El momento de repensar nuestra normalidad

La salida social y económicamente sensata a las crisis sucesivas está en un Green New Deal ambicioso y cooperativo

El momento de repensar nuestra normalidad

Un virus especialmente bien preparado para infectar a los seres humanos y expandirse rápidamente ha puesto al descubierto las debilidades de nuestro modo de vida. La aldea global se ha convertido en apenas tres meses en un confinamiento conectado global (con pocas excepciones, algunas honrosas y otras lamentables), del que, a distintos ritmos y con diferentes fechas de inicio y fin, estamos saliendo en Europa Occidental. Nuestro doble objetivo ahora es recuperar lo antes posible la actividad económica sin que el factor de reproducción de la Covid-19 suba por encima de 1, un complicado equilibrio.

Hasta que llegue la vacuna que proteja frente a la Covid-19, y salvo que el coronavirus desaparezca mágicamente con el verano como algunos profetizaban, ciertos sectores de actividad se van a ver muy afectados: transporte en general (y aviación en particular), turismo masivo, hostelería, comercio minorista… que en España generan muchos empleos directos e indirectos (por ejemplo, sin normalidad en bares, restaurantes y turismo, el sector vitivinícola español y europeo tiene un futuro muy complicado a corto plazo). La nueva normalidad va a ser muy dura para muchas personas; se necesitará la colaboración de todos, y una gran redistribución de riqueza de las personas y empresas beneficiadas (o menos afectadas) para que los problemas económicos actuales no deriven en una profunda depresión: así podremos financiar la renta mínima, el apoyo a autónomos o los planes de salvamento de ciertos sectores y empresas.

Durante estos más de dos meses de confinamiento y restricciones, la sociedad ha tomado la decisión colectiva de proteger a los más vulnerables ante la enfermedad (ancianos, personas con patologías previas, personal sanitario…), para lo que hemos renunciado temporalmente a usar algunos de nuestros derechos (de movimientos, por ejemplo) y hemos antepuesto salvar vidas a mantener la actividad económica y social normal. En general, las necesidades de la infancia se han postergado durante esta emergencia.

En este período, el debate público en España ha incluido la protección a la infancia en varios aspectos: a mediados de abril se centró en aligerar las severas restricciones impuestas sobre los niños y niñas, con un confinamiento estricto que duró 7 semanas y que fue mucho más exigente que en otros países de nuestro entorno también afectados gravemente por el coronavirus. El debate actual en lo que concierne a los niños, se centra en cuándo abrirán las guarderías y colegios, con cuántos por clase, y qué medidas se arbitrarán para permitir la necesaria conciliación de padres y madres (dado que el recurso a abuelos y abuelas, por razones obvias, será más limitado). Otras cuestiones que afectan a la infancia ya se han tratado en profundidad como la pésima alimentación del colectivo de niños vulnerables en Madrid, o el potencial impacto de la falta de ejercicio o la ansiedad que les pueda crear este diminuto enemigo de nuestra especie.

Ahora, en la rebaja de las medidas excepcionales de confinamiento, podemos girar el foco hacia nuestro futuro. A corto plazo, debemos prepararnos para las nuevas oleadas del virus que seguramente vendrán en unos meses, fortalecer nuestro sistema de salud y diseñar planes de contingencia tanto en gobiernos como en empresas. También debemos estimular la economía para que pueda recuperarse la actividad lo antes posible en condiciones de seguridad.

La urgencia de estas decisiones no debe hacernos olvidar las múltiples crisis que nos acechan. Seguramente esta experiencia de disrupción total de nuestra sociedad y de su actividad económica puede facilitar un cambio de perspectiva, en el que reconozcamos la debilidad de nuestra sociedad. Así podremos activar las soluciones a medio plazo. Es posible que la Unión Europea avance hacia una mayor solidaridad y que las desafortunadas palabras del ministro de Finanzas neerlandés Hoekstra sean el canto del cisne de una costumbre cruel de culpar al Sur de Europa de sus problemas. Parte son nuestra responsabilidad, otra parte (menor) se debe a la fortuna, pero también hay una parte ligada a la existencia de socios europeos cuyo comportamiento fiscal nos estafa a todos. Si queremos tener equipamientos sanitarios de calidad, en Europa no puede haber paraísos fiscales que hurten los recursos que necesitan nuestros gobiernos. Ligado al papel que tenga Europa en el mundo tras el coronavirus, está que se avance más o menos rápido en la lucha contra el cambio climático y la adaptación al mismo.

En la nueva normalidad nuestra sociedad debe ser coherente y justa: durante las últimas semanas, y en los próximos meses y años, vamos a anteponer la vida y la salud de una fracción de la sociedad a la actividad económica y social “normal”. Sabemos que autolimitarnos, individual y colectivamente, salva vidas. Es el momento de pensar que debemos el mismo comportamiento responsable a esos niños que han estado siete semanas encerrados sin correr, ni respirar aire puro, ni ver el sol, y que llevan meses sin poder abrazar a sus abuelos o a sus primos o jugar con sus amigos.

Dada la evidencia científica sobre el cambio climático y su previsible evolución y catastróficas consecuencias, nuestro comportamiento actual y pasado recortará años de vida a nuestros niños. La Tierra en su conjunto será un lugar menos acogedor para vivir en 2100 (en ciertas zonas, inhabitable), cuando los niños actuales tengan 80-90 años. ¿No tienen el mismo derecho que nuestros mayores a que limitemos nuestro modo de vida para protegerles?

La salida social y económicamente sensata a las crisis sucesivas del inicio del siglo XXI está en el Green New Deal, que debe ser ambicioso, rápido, cooperativo entre países y territorios, y solidario, priorizando el largo plazo sobre el cortoplacismo suicida. Es, además, lo más justo para nuestros niños y niñas y por ello debe ser la prioridad para la nueva economía.

Mikel Larreina es Profesor de finanzas de Deusto Business School