Vuelta al cole en un contexto de pandemia

Si no se toman medidas contundentes, una generación de niños quedará atrapada en un ascensor social de bajada

Una niña, el primer día de clase en Lankow (Alemania), el pasado 3 de agosto. getty images
Una niña, el primer día de clase en Lankow (Alemania), el pasado 3 de agosto. getty images getty images

La apertura de los centros escolares en el contexto actual de pandemia y de incertidumbre está generando un intenso debate. Estamos ante una emergencia sanitaria y educativa tan imprevista como extraordinaria y preocupante. Entre todos tendremos que darle la vuelta a la vuelta al cole para garantizar el derecho a la educación de una generación entera. La crisis de la escuela es anterior a la pandemia, pero si no se toman medidas contundentes, una generación de niños, niñas y adolescentes quedarán atrapados en un ascensor social que solo contempla el descenso.

El coronavirus golpeó a una sociedad marcada por la desigualdad social, económica y educativa. Sabemos que uno de cada tres niños, niñas y adolescentes vivía en hogares en los que predominaba la escasez de recursos, de relaciones y de expectativas. Se trata de niños y niñas con una infancia marcada por carecer de medios para tener una alimentación saludable, cubrir gastos educativos, el comedor escolar, el material escolar, las actividades extraescolares y de ocio o tiempo libre; también de tiempo para pasar con sus padres debido a las interminables jornadas laborales de las profesiones más precarias, y no menos importante, con falta de expectativas para proyectar su futuro.

Si antes de la pandemia, el índice de pobreza infantil se situaba en el 30,3%, es lógico que tras la crisis económica que llevó el estado de alarma ese índice haya empeorado, aunque habrá que esperar a los resultados de la Encuesta de Condiciones de Vida 2020 para saber cuánto. Con este escenario de pobreza infantil afrontamos la vuelta al cole en septiembre, pero no es el único.

La desinversión en educación durante la crisis de 2008 hace que la pandemia encuentre un sistema educativo debilitado, una desinversión que se fue acumulando a lo largo de los años de la recesión. En 2018, la partida destinada a la educación fue del 4,23% del PIB, aún lejos de la media europea situada en el 5%.

La debilidad del sistema se evidencia en la pérdida y envejecimiento de la plantilla de profesorado, pero también en la desinversión en las infraestructuras escolares y en nuevas tecnologías. En cuanto al alumnado, España encabeza el ranking de la Unión Europea en repetición de curso y en tasa de abandono escolar temprano, con un 17,3%. No son buenos datos de partida.

La pandemia impactó sobre todo al alumnado más vulnerable: 2,5 millones de alumnos y alumnas en riesgo educativo. El cierre de las escuelas que obligó a la educación en casa y telemática no afectó igual a todo el alumnado. Según los datos más recientes, un 8,2% de los menores de edad no pudieron permitirse disponer de un ordenador personal en 2019, incrementándose así la brecha digital. Un total de 683.000 alumnos abordaron la crisis del Covid en esa desigualdad educativa.

El alumnado de hogares con rentas más bajas quedaba excluido, por falta de conectividad, acceso a ordenadores, tabletas, por desconocimiento del uso de plataformas online, por carecer de un espacio adecuado para el estudio en el hogar, tal y como ocurre con las familias que viven en habitaciones alquiladas, familias refugiadas o solicitantes de asilo; pero también son fuente de desigualdad las diferencias en los estudiantes según el apoyo que reciben de sus familias.

La brecha digital, en el alumnado más vulnerable, está vinculada a la alfabetización digital de las familias. Son muchos los padres que no pueden acompañar la educación de sus hijos porque no saben cómo gestionar las plataformas digitales, los contenidos educativos online, ni tampoco ayudarles en las tareas que requiere la educación a distancia, lo cual se traduce en la pérdida de rutinas, horarios y relajación de normas y, en definitiva, afecta a la motivación para el aprendizaje.

Las actividades de verano son fundamentales para el aprendizaje y la socialización de niños y niñas y, además, reducen el olvido veraniego, pero más del 33% de la infancia y adolescencia en tiempos pre-Covid vivían ya en familias que no pueden permitirse ir de vacaciones ni una semana o pagar un campamento de verano.

Los niños de familias más vulnerables tienen más dificultad para realizar actividades organizadas durante el verano, e incluso pasan menos tiempo con sus padres debido a las extensas jornadas laborales de las profesiones más precarias.Todas estas dimensiones incrementan el desarrollo cognitivo y la autoestima en la infancia y adolescencia. El bienestar social y emocional del alumnado influye en su éxito escolar. Todos estos escenarios amplían la inequidad educativa del alumnado en función de su origen socioeconómico.

Mientras que algunos alumnos encuentran entre la escuela y la familia una variedad de formas y espacios educativos y de acompañamiento, para otros la suspensión de las clases presenciales conlleva la desaparición de oportunidades de aprendizaje en el ámbito escolar, que difícilmente pueden compensar en los ámbitos no formales.

Apostamos para que la vuelta al cole sea presencial al menos en las etapas de infantil y primaria, siempre que la crisis de salud pública lo permita. La vuelta segura al cole pasa por un plan extraordinario de financiación por parte del Gobierno y de las Comunidades Autónomas. Vale la pena invertir en dar más oportunidades educativas a la infancia.

Con independencia de la evolución de la pandemia en los próximos meses, no podemos permitir que el ascensor social vaya en bajada.

Macarena Céspedes es directora de Educo España