Los reguladores deberán un favor a los bancos después de la pandemia

La compensación puede ser una regulación de capital y de fusiones más flexible

Puente delante de One Canada Square, en Canary Wharf (Londres), el 18 de mayo.
Puente delante de One Canada Square, en Canary Wharf (Londres), el 18 de mayo. REUTERS

La ira de los reguladores se está alejando de los bancos. Los grandes prestamistas pasaron la última década expiando la crisis de 2008. El colapso inducido por el Covid-19 ha puesto a prueba la resistencia de una industria reformada, al tiempo que ha puesto de manifiesto la fragilidad de los mercados financieros. Los bancos cosecharán los beneficios.

En 2008, los bancos poco capitalizados y mal gestionados fueron los villanos. Esta vez, la tensión la han sentido principalmente los ETF, las obligaciones de préstamos garantizados y otros vehículos que se han disparado en los últimos 12 años. A medida que se extendió el virus, sus inversores volaron.

Los bancos permanecen notablemente indemnes de la carrera mundial por el dinero en efectivo. El mayor resbalón hasta la fecha son los 180 millones de euros en pérdidas de ABN Amro provocadas por un cliente en problemas. El revés es pequeño comparado con las debacles de Morgan Stanley, UBS y otros en 2008.

Los reguladores merecen gran parte del crédito. Pasaron una década haciendo más resistentes los bancos. Se pensó que los fondos y otras entidades no bancarias eran mejores depositarios de la deuda de riesgo, porque tienen menos apalancamiento y no acumulan depósitos públicos. Su colapso no amenazará con arrastrar al sistema.

El cambio es visible en los datos del Consejo de Estabilidad Financiera. A finales de 2018, la participación de los bancos en los activos financieros había caído por debajo del 40%, desde el 45% de una década antes. La deuda en manos de “otros intermediarios financieros” casi se duplicó, hasta 114 billones de dólares en el mismo período, alcanzando más del 30% del total.

El Covid-19 ha expuesto las vulnerabilidades del sistema. A medida que los mercados se desplomaban, los ETF se deshacían de sus activos, incluyendo algunos menos líquidos como bonos corporativos y commodities. Un vasto edificio de deuda corporativa se tambalea. Los bonos BBB, la nota más baja de grado de inversión, suponen aproximadamente la mitad de toda la deuda corporativa con grado de inversión de EE UU y Europa, según el FMI. Algunos inversores se vieron obligados a vender después de que grandes prestatarios como Ford y Kraft Heinz perdieran sus ratings de grado de inversión.

Por eso los bancos centrales se apresuraron a apuntalar los mercados. Anunciaron planes para comprar miles de millones en bonos corporativos y desbloquearon el mercado de pagarés. La Fed incluso está comprando algunos bonos basura.

Esas intervenciones han frenado el pánico. Pero como mostró la última crisis, los beneficiarios del apoyo pagarán un precio. Los grandes gestores de fondos, como BlackRock y otros intermediarios financieros, se enfrentarán a un mayor escrutinio, y posiblemente a reglas más estrictas.

Mientras, los bancos están mostrando otras virtudes. Los prestamistas pueden conceder moratorias o renunciar a cláusulas de los contratos de deuda con los prestatarios. Los inversores en bonos, cuyos activos tienden a regirse por contratos legales, son menos flexibles. Los bancos son también los principales canales para distribuir los préstamos garantizados por los Gobiernos, especialmente a las pymes.

Actuar como instrumentos políticos no está libre de riesgos: los supervisores del BCE y el Banco de Inglaterra han dado instrucciones a los bancos para que no paguen dividendos ni recompren acciones este año. Los bonus voluminosos también serán tabú.

El quid pro quo puede ser un alivio regulatorio. La Fed, Finma (Suiza) y la UE han relajado temporalmente el cálculo del ratio de apalancamiento, una limitación de capital clave. Mientras, el Grupo de Gobernadores y Jefes de Supervisión, que supervisa el Comité de Basilea, aplazó un año Basilea III y el endurecimiento de las normas de capital que supone.

Los supervisores han atenuado el efecto de las nuevas y estrictas normas de contabilidad alentando a los bancos a no reservar demasiado efectivo para la deuda incobrable. Las autoridades europeas podrían ofrecer un beneficio adicional al permitir que los bancos incluyan algunos activos de software intangibles en sus cálculos de capital.

El siguiente paso podría ser fomentar la concentración. Los acuerdos más probables verían nombres más fuertes como Lloyds absorbiendo pares de menor escala como Virgin Money. Las decenas de bancos regionales de EE UU podrían usar la crisis como estímulo para las fusiones, mientras que las fintech con poco dinero podrían correr a los brazos de aquellos a los que esperaban perturbar.

El CEO de Société Générale, Frédéric Oudéa, mostró antes de la crisis su interés en las fusiones transfronterizas. Emparejamientos eternos como el de BNP Paribas y Deutsche Bank pueden volver al tablero, para crear paladines regionales que rivalicen con los megabancos de EE UU. El primer paso para hacer plausibles estos acuerdos sería suavizar las restricciones que impiden a los bancos mover depósitos a través de las fronteras europeas. La pandemia puede persuadir al fin a los escépticos Gobiernos nacionales de que son necesarios tales cambios.

Los bancos se siguen enfrentando a muchos desafíos. Las cuarentenas generarán deuda mala que consumirá capital. Los tipos de interés ultrabajos reducirán aún más la rentabilidad. Sin embargo, el sector que ayudó a causar la última crisis está demostrando ser una herramienta esencial en la lucha contra la actual. El premio serán unos reguladores más comprensivos del otro lado.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías