El trasfondo de las tensiones norte-sur en la UE

El acuerdo tranquiliza a los mercados y ofrece una imagen europea de unidad, pero será su ejecución y supervisión lo que determine su eficacia y solidez

Las negociaciones en Bruselas, en torno al fondo de recuperación, han acabado en buen puerto, al menos de cara a la galería. Sin embargo, las tensas reuniones en el seno del Consejo Europeo han reflejado las profundas divergencias ideológicas entre los países de la Unión Europea. Diferencias formales y sustanciales que provienen de sus diversos marcos sociológicos, históricamente muy definidos, e incluso hasta cierto punto antagónicos. Unos países nórdicos y centroeuropeos denominados “frugales” (Holanda, Dinamarca, Suecia, Austria y Finlandia), de carácter austero y con capacidad de ahorro, han tratado de poner límites a las aspiraciones y reivindicaciones financieras del bloque sureño y mediterráneo. España e Italia necesitaban mucha liquidez para sostener sus maltrechas economías. Mentalidades y psicologías sociales, talantes y modos arraigados de entender el dinero, la sociedad y el Estado se han dejado ver soterradamente en las ásperas negociaciones tecnocráticas de los últimos días entre los jefes de gobierno de los dos bloques antagónicos, mientras el eje franco-alemán tomaba cierta distancia y adopta una posición prudente y moderadora.

Los denominados “frugales” han pretendido sujetar a los países deudores, los del sur, más poblados y grandes, a unos compromisos macroeconómicos que sirvan de garantía fiable para el desbloqueo de los fondos de recuperación. Los Estados frugales son países relativamente pequeños dentro del concierto europeo pero muy caracterizados, tradicionalmente, por su rigor y estabilidad presupuestaria, así como por su capacidad de ahorro sobre el PIB. No quieren que se repita una falsa salida a esta crisis como la del 2008, con los países del sur, entonces denominados PIGS, acometiendo muy tibiamente reformas que el paso del tiempo ha demostrado ser muy insuficientes para mitigar sus vulnerabilidades estructurales.

Italia y España son países mucho más poblados y representan un sur de Europa con una situación económica muy débil tras la pandemia, con Estados endeudados, sin margen fiscal, déficits desbocados y planes presupuestarios fallidos. De hecho, un tercio de las compras de deuda pública del programa especial del Banco Central Europeo instaurado durante la pandemia han sido asignadas a Italia y España. Con esta medida se ha conseguido en los últimos meses mantener controladas artificialmente las primas de riesgo de la deuda pública de ambos países. Esta política monetaria no convencional orientada a sostener la calificación crediticia de la deuda pública de los países del sur, puesta en marcha en 2014 por Draghi, sigue suscitando serias dudas en el bloque del norte, por su prolongación en el tiempo y su reciente potenciación por la pandemia.

En este sentido, resulta comprensible que una parte de la sociedad nórdica y centroeuropea no entienda que de forma sistemática se tenga que estar ayudando, con sus recursos, a sostener a países fiscalmente desequilibrados, como España e Italia, con un alto desempleo, un sistema de pensiones insostenible y un sector público muy ineficiente. Pero Alemania ha conseguido cambiar esta discrepancia radical y enfriar la tensión. En el fondo, el país germánico necesita que el sur de Europa sea rescatado cuanto antes, sencillamente porque es un mercado para sus exportaciones. Si los deudores del sur se quedan sin dinero, sus habitantes y empresas dejarán de comprar a los acreedores, y entonces el norte pasará a tener un problema mayor. Por esta razón, ante este contexto de tensión, el gobierno de Merkel se supo mover rápido en las últimas semanas y en la cumbre ha sabido jugar muy bien sus cartas, que son muchas y buenas. Por una parte, porque la Comisión Europea está dirigida por Ursula Von Der Leyen, ex ministra de Defensa de Merkel. En segundo lugar, porque Alemania ha empatizado con el sur de Europa y ha sabido desmarcarse de las posiciones maximalistas del primer ministro holandés, Rutte, quién se ha erigido como el líder del bloque de los frugales. Esta moderación alemana a buen seguro servirá, llegado el caso, para flexibilizar las condiciones y recortes que se impongan al sur en una fase posterior, o durante los procedimientos de control de los fondos europeos.

Por otro lado, no hay que olvidar que Alemania, debido a su margen fiscal, se ha acogido al régimen de excepcionalidad de la pandemia para implementar un gran volumen de ayudas de Estado a su industria y sectores estratégicos. Alemania busca recapitalizar su industria con ayudas estatales y así prevenir los riesgos de insolvencias, introduciendo participación estatal en sus sectores estratégicos. Para el visto bueno de esta nueva política económica, donde la excepción se ha convertido de facto en una regla que Alemania se puede permitir gracias a su margen fiscal, necesita la autorización de la Comisión, pero también el plácet de sus socios, sobre todo de los más grandes, como Italia y España. Este factor también ha tenido un cierto peso, aunque sea en otro plano de negociación, como también lo es la necesitad de armonizar la política fiscal en la Unión, para evitar la distorsión que suponen las leyes tributarias de algunos países, como las de Holanda.

De momento el acuerdo alcanzado en el Consejo Europeo tranquiliza a los mercados internacionales y ofrece una imagen pública de unidad y coordinación. Pero será la ejecución y supervisión del fondo, en las próximas convocatorias del Consejo Europeo, lo que revele la eficacia y solidez de este acuerdo. Es pronto para saber si las fronteras ideológicas entre el norte y el sur son salvables y si a pesar de ellas puede seguir construyéndose el proyecto de la UE tal y como lo conocemos, o, por el contrario, veremos más pronto que tarde el nacimiento de una Unión a dos velocidades, con intereses financieros y geopolíticos cada vez más divergentes.

Pablo Sanz Bayón es profesor de Derecho Mercantil en Icade