Cuando Gore impugnó en los tribunales las elecciones de 2000

La judicialización de los resultados de las elecciones de EE UU tiene un precedente, el de Al Gore frente a George W. Bush

Vujadin Boskov acuñó el axioma “el fútbol es fútbol” para explicar lo que sucede en los estadios cuando hay partidos de fútbol. Para los que no sabemos de fútbol es una explicación satisfactoria. Verbigracia: “los datos son los datos”, también en las elecciones presidenciales norteamericanas, que oficialmente comenzaron el 3 de noviembre y continúan vivas tres días después.

Datos. Nuestro enfoque no es ideológico sino factual. Y los hechos electorales en EE UU tienen dos componentes: el de la sociología electoral y el del ordenamiento jurídico americano. El primer componente se dirime en las urnas y en el conteo de votos. El segundo, en las cortes supremas de los estados bisagra. Y, en última instancia, en el Tribunal Supremo de Estados Unidos, donde el Partido Republicano querría dirimir el resultado electoral.

Jueves, 5 de noviembre, por la tarde en España, seis horas menos en la costa este de EE UU; nueve horas menos en la costa oeste, “los datos dicen”: Biden, con Michigan y Wisconsin en el bolsillo, está cerca de alcanzar los 270 delegados que necesita para declararse vencedor. El conteo final lo resuelve Associated Press (AP), quien aún no se ha pronunciado. Mientras, como es tradición en EE UU, periódicos y televisiones hacen sus estimaciones.

Datos: 264 delegados para Biden (72.130.179 votos; 50% del electorado), versus 214 para Trump (68.648.006 votos; 48% de voto popular). Primera conclusión: el resultado, a 6 de noviembre (se votaba el día 3, pero desde entonces “han pasado cosas”) es ajustado, aunque no definitivo. La conclusión es relevante porque las encuestas anticipaban una abrumadora victoria de Biden (Blue Wave, marea demócrata, puesto que el azul es su color). No ha sido así. El resultado disponible se parece mucho al de las elecciones de 2016, cuando Hillary Clinton ganó el voto popular, pero perdió por estrecho margen en el colegio electoral. También entonces las encuestas otorgaban la victoria a la candidata demócrata. Ya van dos elecciones presidenciales en las que las encuestas no aciertan. Llevamos 20 años haciendo encuestas y nos han enseñado que no es bueno aplicar apriorismos al realizarlas. Ni ideas preconcebidas. Porque la realidad habitualmente está condicionada, pero no determinada, y la libre voluntad del votante es soberana.

Por ejemplo, los hispanos y las mujeres. Dos segmentos demográficos necesarios para ganar las elecciones. Las encuestas decían que ambos colectivos votarían masivamente a Biden. La realidad ha sido distinta. Aun con variaciones entre estados, los hispanos, latinos y cubanos (no confundir a ninguno de los tres) han votado en un 49% por Trump. Mujeres: no son un bloque homogéneo. Por simplificar, las progresistas y liberales han votado a Biden y las conservadoras, tradicionales, religiosas y familiares han votado a Trump. Y en el primer caso (Biden) hay un matiz importante: las mujeres que han votado demócrata lo han hecho por Kamala Harris y no por Biden. Los ejemplos son casi infinitos, dado que la participación electoral ha sido la más alta de la historia, tanto en voto personal como por correo.

En varios estados ha habido lío por esos motivos. Por ejemplo, en Míchigan el equipo de Trump inició acciones legales para parar el conteo de datos aduciendo que los demócratas no permitían a los conservadores un acceso transparente al proceso electoral. Igualmente, los republicanos pidieron a la Corte Suprema de Nevada un control más estricto del conteo de datos, pero su demanda fue rechazada. En Philadelphia, la comisión electoral (demócrata) decidió ampliar el plazo del conteo de votos tras el cierre de la jornada electoral hasta que fueran contabilizados los más de 100.000 votos por correo recibidos el 3 de noviembre, provocando la ira republicana, que asume dichos votos son mayoritariamente para Biden. La casuística es muy rica en situaciones rocambolescas que derivarán en una judicialización del resultado electoral.

Ante esas incidencias, la reacción de Trump fue inmediata: aparecer en público y declarar su victoria, robada por los demócratas, en lo que él denomina un “vergonzoso fraude electoral” y, como respuesta, acudir al Tribunal Supremo para que tome las medidas que considere oportunas, conforme a las demandas judiciales que presenten sus abogados. En Wisconsin, donde Biden ganó por 0,6%, Trump ha pedido que se repita el conteo de datos. Y en los estados bisagra decisivos y decisorios (Arizona, Wisconsin, Georgia, Nevada y Pensilvania), donde continúa la contabilización de los votos, pide que se pare el conteo y se empiece de nuevo. No es la primera vez que ocurre. Existe un precedente muy conocido en las elecciones de 2000: Gore versus Bush.

El ordenamiento jurídico anglosajón norteamericano se basa en el common law y en la jurisprudencia (que haya precedentes mediante sentencias judiciales). En las elecciones presidenciales de 2000, que enfrentaron a George Bush y a Al Gore, el resultado fue muy ajustado; Gore, primero, concedió la victoria a Bush, pero, asesorado por sus abogados, decidió posteriormente dar la batalla legal y volver a contar votos en varios distritos electorales de Florida, donde Trump ha vuelto a ganar ahora con mayor margen que en 2016. Como es sabido, el Tribunal Supremo suspendió el recuento de votos cuando Bush adelantaba a Gore por varios cientos de votos, otorgando finalmente la victoria al republicano.

A 6 de noviembre de 2020, la situación es más compleja que en 2000. Trump necesita ganar todos los estados antes citados. A Biden le basta con ganar uno y declarar la victoria. Si así fuera, Trump apelará al Tribunal Supremo para que haya recuento de votos en los estados bisagra y habrá un par de meses de batalla legal, a la que se sumará la batalla mediática y la de las redes sociales.

Pero en enero de 2021 tendrá que haber presidente en EE UU.

Jorge Díaz Cardiel es Socio director de Advice Strategic Consultants. Autor de ‘Hillary vs. Trump’; ‘Trump, año uno’ y ‘Trump, año de trueno y esperanza