acciones y los bonos tienen modelos razonables que ayudan a determinar su valor. Los beneficios, los flujos de ingresos… sirven para hacer un análisis. Y el bitcóin no tiene nada de eso. He ahí el desafío.

Un marco apropiado entonces para poder reflexionar sobre el bitcóin debería ser el de sus ventajas e inconvenientes o, al menos, hacerse una serie de preguntas.

La primera de todas. ¿Es el bitcóin una reserva de valor? Realmente parece que sí. Pero en estos momentos se ha convertido en un viaje con dirección única, cada vez más alto. Por lo tanto, ¿estamos confundiendo lo que significa reserva de valor con una apreciación significativa? Lo que pone a prueba la validez del argumento de un activo como reserva de valor es la volatilidad asociada al mismo. Por regla general, los activos que exhiben esta característica tienden a no experimentar enormes oscilaciones de precios en el curso de un día o una semana. Y sí, la volatilidad se puede ver como un instrumento de diversificación de una cartera, pero eso depende de cuándo y cómo se manifieste. Si ésta procede de pura especulación, ¿podemos considerarla como una diversificación seria y sólida de las carteras?

Segunda cuestión: el dólar. He oído hablar mucho del colapso del dólar. Con todo el gasto público y la hemorragia fiscal actuales, el dólar simplemente se convierte en algo sin valor. Dado que los gobiernos no tienen el control del bitcóin, por no mencionar el suministro del criptoactivo, parece apropiado para presentarse como alternativa al billete verde. Puede ser. Pero yo no estoy en el bando de los que esperan una debacle total del dólar estadounidense; ni siquiera estoy en el de los que pronostican una significativa debilidad a partir de ahora. Como decía antes, a lo largo de mi carrera profesional he oído hablar una y otra vez de la hecatombe inminente del dólar. Y ¿adivinan qué? Eso nunca ocurre. El dólar está demasiado arraigado en las transacciones financieras mundiales. Para el sistema, abandonarlo llevaría décadas, no semanas. Por lo tanto, es difícil para mí poder aceptar este argumento del dólar.

¿La privacidad del bitcóin? Vale. Pero cuanto más generalizada sea la aceptación de las criptomonedas, más elevado será el escrutinio al que se verán sometidas y mayor la posibilidad de una regulación. Al final, los gobiernos se verán implicados de una manera o de otra. Si hay ingresos fiscales de por medio, las administraciones se asegurarán de obtener la parte que les corresponde. Es decir, en algún momento, esa privacidad del bitcóin y otros criptoactivos terminará siendo regulada. Y hasta que los gobiernos acepten impuestos en bitcóins, estos activos se verán bajo una vigilancia in crescendo. Recuerden: en Estados Unidos, los impuestos se pagan en billetes verdes y estos están respaldados por un ejército permanente. No se puede decir eso del bitcóin.

Lo que complica el telón de fondo para las criptos es la falta de uso generalizado. El bitcóin no han sido aceptado masivamente como medio de intercambio en transacciones comerciales legítimas. Esto podría llegar a ser una realidad a su debido tiempo: igual sí, igual no. De momento, el timing y el volumen de transacciones posibles con una tarjeta de crédito eclipsan completamente a las que puedan ejecutarse con bitcóins.

Es cierto que se está expandiendo el uso de las criptos. Pero aún están a años luz de poder competir con las tarjetas de crédito. Algunas grandes compañías y actores institucionales de la industria de gestión de activos se están implicando en la cuestión. Pero, una vez más, quizá con el tiempo sea diferente. Mientras no me pueda comprar con bitcóins un refresco en la tienda de la esquina, seguiré cuestionando su utilidad.

Por supuesto, su correlación con la renta variable y los bonos es baja, lo que da argumentos a la idea de la diversificación. Pero ¿es suficiente como para respaldar esa reivindicación? La evidencia empírica es lamentablemente escasa. El bitcóin ha copado los titulares en un entorno en el que prácticamente no hay inflación. Antes de subirme de un salto a la ola de entusiasmo, me gustaría ver una trayectoria histórica más larga.

¿Ha llegado el bitcóin para quedarse? Quién sabe. Pero hay una distinción muy importante entre la criptomoneda y la tecnología blockchain sobre la que se ha desarrollado. El uso de la tecnología no garantiza la adopción a largo plazo de la moneda.

¿Potencial alcista a corto plazo? Muy posiblemente. ¿A largo plazo? Nadie lo sabe. De momento parece más algo de gente que quiere unirse a la fiesta que de apreciar la viabilidad a largo plazo de una cosa incierta y que abre nuevos caminos. Eso sí, el precio tiene la curiosa costumbre de hacer cambiar de opinión a la gente.

Jack Janasiewicz es gestor y estratega de carteras en Natixis Investment Managers