Conclusiones sobre los nuevos sectores estratégicos, tras tres semanas de distopía

Cuando se supere la crisis es necesario en primer lugar invertir para reforzar el sistema sanitario, actualmente fragmentado en comunidades autónomas

Conclusiones sobre los nuevos sectores estratégicos, tras tres semanas de distopía

Estamos enfrentando la situación más difícil desde la Segunda Guerra Mundial en casa, encerrados. Pasamos el día procesando datos de contagios, fallecimientos, fronteras cerradas y anuncios de crisis económica. Tratamos de acostumbrarnos a una realidad tan difusa que ni si quiera sabemos cuándo acaba. No sabemos si debemos acostumbrarnos a esto, porque esperamos que esta nueva vida sea solo un paréntesis, aunque sospechamos que puede ser más largo de lo inicialmente anunciado. Vivimos en una distopía.

Hay varias conclusiones que ya podemos ir sacando, tras estas tres semanas largas de confinamiento y un mes de inquietud social. Conclusiones sobre lo que ahora podríamos llamar sectores estratégicos y su respuesta a la crisis.

Sobre sanidad, las más claras. Debemos reforzar el sistema sanitario, hoy fragmentado en comunidades autónomas. En otros tiempos, envidiable, pero actualmente parece tísico de recursos. Sobrevive y da la cara por la valentía de los que trabajan en él, pero muestra síntomas de abandono. La sanidad debe ser la que más se refuerce tras la crisis. Más médicos, más enfermeros, mejor pagados y con una logística de recursos mucho más potente, rápida y segura. Una red hospitalaria mejor abastecida y con más capacidad de respuesta ante situaciones de emergencia. Nadie nunca debe volver a plantearse un solo recorte sanitario, sino que debemos invertir más dinero en el sector que nos está salvando la vida, sin discusión posible.

En cuanto al debate sobre público o privado, parece claro que el mando único ha evitado que ambos lados de la sanidad se conviertan en un clasificador social y demuestra que lo privado no es una amenaza, es un recurso más, al servicio de todos cuando hace falta. Nuestra sanidad es lo más importante y la hemos dejado languidecer.

Ejemplar el comportamiento de nuestras fuerzas de seguridad, incluida la eficiente, silenciosa y efectiva acción del Ejército. Policía de todo tipo, Guardia Civil, UME y todos aquellos que componen nuestra seguridad y defensa han demostrado que en los momentos difíciles llevan un mismo uniforme, por encima de las discrepancias y suspicacias. Tan rápido montan un hospital de campaña, dejando aquel ejemplo chino en pañales, como desinfectan una residencia de mayores o ayudan a celebrar el cumpleaños con sus sirenas a un niño de tres años, que no entiende por qué lleva semanas encerrado en casa. Magnífico ejemplo de servicio incondicional a la sociedad. Gracias. Y qué decir de nuestros profesores. Un regimiento de abnegados maestros, que han reconvertido sus aulas presenciales en plataformas educativas, gestionadas desde sus salones, cocinas o habitaciones. Esforzándose en aprender los misterios de las herramientas colaborativas para que los estudiantes no pierdan el curso. Cambiando las tuberías sin que deje de correr el agua limpia de la enseñanza, a costa de migrar improvisadamente a online lo que hasta ayer era presencial. Y todo sin hacer el más mínimo ruido. Poco valor le estamos dando, como siempre.

Sumemos a estos tres ejemplos de gestión en favor del bien social la labor de los medios de comunicación, siempre intentando darnos toda la información posible, navegando en el nuevo mar turbio de las noticias falsas, conviviendo con el fenómeno de las redes sociales, reinventando programas con conexiones imposibles que intentan transmitirnos normalidad y entretenimiento a través del Skype o el teléfono de los colaboradores. Imaginemos el desamparo de vivir estas semanas sin saber lo que está pasando, a oscuras. Sigan dándonos luz, por favor.

Y por último, toda esa legión de trabajadores invisibles, que han ganado valor social en pocos días. Empleados de supermercados, conductores de transporte público, taxistas, repartidores, trabajadores de industrias alimenticias, textiles, farmacéuticas, tecnológicas y la larga retahíla de lo que ahora se llaman servicios esenciales. Tan solo el hecho de denominarlos así, les ha dado un nuevo valor, antes inexistente para ellos en nuestra sociedad. Son la savia del árbol social, que no se ve, pero que hace posible la existencia de las ramas, las hojas, los frutos y hasta del propio árbol. Bienvenidos a la merecida relevancia social y gracias por su incalculable ayuda.

Es cierto, no he mencionado a la clase política. Sobre ellos haremos balance pronto, en las urnas, pero baste decir que por encima de las afinidades de cada uno, hasta ahora no han mostrado capacidad suficiente para elevarse sobre esta crisis. Salvo contadas excepciones, están siendo decepcionantes. Tiempo tienen para enmendarse, pero habrá que ver si son capaces de verse pronto en el espejo. Asoma un escenario para reeditar los Pactos de La Moncloa, aunque ya hay partidos que se bajan del proyecto y dudas sobre su viabilidad. Les seguimos esperando, unos desde la ejemplaridad de los sectores esenciales y otros, el resto de la sociedad, teletrabajando.

Gracias a todos por quedaros en casa.

Fernando Tomé es Vicerrector de Estudiantes y Empleabilidad de la Universidad Nebrija