El endeudamiento por la pandemia, un mal necesario que urge reconducir

España debe transmitir a los mercados y a Europa el mensaje de que puede reconducir sus finanzas públicas y de que está preparada para hacerlo antes de que se lo exijan

El mazazo que ha supuesto la irrupción del Covid-19 en las economías mundiales y las medidas necesarias para luchar contra su expansión han dejado una severa huella en las finanzas públicas, obligadas a multiplicar el gasto y elevar el endeudamiento para limitar los efectos sanitarios y económicos de la pandemia. En el caso de España, más que de una huella podría hablarse de una herida, dado que las arcas del Estado han tenido que incrementar la deuda en 112.438 millones de euros para poder cubrir la factura sanitaria, económica y social causada por la crisis. El ratio de endeudamiento a cierre de año se disparó desde el 95,5% al 117%, el mayor nivel desde la Guerra de Cuba y el segundo mayor incremento en euros en la democracia, tras un 2009 en el que los pasivos de las Administraciones crecieron en 128.000 millones.

Aunque es cierto que la cifra mejora las previsiones que se manejaban hace apenas seis meses y que apuntaban a un crecimiento encima del 120%, el volumen de endeudamiento que ha registrado España en 2020 supone un lastre de muy difícil manejo y tiene efectos extremadamente dañinos para la economía. Una deuda abultada reduce el margen de actuación fiscal del Estado necesario para atender otras políticas debido a la absorción de recursos que genera y restringe también la iniciativa del sector privado al detraer rentas y desincentivar las inversiones frente a un horizonte de previsible aumento de la presión fiscal. Todo ello supone un freno al crecimiento económico –que es es necesario a su vez para ayudar a reducir el endeudamiento– y genera fragilidad y una menor capacidad de reacción ante la irrupción de nuevos riesgos externos.

Pese a todo, es indudable que el fuerte incremento del gasto público en los últimos meses ha sido un mal necesario para atender un bien mayor: la lucha contra la pandemia y el sostenimiento económico de empresas y familias en un entorno de hibernación obligada de la actividad. Ese esfuerzo, que se traducido en refuerzos sanitarios y medidas de soporte como los ERTE, los créditos ICO, las ayudas sociales y las prestaciones de desempleo, ha posibilitado que las rentas de los hogares hayan caído menos de la mitad de lo que se ha hundido el PIB y que miles de empresas hayan podido sobrevivir al peor año de la crisis. Pero también obliga al Gobierno a salir de la parálisis que ha adoptado en este ámbito y afrontar seriamente y cuanto antes la puesta en marcha de un plan dirigido a encauzar la deuda y el déficit público. Una hoja de ruta creíble y capaz de transmitir a los mercados y a Europa el mensaje de que España puede reconducir sus finanzas públicas y de que está preparada para hacerlo antes de que se lo exijan.