Después del golpe, una llamada a la reindustrialización

La nueva normalidad debe significar más y mejor industria, más innovadora, sostenible, tecnológica y también más humana

Después del golpe, una
llamada a la reindustrialización

El Covid-19 está golpeando con enorme crueldad nuestro mundo, causando muerte, frustración y desesperanza. Se trata de un golpe bestial, muy difícil de encajar, pero seguimos en el ring. Tenemos la posibilidad y el deber de afrontar lo que está ocurriendo y pensar cuál es el mejor futuro posible. Cada uno desde su función en esta sociedad que, aun con todos los errores, está demostrando una gran capacidad de reacción.

El virus nos redescubre la importancia de escuchar con humildad lo que ocurre a otras personas, en otros lugares. Vimos clausurar una región china de decenas de millones de personas como si nos resultara ajeno. Un mal día se cerraron todos –todos– los colegios y universidades de un país relevante –y querido y admirado– como Italia y casi parecía que no era cosa nuestra, como en la poesía de Bertold Brecht. El ensimismamiento en nuestros problemas locales, muchas veces menores, nos dificulta la visión global y la atención a lo esencial. Ahora la realidad nos impone centrarnos en lo verdaderamente importante: la vida y el bienestar de las personas. Bienestar entendido en sentido amplio y auténtico: salud, libertad, dignidad y futuro, que tengamos un proyecto de vida.

Por duro que parezca, ningún tiempo pasado fue menos malo para que llegara esta violenta sacudida. Imaginemos lo dantesco de las epidemias en épocas anteriores, atacando sociedades con menos información, con menos recursos y justicia. Eso nos enseña la evolución que hemos alcanzado por iteración de ideas, por contraste de opiniones. Esta es la enorme grandeza de la moderación que aprende del pasado y nos permite avanzar en una espiral de tendencia ascendente, en progreso. Sí, la historia da giros, tiene sus pliegues, algunos desgraciados como el actual, pero tras retrocesos relativamente pequeños surge otro círculo virtuoso que salta por arriba los niveles de bienestar antes alcanzados. Eso ocurre porque somos capaces de preservar el valor conseguido, al mismo tiempo que aspiramos a cambiar para ser mejores, a evolucionar.

Junto con la tragedia humana de las víctimas mortales, para la inmensa mayoría lo peor de la crisis no será la enfermedad –que no llegará a sufrir, probablemente por la combinación de protecciones y medicamentos–, sino su impacto económico. Son ya muchas semanas de parón, en países muy importantes. El balance de 2020 va a venir fuertemente marcado por el virus. Para que el impacto sea el menor posible, debemos procurarnos la mejor información y estar abiertos al consejo y a las mejores prácticas de todo el mundo. Tanto en el sector público como en el privado necesitamos grandes dosis de liderazgo y de gestión. Todos nos tenemos que reinventar. Para algunos sectores eso será especialmente difícil pero, en conjunto, lo lograremos si somos capaces de mantener el tejido productivo, activo esencial de nuestra sociedad. Ya comprobamos en la anterior crisis financiera los devastadores efectos de la caída masiva de la industria. Tenemos que preservar la industria también por una cuestión de pura eficiencia. De un lado, porque es mucho más costoso levantar la iniciativa empresarial desde cero que ayudar a las empresas a sobrevivir y a adaptarse a la nueva realidad. De otro lado, por el efecto multiplicador sobre el empleo. Según datos de Ametic, por cada empleo industrial se generan 2,2 empleos en otros sectores de la economía. La industria entendida como actor fundamental en cooperación con el resto del sistema. Ese debería ser también el compromiso de “nueva normalidad” que adquiramos entre todos. Ya antes de la actual crisis estábamos en deuda con la industria y con el horizonte que la propia Comisión Europea había fijado para 2020, cuando esperaba que el 20% del PIB generado en suelo europeo procediera de fuente industrial (España está en el 15% más o menos). 

La nueva normalidad ha de ser más industria y mejor industria, más innovadora, más sostenible, más tecnologizada y más humana. Así lograremos el objetivo de salir de la crisis sin dejar a nadie atrás, posibilitando que las industrias sigan contribuyendo con empleo e impuestos al Estado del bienestar. No habrá bienestar pleno sin empresas innovadoras, dinámicas y, sobre todo, con afán de superación.

Esta pesadilla que tanto deseamos dejar atrás nos pone sobre aviso de otra que no ha de llegar, la del desastre climático. Toda la sociedad está llamada a esta gigantesca misión, en la que las empresas también tendrán un papel determinante. Empresas que aborden el futuro desde el prisma de la sostenibilidad ambiental, económica y social. Ya estamos viendo que lo peor puede suceder, que el horror puede ocurrir. No confundamos nuestros deseos con la realidad, taparnos con la sábana no nos protegerá del terremoto. La salida de esta crisis debe basarse en la verdadera creación de valor compartido que es la razón de ser de la empresa moderna. Es tiempo para el realismo, la autoexigencia, el ingenio y la valentía de ser humilde. Lo maravilloso de este mundo que habitamos y configuramos no se conserva solo. Nuestro destino está por escribir y hemos de tomar el bolígrafo como adultos. 

Álvaro de la Haza es Vicepresidente ejecutivo y secretario general de Cosentino