Más allá de los interrogantes del coronavirus de Wuhan

Después de una crisis llega siempre un periodo de expansión y consumo, de crecimiento y olvido

Más allá de los interrogantes del coronavirus de Wuhan

Percibíamos China como un país lo suficientemente distante. Miles de kilómetros nos hicieron autocreernos que eran el colchón de prudencia y alejamiento suficientes. Pero en ese mismo imaginario negábamos las evidencias de las realidades más tozudas. Nunca el mundo ha estado tan interconectado y nunca como hasta ahora las personas han viajado y se han movido tanto. De nada sirven las apelaciones a la razón, al sentido común. Por el contrario el miedo, el pánico, la ignorancia es libre. Infinitamente libre. No importan estadísticas cuando en frente, no sabemos a ciencia cierta el alcance ni la dimensión de esta mutación gripal, el Covid-19. De nada importa que al año mueran en nuestro país 6.300 personas por gripe. Nos dejamos arrastrar por esa envolvente de sensacionalismo y angustia, malas consejeras sin duda, y con ella damos rienda suelta a esa parte de nosotros mismos impávida e irracional, timorata y angustiosa.

Todos saben que los goteos pueden ser solo la punta de un iceberg ignoto. Y en seguida uno calcula y piensa con cuántas personas, durante cuántos días han interactuado algunos de los positivos ya confirmados. Cuántos habrá que no sabemos si han desarrollado la enfermedad, si es otra gripe o neumonía o si son asintomáticos, pero sin embargo pueden transmitir o no la enfermedad. Cuanto late y está en sus casas sin acudir a médicos ni hospitales.

Y de repente la alarma, por mucho que la OMS haya ya anunciado la casi inevitabilidad total de una pandemia mundial. Veremos la magnitud de la misma y la intensidad, así como las consecuencias de su golpeo en unos y otros países y los sistemas de higiene y sanidad que cada uno atesora. Aunque quizá lo de atesorar no es el mejor de los verbos a emplear. Activada una epidemia y declarada oficialmente la misma por una autoridad pública muchos voltearán su mirada a las pólizas de salud privadas y tratarán de leer e interpretar no pocas cláusulas delimitadoras del riesgo y tratar de saber si tienen o no cobertura por esta coronavirus.

Gana el miedo, pierde la razón, gana la improvisación y a veces comportamiento egoístas y oportunistas. Veremos cómo resiste este test nuestro sistema sanitario, tanto público como privado y comprobaremos en verdad qué significa cuando alguien asevera que este país está suficientemente preparado para afrontar esta alerta. Escucharemos de todo y leeremos múltiples panegíricos de toda índole y argumentación. Y cómo no, se empieza ya a analizar sesudamente y con cifras las consecuencias económicas, empresariales y bursátiles de esta crisis sanitaria.

Una crisis que, quizá, solo quizá, está en sus inicios. Y cómo se resentirá la economía mundial, sumamente internacionalizada e interconectada, más allá de cadenas de suministro, exportaciones, deslocalizaciones industriales, canales de distribuciones omnilaterales y sus financiaciones. El gigante chino se ha constipado, ha gripado –quizá nunca más oportuno el término– y el efecto contagio es absoluto a una economía mundial que ha visto un crecimiento espectacular del gigante asiático en la última década y media, si bien los últimos años han ido frenando aquel ritmo de vértigo. Muchos se replantean el modelo productivo actual, pero también las relaciones de dependencia absoluta con algunos países y sus economías y fuentes de ingreso e inversión.

Importa el presente y mucho, pero sobre todo el futuro. Medio y largo plazo son ahora mismo magnitudes que asustan. La producción cae. Está cayendo, se ha paralizado, ni mano de obra cualificada o no, ni acceso y suministro a canales de producción y materias primas. De otra parte, el consumo, salvo lo inmediato alimentario y sanitario, cae, detiene su alocada expansión y visceral comportamiento compulsivo que caracteriza a los consumidores. Los gobiernos anuncian multimillonarias inversiones y dinero para hacer frente a esta pandemia pero no dicen en qué y cómo, y con qué finalidad. Dinero y presupuesto que frena otras inversiones y otros gastos. Amén del ingente gasto sanitario y de seguridad pública que la adopción de muchas medidas va a acarrear. El mundo detiene su latido, su pulsión, y lo hace sobre todo económicamente porque espera sin saber cuánto durará esta espera. Incertidumbre máxima.

La inversión privada o pública se paraliza de momento. Todo proyecto de internacionalización de una empresa o un sector se suspende sine die y máxime a ciertos países, pero que se proyectará sobre todo en aquellos con una menor solidez en su red asistencial y sanitaria. La gran fábrica del mundo se ralentiza como nunca antes lo habíamos visto. Con ello el tráfico mundial ad intra y ad extra. Y aunque la reducción del PIB en muchas economías sea marginal, su efecto letárgico y exponencial multiplicará absurdamente su impacto. Bajaremos a lo sumo décimas pero emocional y volitivamente surtirán el efecto de puntos enteros. Creceremos menos. Y también las bolsas sufrirán un descalabro cíclico acompañado de repuntes violentos. Solo farmacéuticas y empresas sanitarias repuntarán y algunas dispararán su cotización y revalorización a medida que nos acerquemos a la vacuna siempre que no mute el virus.

¿Cómo afectará a un país dependiente de energía y de turismo como el nuestro? El año 2019 España vivió su éxtasis de turismo, 83 millones. Todos aquellos países que viven de esta fuente de ingresos se resentirán y mucho. Congresos, hoteles, restaurantes, ocio, etc., notarán a breve el impacto. Compañías aéreas y de transporte.

También bajará el precio de la energía sobre todo procedente del petróleo, pero quizá suba la eléctrica porque habrá, si hay cuarentenas masivas, el consumo interno y en los hogares pero no en el industrial. Menos viajes, menos consumo, menos seguros, frente al impacto del coste sanitario y hospitalario que supondrán. Pero no se preocupen siempre el inversor y el especulador ve oportunidades en todo esto. Sabrán donde invertir, donde buscar patrones refugio, donde esperar a que la lluvia escampe, porque después de una crisis llega un periodo de expansión y consumo, de crecimiento y olvido.

 Abel Veiga es Profesor de Derecho Mercantil de la Universidad Comillas