Trump y Biden ofrecen distintas variedades del mismo despropósito

El presidente mantiene políticas erróneas, y el aspirante no admite que tendrá que subir impuestos

Donald Trump y Joe Biden, en el segundo y último debate de las elecciones, el jueves en Belmont University (Nashville, Tennessee, EE UU).
Donald Trump y Joe Biden, en el segundo y último debate de las elecciones, el jueves en Belmont University (Nashville, Tennessee, EE UU). reuters

El Papa Francisco debe de estar viendo muchas noticias de la televisión americana estos días. “La vida política ya no tiene que ver con sanos debates sobre planes a largo plazo para mejorar la vida de las personas y avanzar en el bien común, sino solo con hábiles técnicas de marketing destinadas principalmente a desacreditar a los demás”, escribió recientemente en su encíclica Fratelli tutti. Lo mismo se aplica acertadamente a los planes económicos de los dos candidatos presidenciales de EE UU. Donald Trump y Joe Biden ofrecen en general diferentes variedades de despropósitos similares.

Trump ofrece sobre todo lo que Francisco llama “hipérbole, extremismo y polarización”. La web de su campaña se jacta en gran medida de las políticas económicas del primer mandato, prometiendo más de lo mismo. La lista incluye recortes de impuestos no destinados a disminuir la desigualdad de ingresos o de riqueza, restricciones a la inmigración, normas comerciales antichinas y desregulación ambiental.

Los partidarios pueden encontrar justificaciones para el entusiasmo de Trump, pero la evidencia económica no apoya ninguna de estas ideas. Unos ingresos más equitativos generalmente ayudan a crear empleo y fortalecer el crecimiento. La migración, tanto la cualificada como la llamada no cualificada, ha sido durante mucho tiempo fundamental para el éxito económico americano. El libre comercio casi siempre beneficia a los países ricos al menos tanto como a los pobres. Y limitar la contaminación trae consigo ganancias reales que no aparecen en las cifras del PIB.

Contra esto, la literatura de la campaña de Biden parece más sensata. Mientras que la web de Trump tiene el aspecto de un anuncio de un producto de consumo emocionalmente satisfactorio, las páginas interiores del sitio de Biden parecen escritas por un think tank político no muy imaginativo.

Hay lugares comunes tecnocráticos: “Las soluciones de salud comunitaria pueden conducir a mejores resultados, permitir que las personas vivan con más independencia y aliviar los desafíos de la atención sanitaria a través de un enfoque en la prevención y la coordinación”. Y están los detalles bodrio. A los nuevos trabajadores de salud comunitaria se les pagará “mediante la provisión de fondos de subvención directa, así como la adición de los servicios de trabajadores de salud comunitaria como un beneficio opcional para los estados bajo Medicaid”.

Lo que falta es el reconocimiento de que los nuevos programas gubernamentales generalmente requieren usar recursos existentes. Más dinero para servicios de salud comunitaria o subvenciones para padres de niños pequeños significan menos dinero para otras causas buenas o políticamente simpáticas. Es presumible que Biden lo sepa, pero teme perder votos admitiendo que subir la ayuda del Gobierno para los ciudadanos pobres y de clase media inevitablemente requiere subir los impuestos a personas que no se creen tan ricas.

Las campañas presidenciales pueden ser el lugar equivocado para estas duras verdades. Aun así, las vituperantes ofertas de la campaña 2020 parecen particularmente distantes de la realidad económica. Véanse dos divergencias especialmente relevantes. Primero, la economía pospandémica. La eficacia médica de las fuertes restricciones a la actividad promulgadas para frenar el Covid está en discusión, pero hay poco debate sobre el gran daño económico y educativo que ya han causado en EE UU, sin final a la vista.

El trabajo del Gobierno no terminará cuando se levanten las restricciones, y la pandemia de miedo se haya sofocado. Una recuperación económica completa y rápida requerirá un apoyo sustancial adicional al gasto de los consumidores. La reducción de la carga de la deuda de empresas y consumidores, junto con los subsidios a los empleadores para fomentar la contratación y la recontratación también ayudarían.

Trump dio un paso significativo en la dirección equivocada al anunciar la suspensión de las negociaciones con el Congreso sobre la siguiente fase de apoyo público. Dio marcha atrás, pero el retraso y la incertidumbre aumentan los daños. Biden también promete varios tipos de ayuda, pero todavía está lejos del enfoque fiscal que haga falta sugerido implícitamente por la Fed. Biden también está ignorando la abrumadora evidencia de Europa y partes de EE UU de que las escuelas pueden reabrir con seguridad con pocas precauciones adicionales.

Luego está la política industrial. Ambos candidatos afirman tener una idea del futuro económico de América, pero ninguno parece haber pensado mucho sobre ello. El problema no es un exceso de ideología de libre mercado. Trump, un mediocre hombre de negocios, parece estar a gusto con el capitalismo de amiguetes y con herramientas tradicionales de control gubernamental como aranceles y cuotas. Biden, fiel a sus raíces ideológicas, está teóricamente comprometido con el liderazgo del Gobierno.

Pero a Trump le gustan más los gestos que las políticas coherentes y parece no entender que el aumento de la productividad destruye muchos más empleos en el sector manufacturero que la competencia desleal. Biden parece tener los reflejos intelectuales equivocados. No sorprende, ya que ha pasado gran parte de sus casi 78 años defendiendo a los sindicatos, que tienen poca presencia en la alta tecnología o en las industrias de servicios no gubernamentales.

Si bien las discusiones económicas entre Trump y Biden han sido en gran medida amargas, su acuerdo sobre la irrelevancia económica de los déficits fiscales es una señal esperanzadora. Hay cierta palabrería sobre la bondad del equilibrio presupuestario en ambos lados, pero en la práctica demócratas y republicanos aceptan el principio básico de la Teoría Monetaria Moderna: que el gasto del Gobierno debe guiarse por la realidad económica en vez de por el miedo a los números rojos. Si tan solo Trump y Biden pudieran dejar de pelear y pensar más en lo que la realidad demanda...

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías