La tensión EE UU-Irán y el funambulista geopolítico

Pese a la ambiciosa estrategia iraní para dominar la región con todos los recursos a su alcance, ni a Teherán ni a Washington les interesa la guerra

Asistentes a la ceremonia conmemorativa por la muerte del general Quasem Soleimani.
Asistentes a la ceremonia conmemorativa por la muerte del general Quasem Soleimani. Gettyimages

Para entender el actual conflicto entre Irán y EEUU debemos comprender la estrategia e idiosincrasia de ambos países sin quedarnos en la superficie. Irán es una potencia regional formada por 80 millones de personas y heredera del antiguo imperio persa, con miles de años de antigüedad. Con una sociedad bien educada y un fuerte sentimiento religioso, tiene una elevada capacidad de movilización y una gran obsesión por el sacrificio, que ha sido reforzada por los chiíes, como ya demostró en la guerra con su vecino Irak: su población piensa que el martirio por una causa justa tiene sentido.

El régimen iraní considera a Arabia Saudí, de corriente suní, un freno para sus ambiciosos planes. Desde la revolución islámica de 1979, el principal interés de Irán se centra en volver a convertirse en el eje vertebrador del Islam en todos los países musulmanes del entorno, en Oriente Medio, arrebatar ese papel a Arabia Saudí y con ello, convertirse en una potencia hegemónica regional. Para lograrlo, históricamente utiliza todos sus recursos políticos, sociales, económicos y religiosos para generar conflictos y tensiones entre los diferentes actores y sus aliados y así desestabilizar la región. De esta manera va ampliando su ámbito de influencia y por tanto de poder en la zona a través de Irak, Yemen, Siria y Líbano frente al statu quo representado por Arabia Saudí e Israel. Así pues, el mapa geopolítico y militar en Oriente Medio se encuentra en continua mutación y, para acelerarlo, una de las actividades de Irán ha sido el desarrollo de su capacidad nuclear como parte de su estrategia. Solo con poder militar será posible alcanzar sus fines, como ocurre con Israel o Pakistán.

Como consecuencia, a lo largo de muchos años Irán ha sufrido fuertes sanciones de la comunidad internacional liderada por EE UU, lo que ha supuesto una importante merma en su economía a pesar de ser uno de los principales productores de petróleo del mundo. En 2015, tras muchas negociaciones, Irán firmó un pacto de no desarrollo nuclear a cambio de la eliminación progresiva de las sanciones, acuerdo que fue denunciado por Donald Trump tras llegar a la presidencia y que ha supuesto, desde 2018, nuevas sanciones. Ello ha llevado a una caída de su economía del 10% del PIB en 2019, según cifras de ellos mismos. Como consecuencia, en los últimos años ha habido un empobrecimiento de la población, revueltas y protestas ciudadanas con cientos de muertos y miles de detenidos, una devaluación de su moneda y un aumento del déficit público que no ha podido ser compensado con la exportación de crudo (el 70% de su economía) por las sanciones y por la evolución de los precios frente a los máximos de 147 dólares alcanzados en 2008.

Es aquí donde entra en juego el general Qasem Soleimani, uno de los principales líderes de Irán, el jefe de la fuerza Quds y responsable de las operaciones en el extranjero de la Guardia Revolucionaria así como de la participación y el apoyo de Irán a las milicias chiíes en El Líbano con Hizbulá, Siria, Yemen e Irak en el ataque a intereses norteamericanos; y que suponen un grave riesgo para Israel y Arabia Saudí, principales aliados de EE UU en la región. Tras los ataques de EEUU e Irán, el efecto sobre los mercados ha sido efímero y los precios han vuelto a su cauce tras el enfriamiento de la tensión, porque ninguna de las partes quiere un enfrentamiento militar abierto, aunque ambas necesitan llevar a cabo acciones de impacto mediático por diferentes motivos.

Por parte de Irán, en los últimos días se observan movimientos militares de reposicionamiento militar, si bien no queda claro si están preparándose ante una nueva ofensiva de EE UU o bien están planeando nuevos ataques. Lo cierto es que Irán no tiene interés en que haya un conflicto armado pues muy probablemente estaría dándose un tiro en el pie, o jugando a la ruleta rusa: la respuesta de Trump, un hombre muy visceral, impulsivo y de gatillo fácil, podría ser aplastante para un régimen con inferioridad militar y cuya maltrecha economía no puede permitirse nuevos golpes.

En cuanto a Donald Trump, hay que decir que tampoco le interesa que haya un conflicto armado que exija llevar nuevas tropas a la zona y gastar miles de millones de dólares: una gran parte de la población no quiere guerras ni mucho menos muertes de soldados, y esto erosionaría su candidatura a las elecciones presidenciales que están a la vuelta de la esquina. De ahí su respuesta al ataque de Irán fue rebajar la tensión internacional. Trump se está convirtiendo en un avezado funambulista político que camina sobre una larga y delgada cuerda floja donde tiene que hacer equilibrios con varios asuntos entre manos; uno de ellos es este conflicto pero también está la tensión comercial con China y Europa. Su popularidad está en declive últimamente y, para aumentarla, se muestra internamente como el defensor de los intereses norteamericanos en el mundo y el Texas Ranger del mundo, pues sabe que el exacerbado sentimiento patriótico de los votantes premia que EE UU demuestre su papel de superpotencia política, económica, comercial, tecnológica y militar con respuestas ante cualquier agresión a sus intereses, así como ser garante del orden internacional. Así lo demuestra que casi el 90% de los votantes republicanos y el 70% de los demócratas estén de acuerdo con la respuesta al régimen iraní, según una reciente encuesta. Además, estas acciones desvían el foco del impeachment que, aunque carezca de recorrido, puede erosionarle votos si está continuamente en los medios.

Mientras tanto en Europa, una vez más, jugamos a mantener el difícil equilibrio entre las partes a sabiendas de la fuerte dependencia de la importación de petróleo de la región y de que, sí o sí, habrá que obedecer lo que diga EE UU todo lo más diplomáticamente posible. Bastante tenemos con los efectos de la guerra comercial en un escenario de evidente desaceleración económica donde una importante subida del precio del petróleo puede acelerar aún más el cambio de ciclo, algo que nadie desea y mucho menos que este conflicto derive en ataques terroristas sobre inocentes.

Juan Carlos Higueras es Analista económico y profesor de EAE Business School