Relegar al profesional senior no es solo injusto, es estúpido

Hay un millón de parados senior, de los cuales 165.000 son de alta cualificación. Es un lujo que España no puede permitirse

Relegar al profesional senior no es solo injusto, es estúpido

Hace unos 60 años, un famoso cantautor francés, Georges Brassens, publicó una canción cuyo título vendría a ser este: El tiempo no tiene nada que ver con este asunto. No es su mejor canción, pero sí resulta muy representativa de su estilo. En ella, fustiga con dureza e ingenio el desprecio recíproco que se manifiestan habitualmente las generaciones de los más jóvenes y los más adultos. Su conclusión es clara: “el tiempo no tiene nada que ver con este asunto: cuando uno es tonto, es tonto”. Bueno, Brassens utiliza un adjetivo más expresivo, pero no lo reproduciremos aquí por respeto al lector...

En efecto, esa guerra intergeneracional en la que se tiende a menospreciar el talento de los más mayores no es nueva, pero sí es más moderna una ocurrencia que se ha solapado con la anterior: la de que nuestras empresas necesitan urgentemente talento joven que sustituya rápida y ventajosamente al talento viejo.

Prescindamos por ahora de que resulte paradójico que tal proposición sea muy solemnemente sostenida por muchos directivos de empresa que dejaron tiempo atrás sus cincuenta años. Centrémonos, por el contrario, en que su débil sustento intelectual empieza a dar lugar a un movimiento contrario que reclama que se reconozca el valor de los profesionales seniors.

Este movimiento suele argumentar que arrinconar el talento de los seniors es injusto. Bien, es cierto, pero insuficiente. Por supuesto, cualquier discriminación negativa por razones de sexo, religión, raza, cultura... o edad es injusta y rechazable. Sin embargo, la causa fundamental por la que hay oponerse a que se relegue el talento de los seniors no es solo que sea injusto, sino que resulta estúpido.

Quienes, con un poco más de sustancia, sostienen que esta discriminación es casi inevitable, señalan que los profesionales jóvenes se han formado en un momento de extraordinaria aceleración social que les ha permitido desarrollarse coincidiendo con fenómenos que los seniors no han conocido.

¿Seguro? Piense el lector en un profesional español de unos sesenta y tantos años. Si se le habla de crisis económicas, él vivió las de los 70, 80 y 90; si se le señalan los actuales retos energéticos, él tuvo que afrontar las crisis del petróleo y el inicio de la polémica nuclear; si se le subraya el riesgo de que el número de desempleados alcance el 20%, recordará que también los hubo a mediados de los 80 y a principios de los 90; si se le comentan las actuales transformaciones sectoriales, él participó en las reconversiones industriales de los 80; si se le apuntan las graves consecuencias del Brexit, él trabajaba cuando se creó el euro; si se le advierte del auge violento de los nacionalismos, él coincidió con el terrorismo de ETA; si se le habla de la compleja situación política actual, él conoció el fin del franquismo, la larga transición y un intento de golpe de Estado; si se le pondera la importancia de la digitalización, él estaba allí cuando nació internet; y, si se le habla del Covid-19, él puede hablar del Sida...Cierto: la historia jamás se repite (o lo hace como farsa, según dijo un viejo filósofo alemán). Pero, según otro filósofo más moderno, Ivan Krastev, “la diferencia entre el pasado y el presente es que nunca podemos conocer el futuro del presente, pero ya hemos vivido el futuro del pasado”. Ni jóvenes ni mayores sabemos cuál será el futuro de nuestro incierto presente, pero sí sabemos cuál es el futuro de nuestro pasado. Y los mayores, además, lo han protagonizado.

La diferencia entre talento joven y talento senior no es que el primero esté marcado con signos más—moderno, creativo, arriesgado, disruptivo, digital...—y el segundo con signos menos—antiguo, caduco, rutinario, conservador, analógico...—; sino que, teniendo un fundamento común—la “capacidad para entender y resolver problemas˝—los dos aportan aproximaciones distintas e igualmente necesarias para superar los problemas actuales.

No diremos cuáles son las ventajas del talento joven, pues son habitualmente glosadas, pero sí recordemos que el talento senior ofrece algunas que son imprescindibles para afrontar los retos económicos de una sociedad convulsa: experiencia frente a las crisis, elevada heurística, sólida inteligencia intuitiva, capacidad probada de adaptación... y, en definitiva, altas dosis de racionalidad frente a un entorno sesgado por la emotividad y en el que algunos profetizan el fin de la teoría y del pensamiento como consecuencia del big data.

Ah, dirán algunos, pero ha llegado el Covid-19 y se ha llevado por delante las posibilidades de aprovechar a los seniors. ¿Seguro? De acuerdo con un encuesta de la Fundación Endesa y Fundación mashumano, publicada en agosto y realizada en el marco de su Programa Generación SAVIA para la promoción del talento senior, un 44% de los profesionales españoles de más de 50 años no se ha visto afectado psicológicamente por la crisis actual; un 35% cree que de ella surgirán nuevas oportunidades; un 40% cree estar mejor preparado que otras personas para afrontar situaciones críticas—y un 52% más, igual de preparado—; un 71% ha aprovechado el confinamiento para mejorar su formación, y la mayoría cree que tiene las mismas (36%) o más posibilidades que antes (27%) para contribuir a la recuperación económica del país.

Pero no es momento de hablar de “nuestro libro”. Sí lo es de confesar que, al principio, nos pareció que la situación de estos profesionales era simplemente injusta. No obstante, poco a poco nos dimos cuenta de que, además, es muy perjudicial para nuestra economía.

España tiene cerca de 1 millón de seniors desempleados, de los cuales 165.000 poseen alta cualificación. Puede que muchos directivos de empresa piensen que es inevitable prescindir de su talento. Allá ellos. Quizá sea un lujo que sus compañías pueden permitirse. Sin embargo, la sociedad española no puede.

La edad no tiene nada que ver con esto. Cuando uno tiene talento, tiene talento.

 Alberto Fernández Torres es Director general de Fundación Endesa