Los debates de las muchas Españas

Hay tantas como posibles combinaciones entre las dicotomías sobre salud, política y economía que nos dividen

Vivimos días de máxima crispación. Es evidente que la tragedia que sufrimos, los meses de confinamiento y las previsiones económicas nos tienen en estado de alarma en desafortunada coincidencia con el que ha renovado el parlamento cada quince días. Hay varios debates abiertos y no hay dos Españas, hay tantas como posibles combinaciones entre las siguientes dicotomías que nos dividen.

La primera era la de máximo orden. ¿Debíamos seguir manteniendo el confinamiento actual porque la salud es lo único valorable, o la situación económica había llegado a un nivel de deterioro tal que se debían asumir más riesgos? Seguidamente discutimos sobre si asumimos la inmunidad como pasaporte de vuelta a la calle o supone demasiado riesgo y discriminación laboral. Y de ahí a debatir sobre si una app puede recoger mi situación inmune con geolocalización o vulnera derechos innegociables. El proceso completo de regreso a la actividad es un debate sin fin.

Es evidente que nuestros mayores son los que más han sufrido las consecuencias de la ola de contagios. Discutimos quién y cómo debe gestionar las residencias: ¿medicalizadas o no? ¿Solo públicas? ¿Hay una línea que permite no atender pacientes en función de su edad y negarles la atención hospitalaria en días de UCI sobrepasadas? ¿Qué responsabilidades supone?

Vamos con los debates sobre información ¿Es recomendable difundir los máximos datos de fallecidos y contagios, aunque supongan un daño económico y reputacional para quien los ofrece, o se debe manejar la información de manera que no suponga una exposición excesiva en la comparación con otras regiones o países? ¿Los medios deben mostrarnos la crudeza de la realidad para que seamos conscientes de la misma o protegernos de ella para no afectarnos más aún? ¿Puede opinar cualquiera o solo aquellos que son expertos en un tema? ¿Debe haber ministros que no son especialistas en su cartera o para eso tienen asesores? ¿Son las redes sociales nuevos nodos de información libre o descampados anónimos de confusión y odio? ¿Perseguimos las noticias falsas a costa de arriesgar un nivel de libertad o pesa más blindar esa libertad que la confusión que generan? ¿Aceptamos terminologías nuevas como la “nueva normalidad” y “desescalada”, que reflejan nuevas vivencias, o las rechazamos por innecesarias?

Las que más están crispando, las dicotomías políticas. ¿Se puede manifestar el descontento en protestas que pueden suponer un incremento del riesgo de contagios, o prima una necesaria prudencia por encima de la libertad de mostrar el disgusto ante lo que sucede? ¿Vivimos una eterna confrontación de dos Españas, hay tribus políticas de perroflautas contra cayetanos o son estereotipos simplistas mal utilizados? ¿Deben los políticos sacrificar sus ideologías para lograr una unión de bien común o es preferible que mantengan la responsabilidad de ser fieles a sus idearios? ¿Existe el centro político o es una idea efímera que nunca sobrevive más de un periodo electoral? ¿Es mejor que los que nos gobiernan comparezcan frecuentemente en aras de la transparencia o solo de manera puntual para informar sin exponerse de más y usar demasiado espacio en medios? ¿Rectificar es de sabios también para los gobernantes o no les aplica el refrán porque eso podría hacerles parecer erráticos?

Y al respecto del modelo económico, ¿aceptamos las explicaciones, actuación y condiciones de China como origen de esta pandemia y nueva pieza clave de la economía mundial o rechazamos su validez por no ajustarse a los cánones de la democracia aunque nos encarezca la vida? ¿Ha sido la globalización un buen mecanismo de crecimiento de las naciones o es la culpable de la actual situación, que debemos revertir hacia un proteccionismo más controlable? ¿Utilizamos el gasto público como salvavidas de la situación, por encima de los costes que supone y supondrá a generaciones futuras o lo contenemos para evitar posibles males mayores futuros a costa del empobrecimiento presente? ¿Mantenemos la convivencia entre el desarrollo autonómico y regional con el Gobierno central o ya genera más problemas que ventajas? ¿Es lo privado compatible con lo público en determinados sectores como el sanitario o debe evitarse esta dualidad? ¿Debe permitirse la nacionalización de empresas y patrimonios para evitar el empobrecimiento de los más vulnerables en tiempo de dificultad o supone una transgresión intolerable y utópica en la actual realidad de movilidad de capitales y personas? ¿Se debe articular una renta mínima personal permanente, solo temporal, que evite pobreza o es generadora de desincentivos laborales que no podemos sostener?

Seguro que algunas preguntas no están redactadas de manera perfectamente neutral y que reflejan el sesgo de mis opiniones, aunque no haya querido hacerlo. Espero lo disculpen a cambio de mi bienintencionada propuesta de recoger los motivos de la discordia para que al leerlos, entendamos lo difícil del acuerdo.

La única solución es mantener la tolerancia, el comportamiento responsable, la autocrítica y la mejor disposición al acuerdo, asumiendo que muchas de las decisiones no van a satisfacernos plenamente, evitando la polarización de opiniones, el insulto y la agresión, que asoman peligrosamente. Es decir, no dejar de hacer lo que llevamos mostrando al mundo desde que iniciamos el actual periodo democrático: que somos capaces de reunirnos en lo que nos une, por encima de separarnos por lo que nos separa. Ahora más que nunca, es lo único que importa.

Fernando Tomé es economista y vicerrector de estudiantes y empleabilidad de la Universidad Nebrija