Las divisiones blindadas de la Unión Europea

La integración europea sobrevive sin necesidad de un ‘poder duro’ gracias a los sustanciosos intereses económicos exteriores que genera su mercado

Las divisiones blindadas de la Unión Europea

Dice una anécdota, nunca suficientemente confirmada, que en los momentos más duros de la Segunda Guerra Mundial cuando Stalin estaba dictando sus órdenes de batalla a sus subalternos, se le dijo que quizá convendría consultar con el Papa. El dictador soviético contestó: “y, ¿cuántas divisiones blindadas tiene el Papa?”

El raciocinio de la pregunta se ha usado en la teoría y práctica de las relaciones internacionales consistentemente para ilustrar una visión de la escuela realista, en connivencia con clásicas interpretaciones como las de Tucídides y von Clausewitz. La reflexión rusa frecuentemente se ha aducido para interpretar el nivel real de la influencia de la Unión Europea en la escena internacional desde mediados del pasado siglo.

Nunca ha sido fácil explicar el nacimiento y supervivencia del invento de Monnet y Schuman mediante una variante del realismo. Uno de los clichés sobre el alma de la UE es como un ejemplo de poseer un poder blando, según los argumentos fundacionales de Joseph Nye. Concuerda con el nacimiento de una entidad cuyos iniciales dirigentes eran mayoritariamente democristianos, que basaban su lógica en la reconciliación y que propulsaron un nuevo ente basado en una insólita declaración de interdependencia. Mientras el grueso de la historia de las relaciones internacionales rezumaba el fenómeno de la guerra, la UE tozudamente justificaba su existencia sobre la estrategia de la paz.

Ciudadanos ajenos a Europa trataban de contestar a la pregunta acerca del motivo de la fundación de la UE con respuestas peregrinas como la competencia con Estados Unidos, la mejora de la economía europea, y el refuerzo del capitalismo. Raramente se aludía al objetivo de convertir a la guerra en “impensable, y materialmente imposible”.

Desde entonces no ha sido fácil entender la UE, porque para hacerlo, “uno debe ser francés o muy inteligente” como una vez dijo Madeleine Albright. Certeramente describió la UE como algo sumamente complejo, sobre todo si se insiste en verla con las lentes del poder duro.

Lo curioso es que su supervivencia resulta un enigma desde más de 70 años, en una ya larga existencia sembrada junto a experiencias tan impactantes como la Guerra de Vietnam, el final de la Guerra Fría, la desaparición de la Unión Soviética, y ahora el cuestionamiento de los fundamentos de Estados Unidos.

A pesar de logros tan impresionantes como la adopción del euro, la mejora notoria del nivel de vida de los europeos, su comparativamente superior longevidad, la sensación agradable de poder viajar y residir en todo el territorio de la UE, se siente interiormente cierta incomodidad y se duda de su supervivencia.

La explosión producida por el Brexit, apenas suavizados los efectos de la crisis económica de 2008, mientras renacen algunos de los males del pasado (nacionalismo, autoritarismo, racismo), y el territorio comunitario se ve acosado por la inmigración descontrolada, no ha ayudado a suavizar los temores. Dentro y fuera son insistentes las predicciones de su desaparición. Y los especialistas se preguntan por qué, mientras numerosas voces se muestran en desacuerdo con esas predicciones pesimistas.

A este sector pertenece Anu Bradford, profesora de derecho de la Universidad de Columbia de Nueva York, autora de un libro que ha sido calificado como el más impactante de la década. Su título es El efecto Bruselas (Oxford University), reproducido insistentemente como un término que está destinado a entronizarse en el vocabulario permanente de la UE. La tesis central es que la UE, a pesar de su carencia de poder duro, ha conseguido no solamente su supervivencia, sino una posición de preeminencia en el teatro mundial.

Pero esa naturaleza de agente global no proviene de los métodos tradicionales de imposición de sus intereses, sino simplemente mediante el arma de algo tan sencillo como el derecho, desarrollado en el diseño de un entramado de normas en el escenario interno de la industria, los negocios, el medio ambiente, la agricultura, y la protección ante el cambio climático. Pero estas normas no son impuestas sobre los territorios externos, al modo imperialista, sino que, insólitamente, son auto-adoptadas por los propios negocios externos, voluntariamente.

¿Cómo esto se consigue, sin la imposición del poder de la UE? La respuesta de Bradford es muy sencilla: los actores externos, en Estados Unidos, América Latina, Asia, sopesan entre el coste de agregar los standards de las regulaciones del UE o perder tal mercado tan sustancioso. Dudan ante verse obligados a adoptar las normas comunitarias o incluso ser sus mercancías rechazadas, una vez iniciado el proceso de ingreso en el gigantesco mercado único de la UE.

Sabiamente optan por hacer la inversión necesaria y colocar el sticker azul con las doce estrellas doradas de la UE como garantía, regalo de cortesía de la papisa Ursula Von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. La UE no obliga a nadie: es la elección de los intereses económicos exteriores.

Joaquín Roy es Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami