Transformación, transferencia, transición: la semántica del I+D

Hace falta una buena dosis de emprendimiento público, pero también de voluntad colectiva

Transformación, transferencia, transición: la semántica del I+D
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Releo un informe de PwC y IESE, España 2033: compitiendo en innovación, publicado hace unos años, pero muy actual y bien estructurado. Un asunto por el que Europa y España podrían apostar por fin tras la remoción de conciencias provocada por la Covid. La apuesta no está exenta de riesgos, empezando por demoler la mentalidad de silos competenciales e intereses propios.

Pues si el dinamismo de un sistema de innovación no se define por sus elementos sino por sus interconexiones, parece oportuno alimentar aquellas dinámicas que deseamos en el largo plazo. A tal fin, los responsables públicos han de delinear intervenciones, evitando dos tentaciones. Por una parte, yuxtaponer sencillamente los indicadores macro que publican instituciones comunitarias y otros organismos (Global Innovation Index, Global Competitiveness Index, etc.) asumiendo que más de todo es mejor.

En el otro extremo, financiar proyectos de abajo-arriba sin direccionalidad, como sucede en muchas agencias de innovación como el CDTI. Hacer apuestas selectivas nunca fue sencillo, pero los retos de nuestro tiempo así lo exigen. Entre ambas tentaciones está la oportunidad de cocrear modelos más eficaces e inteligentes. Con la vista puesta en el Fondo de Recuperación que instrumentará la UE para beneficio de países como España, bueno sería reservar un volumen de recursos suficiente para iniciativas capaces de transformar nuestro sistema nacional de innovación. A tal fin, me gustaría proponer tres líneas de acción apoyadas en el aprendizaje comparado con otros países que citaré.

En primer lugar, las mejoras regulatorias, es decir, todo lo relativo a reformas estatutarias y administrativas, tanto incrementales como radicales en relación con los organismos públicos de investigación y el CSIC, para posibilitar no ya el desarrollo de la ciencia sino la formación de capital humano, particularmente ingenieros y técnicos, algo que otros países como Alemania acometieron con éxito ya desde el XIX. O Dinamarca, un país que, como España, hizo revisar su sistema de innovación por la OECD para fusionar centros de investigación y universidades, elevando así su presencia e impacto en los rankings internacionales como Shanghái.

La creación de institutos mixtos CSIC-Universidades es un paso en la buena dirección. Y los Campus de Excelencia Internacional que puso en marcha el exsecretario de Estado Marius Rubiralta en toda la geografía nacional, un amable intento de avanzar en esa misma dirección. A este respecto, hay que recordar que la forma más eficaz de transferir conocimiento, también tácito, es el personal y que este es el producto fundamental de las universidades. El ministro Castells lo sabe bien, como uno de los principales padres intelectuales del Instituto Europeo de Innovación y Tecnología (EIT), donde nos conocimos.

En segundo lugar, crear espacios relacionales para la transferencia y valorización institucionalizados del conocimiento. Las instituciones de esta naturaleza agrupadas en Fedit son muy heterogéneas y su actualización está pendiente. Más aún, están huérfanas de apoyo estable del Estado. Entre ellas, los Centros Tecnológicos y Clusters (Asociaciones Empresariales Innovadoras), pues solo el País Vasco con Tecnalia, Cataluña con Eurecat y la Comunidad Valenciana con Redit han impulsado políticas específicas.
Bien es cierto que el Estado lanzó los proyectos Cervera, pero estos han venido a instrumentarse como una línea de financiación más, sin un mecanismo de coordinación institucionalizado, asumiendo, como hace la Comisión Europea, que la colaboración en proyectos terminará cristalizando en colaboración en políticas, una estrategia que ha mostrado sus límites. Más interés tiene el caso del Reino Unido con sus Catapults (con carácter nacional no obstante sus especializaciones regionales) inspirados en los afamados institutos Franhofer alemanes.

Por último, impulsar la transformación industrial a través de ecosistemas abiertos, donde los suministradores habituales, pero también los disruptores potenciales juegan un papel clave, como defiende el Foro de Empresas Innovadoras (FEI) y el Club IND+I en su informe Los pilares de un futuro más próspero y sostenible: el desarrollo de España en el tiempo de después.

Asimismo, la patronal Ametic, que promueve con determinación macroproyectos tractores para, más allá de la ortodoxa resolución de fallos de los mercados, imprimir la direccionalidad necesaria para resolver fallos de sistema y competir internacionalmente con mayores garantías de éxito. Un mapeado de experiencias comparables en torno a misiones sería un buen punto de partida, como ha hecho la Empresa Nacional de Innovación (Enisa) con el Insight Foresight Institute (IFI), en un informe de próxima publicación. De entre ellos, la experiencia de Canadá con sus superclusters es relevante para los citados tractores, pues viene a articular redes nacionales existentes con ambición internacional.

Cómo se instrumente el Fondo de Recuperación en España será determinante para seleccionar las mejores iniciativas, al menos, insisto, en una parte capaz de vertebrar y renovar nuestro sistema nacional de innovación. A tal efecto, hay que aplaudir las dos ideas centrales del informe de FEI/IND+i. Por una parte, un consejo nacional de innovación similar al sueco que, con una composición mixta entre autoridades y expertos independientes, venga a ocuparse de aquellos temas que no tienen el peso debido, demanda innovadora, por ejemplo.

Por otra parte, una nueva agencia para las misiones que permita abordar innovaciones disruptivas con una cultura de riesgo comparable al Darpa o Arpa-E estadounidenses, innovando en la periferia con autonomía y recursos exigentes. A este respecto, hay que insistir en que no todas las agencias de innovación tienen la misma misión y que la clave de Darpa/Arpa-E es la cultura de sus jefes de proyecto.

Las tres líneas de acción indicadas más arriba son una respuesta práctica a la llamada del brillante profesor de Esade y querido amigo Xavier Ferras en la idea de crear océanos de innovación azul en Europa y también en España, pues toda estrategia precisa, junto al horizonte deseable, el camino para materializarlo. Máxime en este extraño verano que invita a pensar cuánto más podríamos y deberíamos hacer por las generaciones venideras.

En ese mismo espíritu, recomiendo a mi amigo Arturo Orea el libro de Raúl Molina Recio Pioneros: Empresas y empresarios en el primer tercio del siglo XX en España, que documenta, entre otros casos fascinantes, el de la Hispano-Suiza de nuestra Guadalajara natal. Casos de transformación y transferencia en los que deberíamos profundizar para operar también en materia de innovación e industria una constructiva transición, que la Real Academia define como acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto. Nada más cerca de lo que necesita nuestro país en una labor que necesitará buenas dosis de emprendimiento público y por ende, de voluntad colectiva a la que hemos de aplicarnos todos.

José Manuel Leceta es presidente del consejo asesor de Insight Foresight Institute